La paleta de colores del otoño en La Rioja: de los rojizos del viñedo a los ocres del antiguo Mansilla emergido
Hay momentos en los que la naturaleza decide cambiar de vestuario sin pedir disculpas por el derroche de color. En La Rioja, las semanas después de la vendimia, la paleta de colores rompe sus propios límites. Los lienzos vivos del paisaje riojano mezclan los rojizos que adquieren las hojas de las vides, los verdes y dorados de los bosques y los grises de la piedra perenne de los rincones más emblemáticos de esta tierra. Un viaje a través de la luz y los colores que descubre algunos de los secretos mejor guardados.
El granate de los mares de viñas
El viaje arranca, de forma inevitable, a pie de viña. Tras el ajetreo frenético de la vendimia, los campos descansan y las hojas de las vides inician su particular metamorfosis. Es el instante en que la variedad tempranillo se torna en un rojo vino intenso y profundo, mientras la viura salpica el valle con destellos amarillos, componiendo un mar vegetal que cambia de matiz a medida que avanza la tarde.
Para apreciar esta postal en toda su magnitud, hay que buscar vistas panorámicas desde las alturas. En Briones, una villa medieval encaramada sobre un cerro que domina con maestría el meandro del Ebro, los miradores regalan una panorámica donde la vista pierde el rumbo entre hileras infinitas de tonos cobrizos.
Entre el dorado y el verde de los bosques serranos
Al dejar atrás la vega del Ebro y ascender hacia las montañas, la paleta abandona progresivamente los rojos para dar paso a los amarillos encendidos y los naranjas cálidos. Es el momento de adentrarse en las bosques de las sierras riojanas, donde en esta época del años el suelo se convierte en un tapiz crujiente y la luz del sol se cuela entre las copas de los árboles creando un juego de tonos dorados.
En el corazón del Parque Natural Sierra de Cebollera, tomando como punto de partida el pueblo de Villoslada de Cameros, el sendero que conduce hacia las Cascadas del Puente de Ra se transforma en una caminata imprescindible. El trayecto discurre bajo una bóveda tupida de hayas, abedules y pinos silvestres. El contraste entre las rocas cubiertas de musgo, el agua helada del arroyo y las hojas que caen en espiral crea una atmósfera casi mítica.
En otro punto de La Rioja, la Sierra Demanda ofrece otra estampa de tonos similares con las pistas que se adentran hacia el Hayedo de Santiago o la aldea de Azárrulla. Ezcaray es la parada idónea para pasar la noche. Sus plazas porticadas, su arquitectura de entramado de madera y una gastronomía de temporada volcada en los boletus, los níscalos y los platos de cuchara ponen el toque idóneo tras la caminata.
Los grises y ocres de la memoria sumergida
Hay colores que no los dibuja la vegetación, sino el paso de la historia y los recuerdos. En el curso alto del Najerilla se da un fenómeno sobrecogedor que este otoño vuelve a captar la atención de viajeros y locales: la reaparición del antiguo pueblo de Mansilla de la Sierra al descender el nivel de las aguas del embalse.
Para muchos visitantes, e incluso para riojanos de otras zonas más alejados, este paisaje serrano de grises y ocres permite un paseo por el pasado. Bajo el sol, emergen los esqueltos de piedra que resisten a la erosión: los arcos de las antiguas viviendas, el trazado de la plaza, el Puente del Molino y la emblemática torre de la iglesia, cuyo tejado ya ha sucumbido recientemente al empuje del agua y el tiempo.
Recorrer el lecho seco del pantano es también un ejercicio de memoria y literatura. Estas mismas calles sumergidas fascinaron en su infancia a la escritora Ana María Matute, cuyos abuelos eran de la localidad, e inspiraron su otra. Hoy, el lugar suscita una mezcla de fascinación para quienes lo descubren por primera vez y la nostalgia contenida para los vecinos que nacieron allí y tuvieron que salir por la construcción del pantano y ahora ven salir a la luz los espacios donde transcurrió su niñez.
El blanco marfil de la quietud monacal
La ruta por la paleta de colores encuentra su pausa en el blanco marfil y sobrio de la piedra tallada, donde el silencio y la calma parecen también poder colorearse. Los monasterios riojanos ofrecen un refugio patrimonial donde conectar con la historia y el recogimiento espiritual en mitad de paisajes únicos. Entre ellos, cobijados bajo la falda teñida de ocre de la Sierra de la Demanda, los monasterios de San Millán de la Cogolla —Yuso y Suso—, patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Yuso luce imponente en esta época con espacios recuperados y la exposición única, AutorÍA.
Pero hay muchos más. El Monasterio de Cañas, conocido como el monasterio de la luz por la claridad que atraviesa el alabastro de sus amplios ventanales, ofrece un sosiego similar. Muy cerca, adentrado en un frondoso valle rodeado de hayedos y robledales, el Monasterio de Valvanera custodia la patrona riojana en un entorno de naturaleza virgen. La ruta se completa en Nájera con Santa María la Real, donde el claustro de los Caballeros y la cueva excavada en la roca rojiza del cabezo muestran una de las imágenes patrimoniales más impresionantes de la comunidad.
El viaje por el otoño riojano se convierte en una cuestión de perspectiva. Esta variada oferta de colores, que abarca desde los valles teñidos de rojo hasta el dorado de las sierras y el sobrio tono de la piedra de sus monasterios, dibuja una de las etapas más atractivas para recorrer la región. Se trata de un periodo efímero que transforma por completo el mapa autonómico e invita a descubrir su patrimonio y su naturaleza bajo una luz distinta, justo antes de que los primeros fríos del invierno apaguen las tonalidades del valle y despojen de hoja a las montañas.