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—¿Qué es lo que más os preocupa ahora mismo?

Las respuestas llegaron muy rápido, de manera atropellada y con muchas manos levantadas.

—Tener que decidir ya qué quiero estudiar.

—¿Y si me equivoco y luego no me gusta?

—Me dicen que tengo que estudiar algo con salida, pero no sé si es lo que quiero hacer.

Y entonces apareció una que, sinceramente, me golpeó por dentro.

—¿Y si termino dedicándome toda la vida a algo que no quiero ser?

Todo aquello estaba ocurriendo delante de más de 600 jóvenes de 3º y 4º de la ESO en un instituto. Jóvenes de apenas 15 o 16 años hablando ya con miedo sobre su futuro.

Con miedo a equivocarse.

Con miedo a no decidir bien.

Con miedo a quedarse atrapados/as para siempre en una vida que no sienten como propia.

Y quizá mientras lees esto estás recordando algo.

Porque tal vez a ti también te pasó. O quizá te sigue pasando.

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Entonces puse una única cifra gigante en la pantalla: 32.

Y les dije: —Yo con 32 años me saqué 3º y 4º de la ESO para estudiar Psicología… que luego nunca estudié.

El silencio fue inmediato.

Y después llegaron las miradas.

Porque, de repente, muchos entendieron algo importante: todavía tenían tiempo.

Muchísimo tiempo. Tiempo para explorar, para equivocarse, para cambiar de opinión, para reinventarse y, sobre todo, para descubrir quiénes querían ser realmente.

La realidad es que muchas veces vivimos atrapados en una idea peligrosísima: pensar que una decisión tomada demasiado pronto define toda nuestra vida.

Y no. O al menos no debería.

Cuando sientes que no estás en tu lugar

Hace 30 años yo era operario en una fábrica. Y quiero detenerme aquí porque para mí esto es importante: siento un enorme respeto por quienes siguen allí, especialmente por muchos compañeros/as que continúan realizando un trabajo imprescindible y digno. El problema nunca fue el trabajo.

El problema era sentir que yo no estaba en mi lugar.

Cada mañana iba a trabajar con la sensación de estar viviendo una vida que no terminaba de ser la mía. Pero en aquel momento ni siquiera sabía explicarlo. No conocía palabras como talento, propósito o desarrollo personal. Ni imaginaba que pudiera existir otro camino para mí.

Pensaba que mi futuro ya estaba escrito.

Y quizá eso es lo más peligroso que nos puede pasar a las personas: dejar de imaginar posibilidades.

Con los años entendí algo importante: muchas veces no sabemos quiénes somos porque todavía no hemos estado en los entornos adecuados para descubrirlo.

Desaprender para volver a descubrirte

En mi caso, el gran detonante llegó con el nacimiento de mis hijas, ambas con necesidades educativas especiales por Alta Capacidad. Mi prioridad pasó a ser encontrar entornos que las ayudaran a desarrollarse, no solo académicamente, sino también emocionalmente. Lugares donde pudieran sentirse comprendidas, acompañadas y valoradas por quienes eran y por quiénes querían ser.

Y ocurrió algo que jamás imaginé.

Mientras buscaba el mejor camino para ellas, terminé encontrando el mío.

Cada oportunidad, cada cambio y cada persona que apareció acompañando ese proceso fue ayudándome a descubrir capacidades que ni siquiera sabía que tenía.

Tuve que desandar caminos para atreverme a recorrer otros llenos de incertidumbre, miedo y retos. Y también tuve que desaprender muchas cosas. Porque, con el paso de los años, muchas veces resulta más difícil desaprender que aprender.

Desaprender quién creías que eras.

Desaprender aquello que te dijeron que “te tocaba ser”.

Desaprender la idea de que ya era tarde.

Pero precisamente detrás de cada desaprendizaje aparecieron nuevas oportunidades de aprendizaje y nuevas versiones de mí mismo que jamás habría imaginado descubrir. Versiones que me han permitido transitar caminos que nunca pensé recorrer.

El talento necesita entornos

Treinta años después de no saber ni siquiera qué significaba la palabra talento, hoy tengo el enorme honor de ser Embajador del Talento de la Fundación Princesa de Girona.

Y quizá lo más curioso es que aquel propósito inicial —acompañar a mis hijas— fue transformándose con el tiempo. Ellas crecieron, ya no me necesitan de la misma manera y, casi sin darme cuenta, apareció un nuevo propósito: acompañar a otras personas, especialmente jóvenes, a comprender qué es el talento, cómo se desarrolla y por qué descubrirlo puede cambiar su vida.

Porque el talento no aparece por arte de magia.

Necesita oportunidades.

Necesita referentes.

Necesita confianza.

Y necesita entornos a favor.

Y también necesita algo de lo que se habla poco: personas y organizaciones capaces de acompañar procesos de transformación, incluso cuando todavía ni la propia persona sabe en qué puede llegar a convertirse.

Del esfuerzo constante al estado de flujo

Aquí es donde las empresas tienen muchísimo más que decir de lo que a veces creen.

Durante años hemos normalizado culturas basadas únicamente en el esfuerzo constante. Pero esforzarse permanentemente en algo que no conecta contigo, o para lo que todavía no tienes habilidades desarrolladas, termina desgastando emocionalmente a las personas.

El psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi describió el “estado de flujo” como ese momento en el que una persona se encuentra tan conectada con lo que hace que pierde incluso la noción del tiempo. No significa ausencia de esfuerzo o dificultad. Significa que el esfuerzo nace desde un lugar distinto: desde el sentido, la motivación y la conexión con aquello que hacemos.

Y eso cambia absolutamente todo.

Cuando una persona comprende lo que hace, siente que puede desarrollarlo y encuentra un propósito detrás, el trabajo sigue existiendo, el cansancio también, pero el desgaste emocional disminuye enormemente.

Por eso el liderazgo del futuro no puede limitarse a gestionar tareas o resultados.

Tiene que ayudar a las personas a descubrir dónde pueden aportar su mejor versión.

Tiene que crear entornos donde la gente pueda evolucionar, reinventarse y sentirse parte de algo.

Tiene que entender que el talento no se retiene. Se enamora, se acompaña.

¿Y si todavía estás a tiempo?

A veces pienso en aquellos/as jóvenes con su preocupación por decidir su vida ya con 15 años.

Y me pregunto si, después de escuchar mi historia, siguieron pensando que iban tarde.

Y quizá la verdadera pregunta ahora es otra.

Tú que estás leyendo esto…

¿De verdad sigues pensando que ya es tarde para desaprender, reinventarte y empezar de nuevo?