La campaña está en las conversaciones pero la política está en modo selfie

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El 8 de octubre, Rioja2 publicó una imagen de unas velas encendidas en homenaje a Maricarmen. Los comentarios eran una colección de emociones: dolor, compasión, indignación, reproches, desprecio. La misma imagen. Distintas historias.

No podemos deducir lo que piensa una sociedad a partir de esos comentarios. Pero sí podemos encontrar en ellos preguntas que merece la pena hacerse. ¿Por qué un mismo acontecimiento despierta interpretaciones tan diferentes? ¿Quién escucha lo que la gente dice y siente? 

Las redes sociales y la digitalización están redefiniendo múltiples dimensiones de la vida social. Además del trabajo y el tiempo, están los vínculos, la intimidad, el consumo, la memoria, la percepción de la realidad y la calidad de la conversación pública, entre otras. Los algoritmos seleccionan los contenidos que vemos y las conversaciones se fragmentan en comunidades cada vez más diversas. Al mismo tiempo, muchos políticos se transformaron en celebridades, tentados por la viralización de su propia imagen. 

Por eso los partidos corren el riesgo de medir únicamente la respuesta de sus seguidores más intensos, confundiendo su fervor con la conversación de una sociedad entera. Y cuando un partido deja de contrastar sus ideas con quienes piensan diferente, la persuasión cede paso a la confrontación. Ya no se trata de convencer al distinto, sino de desacreditarlo; no de comprender por qué alguien vota otra opción, sino de confirmar que está equivocado. Entonces no hay con quien conversar. Nadie a quien convencer.

En una comunidad como La Rioja, donde la cercanía forma parte de la vida cotidiana, las conversaciones importan: en el bar, en el trabajo o en la puerta del colegio. Pero también en WhatsApp, TikTok o Instagram.

Comprender las emociones que hay detrás de cada reacción no significa aceptar cualquier interpretación, sino identificar qué preocupa a las personas, cómo explican lo que ocurre y qué responsabilidades atribuyen. Entre un problema y una demanda política hay una interpretación de la realidad. Los problemas no se votan. Se vota lo que significan.

Por ejemplo, la vivienda aparece entre las principales preocupaciones ciudadanas. Pero ¿significa para todos lo mismo? Para una familia migrante, puede ser la angustia de no encontrar alquiler. Para una madre que cría sola, el miedo a que una subida se lleve el dinero de la compra. Para un joven, la imposibilidad de proyectar su futuro. Para quien complementa su pensión con el alquiler de una vivienda, el temor a perder esos ingresos o no poder recuperar su propiedad cuando la necesita. 

Una campaña no debería limitarse a difundir mensajes. Exige aprender a escuchar a quien nos contradice sin preparar de antemano la respuesta, contrastar nuestros propios relatos y aceptar que una conversación puede desmontar una estrategia cuidadosamente diseñada. Discrepar es inevitable; escuchar a quien nos contradice, incómodo.

Cuando las elecciones pasen, volveremos a coincidir en el bar, en la sala de espera, en la puerta del colegio. Seguiremos compartiendo espacios, problemas y una comunidad, aunque hayamos elegido opciones políticas distintas. La pregunta no es solo quién ganará. Es si, ganando o perdiendo, podremos mirarnos sin sentir que somos enemigos.

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