Vucic, el exministro ultra de Milosevic que se juega la reelección ante un movimiento estudiantil, tras 12 años liderando Serbia
Es septiembre de 2016 en la capital de Serbia y varios activistas locales implicados en la lucha contra el proyecto urbanístico Belgrado Waterfront tratan de explicarle a los recién llegados quién es Aleksandar Vucic (1970), primer ministro desde hace dos años y uno de los impulsores de aquel plan. Uno de ellos evoca los días difíciles de su infancia y las bombas de la OTAN contra Belgrado en 1999. Había acudido junto a su madre a un reparto de alimentos y material humanitario organizado por ONG internacionales. De pronto apareció un grupo de hombres para dispersar el reparto e increpar a sus conciudadanos por aceptar comida y medicamentos del enemigo, recuerda. Al frente de ese grupo estaba, claro, Aleksandar Vucic, en aquellos días muy próximo a Slobodan Milosevic. En el cuarto de siglo que ha transcurrido desde entonces, Vucic se ha convertido en el líder casi indiscutible de la política serbia que este fin de semana podría ganar por tercera vez unas elecciones.
Efectivamente, explica el balcanólogo Miguel Roán, que ha vivido muchos años en Serbia, “Vucic proviene del nacionalismo radical, y en los noventa llegó a ser secretario general del Partido Radical Serbio y Ministro de Información durante el Gobierno de Slobodan Milosevic. De hecho, se le recuerda por ser un político que impuso todo tipo de restricciones a los periodistas. Eso le formó en el control de los medios de comunicación, una cuestión que le ha acompañado desde entonces”. Y aunque su estilo político y su gusto por los métodos más broncos y maniobreros no han cambiado apenas, Vucic sí ha sabido ir acompasando su discurso e ideología a las necesidades del momento. El dirigente ha sido capaz de moverse entre un áspero nacionalismo panserbio, ortodoxo y antioccidental y las maneras más aterciopeladas del europeísmo reformista y democratizador, sin renunciar a ninguno de los dos polos en función de la coyuntura.
“No diría que da un giro de 180 grados”, precisa Roán, “pero en 2008 funda el Partido Progresista (SNS) y abandona ese nacionalismo radical por un nacionalismo pragmático, que busca el ingreso en la Unión Europea pero mantiene un discurso conservador y populista”. Tras un breve paso por la cartera de Defensa en un gobierno de coalición junto al Partido Socialista, su nuevo partido gana las elecciones de 2014 y él se convierte en primer ministro. Según un análisis de CIDOB (Barcelona Centre for International Affairs), en ese periodo Vucic entonó “un discurso liberal sin complejos”, esforzándose por “llevar a buen puerto las negociaciones para la adhesión de Serbia a la UE después de normalizar las relaciones de Belgrado con Pristina”. Esa sería solo la primera de sus múltiples transformaciones y devaneos.
Esas cualidades camaleónicas, unidas a un carácter firme y orgulloso, le han permitido “concentrar un enorme poder político en un modelo muy similar al de Robert Fico en Eslovaquia o al de Viktor Orbán en Hungría”, opina Roán. “Su partido no solo controla las instituciones, sino que ha creado unas fuertes redes clientelares” que pueden ser decisivas en estos comicios. Varios informes avalan esa impresión de que la democracia en Serbia anda renqueante. Una encuesta realizada en junio de este año por CRTA (Centro para la Investigación, la Transparencia y la Rendición de Cuentas) y el Democracy Action Lab de la Universidad de Stanford demuestra que seis de cada diez serbios están insatisfechos con el funcionamiento de la democracia en su país.
En la misma línea, el Informe sobre el Estado de Derecho elaborado este 2026 por la Comisión Europea alerta sobre los problemas de las instituciones serbias con la independencia judicial, la transparencia, la lucha contra la corrupción, el pluralismo político y mediático y la falta de contrapesos institucionales. Del descontento generado por la corrupción, el clientelismo y la captura del Estado brotó un masivo movimiento de protesta estudiantil en 2024 que ahora, constituido en partido político, es la principal amenaza para que Vucic se perpetúe en el poder.
La “auténtica Serbia” se resiste a morir
“Toquemos madera para no gafar a Serbia. Unámosla y sigamos adelante” es el eslogan electoral de la coalición encabezada por el presidente que “representa esencialmente la continuidad del sistema político actual”, escribe la analista del Real Instituto Elcano Mira Milosevich. Y, de algún modo, encarna el autoatribuido espíritu de la “auténtica Serbia”. Frente a ellos, una coalición estudiantil en la que tienen cabida muchas posiciones y sensibilidades, pero que en esencia comparte la necesidad de una reforma democratizadora del sistema: “Serbia o mafia” es el lema de su campaña.
Mientras que el modelo Vucic centra su propuesta, escribe Milosevich, en “estabilidad, crecimiento económico y soberanía”, la Lista Estudiantil defiende las banderas de “la lucha contra la corrupción, responsabilidad de los cargos públicos, independencia institucional y Estado de derecho”. Ambas candidaturas difieren en cómo afrontar lo que sucede más allá de sus fronteras. Mientras que los estudiantes, inevitablemente liberales al fin y al cabo, apuestan por estrechar relaciones con la UE; las querencias de Vucic y los suyos apuntan cada vez más hacia el Este.
“En política internacional Vucic se ha caracterizado por pragmatismo diplomático que, si bien no se aparta de las aspiraciones de ingresar en la UE, ha mantenido al mismo tiempo relaciones de amistad con Rusia o de interés con Israel, China o Turquía”, explica Roán, “también se ha guiado por un pragmatismo económico que le permitiese recibir financiación sin demasiados condicionantes políticos. Ha sabido no superar una línea roja en la región, que es la de la estabilidad y la seguridad, y por eso la UE le ha consentido desde hace una década, lo que ha tenido enormes costes para la credibilidad de la UE en Serbia por permitir la involución democrática del país”.
El ejemplo más paradigmático de esa transacción pragmática entre Belgrado y Bruselas es el yacimiento de litio del valle de Jadar. Para la Unión Europea, y muy especialmente para la industria automovilística alemana, inmersa en la carrera de la transición ecológica y necesitada de reducir su dependencia de China, los recursos minerales serbios son un activo estratégico clave. El acuerdo suscrito entre el Gobierno de Vucic y Bruselas para permitir a la multinacional anglo-australiana Río Tinto la explotación del mineral desató fuertes protestas en el país. Pero mientras la ciudadanía denunciaba el impacto ambiental y la falta de garantías democráticas en el proceso, los líderes europeos optaron por primar el suministro de minerales indispensables para su economía.
Un compromiso explosivo para Bruselas con un líder que no está teniendo remilgos para aprovechar el rebufo nacionalista generado en Serbia a raíz de la muerte del criminal de guerra Ratko Mladic. En el caso español, fuentes diplomáticas aseguran que el no reconocimiento de Kosovo por parte de nuestro país facilita, y mucho, la fluidez y cordialidad de las relaciones entre la embajada y las empresas españolas en Serbia y el Gobierno de Vucic.
Aunque un porcentaje mayoritario de la población está descontenta con el Gobierno, las redes clientelares y el deterioro de los mecanismos democráticos dificultan el cambio político. “En pueblos o ciudades pequeñas es difícil salirse del círculo del voto, porque puede tener repercusiones personales”, advierte Roán, “el sistema está dispuesto de tal manera que el partido sabe a quién vota cada ciudadano. El gran desafío es la ruptura del miedo”. Y el presidente confía en haber hecho acopio suficiente de miedo para que esta encrucijada no sea la definitiva.