Lo quemaron vivo y nació una leyenda de venganza contra el rey y el Papa: el terrible final del último gran maestre templario en 1314

La retractación de De Molay precedió a su ejecución

Héctor Farrés

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El poder económico de los templarios creció junto a sus responsabilidades militares, hasta convertirlos en una institución influyente en Europa. Aquella riqueza pertenecía a una orden de caballeros religiosos fundada en el siglo XII, después de la Primera Cruzada, para proteger a los peregrinos cristianos que viajaban hacia Jerusalén.

Sus miembros combatían, custodiaban rutas y fortalezas, administraban tierras, concedían préstamos y facilitaban movimientos de dinero entre territorios. Vivían sujetos a normas religiosas, aunque sus actividades también los situaban en el centro de conflictos armados y disputas por el poder. Preguntar si eran buenos o malos exige distinguir su misión de protección, su participación en las guerras de las Cruzadas y los intereses que acabaron enfrentándolos a otros gobernantes.

La hoguera acabó con el último gran maestre

Ese poder, acumulado durante generaciones, convirtió a la orden en objetivo de Felipe IV de Francia, bajo cuyo reinado murió su último gran maestre, Jacques de Molay. El 18 de marzo de 1314, De Molay fue quemado en París junto a Geoffroy de Charney, preceptor templario de Normandía.

La ejecución se produjo en un islote del Sena, después de años de detenciones, interrogatorios y enfrentamientos entre la monarquía francesa y el Temple. De aquella hoguera surgió una historia que acabaría siendo tan conocida como la desaparición de la propia orden.

El último gran maestre murió quemado junto a Geoffroy de Charney

La tradición atribuyó al condenado una última invocación contra el papa Clemente V y el rey Felipe IV, a quienes habría emplazado ante el juicio de Dios. Ambos murieron durante el mismo año de la ejecución, una circunstancia que alimentó el relato de una maldición templaria. Clemente V falleció el 20 de abril de 1314, mientras que Felipe IV murió el 29 de noviembre, después de un percance relacionado con una cacería.

La leyenda no terminó con la muerte del monarca, porque las desgracias posteriores de su familia ampliaron el alcance de aquella presunta condena. Los hijos de Felipe IV que llegaron al trono, Luis X, Felipe V y Carlos IV, murieron sin dejar una sucesión masculina duradera.

Por lo tanto, la extinción de la línea masculina directa de los Capetos acabó relacionada en la tradición con las palabras atribuidas al templario. Siglos después, Maurice Druon aprovechó ese imaginario histórico para su serie de novelas Los reyes malditos, que contribuyó a popularizarlo entre nuevos lectores.

La Corona francesa debía dinero a los templarios

La hostilidad de la corona hacia el Temple tenía una dimensión económica importante, porque Felipe IV había recurrido a sus préstamos mientras financiaba una monarquía sometida a fuertes gastos. Las guerras y las alteraciones de la moneda habían agravado las dificultades de las finanzas reales, en una época de tensiones con otros grupos de acreedores.

Dos muertes en 1314 alimentaron la maldición templaria

Los templarios poseían tierras, edificios y recursos repartidos por Europa, pese a que la pérdida de Acre en 1291 había debilitado su antigua misión en Tierra Santa. Su influencia financiera y su autonomía institucional los convirtieron en adversarios especialmente apetecible ante un rey decidido a reforzar su autoridad. Perseguirla permitía al monarca debilitar a uno de sus acreedores y tratar de hacerse con sus bienes, aunque las propiedades templarias terminaron siendo transferidas principalmente a la Orden del Hospital.

Las acusaciones religiosas desembocaron en la desaparición del Temple

Mucho antes de que aquellas muertes se interpretaran como una maldición, Felipe IV había organizado una operación contra los templarios franceses. El 13 de octubre de 1307 ordenó detenerlos de forma simultánea y abrió una persecución basada en acusaciones de herejía y sacrilegio.

A los miembros de la orden se les imputaron actos como negar a Cristo, profanar la cruz y participar en ceremonias consideradas obscenas. Los interrogatorios incluyeron torturas que llevaron a numerosos detenidos a confesar, aunque varios retiraron después sus declaraciones ante las autoridades.

La hoguera consumió a los dos templarios junto al Sena

Las acusaciones permitieron que el conflicto llegara hasta el papado, cuya autoridad era necesaria para decidir el futuro de una institución religiosa. Clemente V terminó disolviendo oficialmente la Orden del Temple en 1312 mediante la bula Vox in excelso, bajo una intensa presión del rey francés.

La medida acabó con la organización, pero no resolvió automáticamente la situación judicial de todos sus antiguos dirigentes. El gran maestre permaneció detenido mientras se decidía qué hacer con quienes habían reconocido cargos graves durante el proceso.

La suerte de Jacques de Molay cambió cuando se retractó públicamente en 1314 y afirmó que sus confesiones habían sido obtenidas mediante tortura. En la justicia religiosa medieval, la retractación podía conducir a que un acusado fuera considerado relapso, una condición castigada con la entrega al poder secular.

Felipe IV dispuso la ejecución de De Molay y Geoffroy de Charney, que terminaron quemados en el Sena aquella tarde de marzo. La muerte del último gran maestre cerró una persecución iniciada siete años antes y dejó una historia que después sería recordada por su maldición.

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