El Azkena de Alice Cooper: la eterna juventud de una leyenda viva
Después del día desértico de la primera jornada, el viernes parecía jugar al gato y al ratón con la lluvia. Durante toda la tarde hubo amagos, pero ni siquiera la amenaza de agua parecía afectar al ánimo de los ‘azkeneros’, que afrontan una jornada repleta de propuestas más que interesantes. Entre todas ellas sobresalía la presencia de Vincent Damon Fournier, más conocido como Alice Cooper.
Si uno paseaba por las inmediaciones del festival, en las conversaciones entre viejos amigos y apasionados del rock, el artista de Detroit era de los nombres más repetidos. Porque, seamos sinceros, actualmente quedan pocos de su especie, comparable a leyendas como Lemmy, Ozzy o Steven Tyler. Alice Cooper es más que un simple superviviente que cuenta a sus nietos interminables historias: es una de las figuras más representativas del hard rock setentero con aquella formación original, The Alice Cooper Band.
Pero lo más interesante es que Cooper no llega a los setenta y ocho años apoyándose en la nostalgia ni en la dependencia de los clásicos ‘hits’ de más de cinco décadas de trayectoria. Desde ‘Paranormal’ (2017) ha publicado varios trabajos: dos en solitario, otro junto a Hollywood Vampires –con miembros de la talla de Johnny Depp y Joe Perry, nada más y nada menos–, y un último álbum con la formación original de The Alice Cooper Band.
Se encuentra en una especie de segunda juventud creativa, ofreciendo discos de notable regularidad y sumergido actualmente en una gira mundial bautizada como ‘Alice’s Attic Tour’. La primera parte se desarrolló en Estados Unidos para dar paso a una segunda fase en festivales europeos.
Bienvenido a la pesadilla
Tras una tarde de propuestas interesantes como The Damn Truth, Sugar o Tropical Fuck Storm, a las 00:00 el público comenzaba a concentrarse frente al escenario God. A las 00:20 arrancaban las primeras introducciones instrumentales, de esas que tanto le gustan a Alice Cooper para construir una atmósfera escénica. Acto seguido sonaban fragmentos de ‘Hello Hooray’ (versión de Judy Collins), que sirven como puerta de entrada a su obra más icónica, ‘Billion Dollar Babies’.
Tras esa introducción de rock teatral tan característica, la banda apareció sobre el escenario mientras sonaba ‘Who Do You Think You Are’, perteneciente al a menudo olvidado ‘Special Forces’ (1981). Después del estribillo, Cooper dio la bienvenida al espectáculo con un rotundo: “Welcome to the Show”, dando paso al clásico ‘Spark in The Dark’. En ese momento el público ya está completamente entregado. Se observan distintos perfiles: jóvenes, familias, parejas y cuadrillas compartiendo una misma liturgia rockera.
Sin apenas respiro, el repertorio se adentra en los años dorados con ‘No more Mr. Nice Guy’, que sonó tan fresca como en su día, coreada con evidente nostalgia. A estas alturas del show, entre los músicos que acompaña al de Detroit destacaba la guitarrista británica Anna Cara, sustituta de la ya habitual y querida Nita Strauss, ausente por maternidad. Curiosamente, fue la propia Strauss quién recomendó su nombre. El propio Cooper lo explicaba así: “Nita ha encontrado a una guitarrista británica genial. Anna Cara es una guitarrista increíble y llena de energía, en la línea de Nita, pero con un estilo propio”.
Y lo cierto es que la presencia de Cara eleva el espectáculo. Cara recorre el escenario con elegancia y magnetismo, luciendo su melena rubia y un traje de cuero negro que evoca a medio camino entre Stevie Nicks y la propia Strauss, aunque, como insiste el protagonista de la velada, con identidad propia. Brilla especialmente en los solos, donde despliega técnica, precisión y actitud. Canciones como ‘House of Fire’ fueron especialmente celebradas.
Un asistente comentaba: “Me encanta que toque temas de ‘Trash’, es mi álbum favorito”. No era el único: muchos reivindican aquel disco, encuadrado entre el glam metal o el hard rock melódico de los ochenta. Para Alice Cooper no solo supuso un éxito comercial, sino también un renacimiento artístico una década complicada, marcada por el alcoholismo y la dificultad para encontrar su identidad musical. Aquellos trabajos de perfil más bajo –‘Special Forces’, ‘Zipper Catches Skin’ o ‘DaDa’ han sido revalorizados con el tiempo por sus seguidores más fieles. Pero fue ‘Trash’, a finales de los ochenta, el que devolvió al artista al primer plano.
‘Billion Dollar Babies’, ‘I’m Eighteen’ y ‘Muscle of Love’ mostraron su faceta más glam y garage, perfectamente alineada con el espíritu del festival. Cooper, a pesar de su edad, no deja de moverse por el escenario con sus habituales artefactos teatrales: espadas y bastones, ya convertidos en parte inseparable de su identidad escénica y heredados de su época más provocadora en los años setenta.
‘Feed My Frankenstein’ marcó el primer guiño a su etapa noventera, con un riff y una base rítmica cercano al universo de Mötley Crüe. De hecho, Nikki Sixx participó en la producción original del tema. Tras ‘Dirty Diamonds’, de su etapa de los 2000, llegó otro de los momentos más celebrados: ‘Caught in a Dream’.
La banda que acompaña a Cooper funciona como un engranaje perfecto. Todos se mueven con naturalidad, transmitiendo la sensación de un grupo sólido y perfectamente ensamblado. Ryan Roxie y Tommy Henriksen se sienten en su hábitat natural, con una soltura evidente sobre el escenario. Roxie combina estética sleaze angelina con un aire de pirata moderno, mientras Heriksen adopta una imagen más setentera y glam. Con ‘Hey Stoopid’ y ‘Dangerous Tonight’ –con guiño incluido a Randy Rhoads en el solo–, se repasó la etapa del disco ‘Hey Stoopid’, continuación del éxito de ‘Trash’, donde Cooper consolidó su mezcla de oscuridad, hard rock y mucha melodía.
Y entonces llegó uno de los momentos más esperados: ‘Poison’. El público estalló. Con los primeros arpegios, la audiencia viajó directamente a los ochenta. Azkena se convirtió en un coro colectivo: baile, gritos y celebración. Un hombre de mediana edad se encontraba junto a su hijo adolescente cerca del escenario. Ambos disfrutaban del concierto. El padre parecía haber vivido muchas noches parecidas; el hijo, probablemente no tantas. Pero ahí estaba una de las claves del Azkena: la capacidad del rock para unir generaciones. Tras la canción estrella, Cara protagonizó un solo medido, técnico y sin excesos, muy celebrado por el público. Después, la banda se adentró en su faceta más heavy e industrial de finales de los noventa con ‘Brutal Planet’.
Aún queda Cooper para rato
Una de las virtudes más valoradas de Alice Cooper es su capacidad para adaptarse a los tiempos sin quedar anclado en el pasado. A lo largo de las décadas ha atravesado etapas irregulares, tanto personales como musicales, pero siempre ha sabido regresar con dignidad a la escena. Esa resiliencia es, en gran parte, lo que le convierte en una figura humana y única.
Aunque en esta segunda jornada no apostó por sus trabajos más recientes, su energía casi juvenil fue evidente y reconocida por el público. En la parte final del concierto regresaron los setenta con clásicos eternos como ‘Ballad of Dwight Fry’, Cold Ethyl’ y ‘Only Women Bleed’, piezas que siguen funcionando como banda sonora emocional para varias generaciones de amantes del rock.
El tramo final alcanzó su punto álgido con ‘School’s Out’, que convirtió el recinto en una auténtica celebración colectiva. Hubo también espacio para guiños a Pink Floyd y Nirvana, antes de cerrar definitivamente con ‘Under My Wheels’, tema crudo, garaje y visceral que encapsula perfectamente la esencia de Cooper: rebeldía, tensión, escape y libertad.
Un joven lo resumía al salir: “Me ha encantado”. Otros prolongaban la noche en el propio Azkena. Porque, al final, para muchos de los presentes, la vida consiste precisamente en eso: coger el coche un viernes por la tarde y dirigirse al Azkena a ver al viejo Alice Cooper.
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