John Jacob Astor, considerado el primer multimillonario estadounidense, hizo caja con el comercio ilegal de opio y su negocio acabó teniendo consecuencias masivas
Las manos temblaron junto a varias botellas mientras una multitud tambaleante ocupaba cada rincón del salón. Algunos intentaron mantenerse en pie cuando varias personas empezaron a desplomarse de manera desigual, de modo que los empujones arrastraron a más asistentes hacia el suelo. Los gritos crecieron porque varios asistentes perdieron el control al mismo tiempo, aunque otros siguieron buscando otra dosis entre mesas volcadas y vasos rotos.
Un hombre tropezó con una silla y arrastró a dos acompañantes, mientras cerca de una ventana varias figuras discutían sin entender lo que ocurría a su alrededor. La confusión avanzó de un extremo al otro de la estancia hasta que los lamentos sustituyeron a la conversación. Cuando la agitación alcanzó su punto más alto, la reunión quedó dominada por personas agotadas, desorientadas y en muy mal estado por culpa del opio.
Astor envió cargamentos narcóticos hacia Oriente
John Jacob Astor pasó a la historia como uno de los hombres más ricos de Estados Unidos, pero una parte de su fortuna estuvo ligada al comercio del opio. Nacido en Alemania y establecido en Nueva York tras llegar a Norteamérica en la década de 1780, levantó primero un poderoso negocio de pieles y acabó creando una red comercial que le permitió operar en varios mercados internacionales. Su nombre también quedó asociado a inversiones inmobiliarias que dieron origen a la riqueza duradera de la familia Astor.
La apertura de nuevas oportunidades comerciales con China amplió sus horizontes empresariales. Astor observó cómo los barcos estadounidenses obtenían grandes beneficios transportando té, seda y otros productos muy apreciados en Occidente, una corriente económica que surgió después de la independencia de Estados Unidos y del fin del monopolio británico sobre ese tráfico marítimo. El comerciante empezó a importar mercancías chinas y buscó fórmulas para aumentar sus ganancias dentro de aquel intercambio.
Esa búsqueda lo llevó al negocio del opio. Según distintos relatos históricos incluidos en las fuentes consultadas, Astor adquirió diez toneladas de opio turco en 1816 y las envió a China. El producto tenía menos prestigio que el opio procedente de la India, pero seguía encontrando compradores porque muchos distribuidores lo utilizaban junto a otras variedades. A cambio, obtenía mercancías que después revendía en Estados Unidos.
El sistema funcionaba mediante operaciones que esquivaban las restricciones impuestas por las autoridades chinas. Grandes embarcaciones descargaban cargamentos fuera de los puertos autorizados y pequeñas naves recogían la mercancía para introducirla en los circuitos comerciales.
Los sobornos ayudaban a que parte de ese tráfico continuara. Eric Jay Dolin, citado por The Daily Beast, describió el comercio con China como uno de los motores iniciales de la inversión estadounidense, aunque añadió que las fortunas surgidas de aquel negocio debían valorarse junto a los daños provocados durante su obtención.
La cantidad exacta de opio vendida por Astor sigue siendo incierta, aunque varios historiadores consideran que movió cientos de miles de libras entre 1816 y 1825. El historiador John Kuo Wei Tchen afirmó que incluso comercializó opio en Nueva York y que llegó a anunciarlo en periódicos de la ciudad. Aquella actividad representaba una parte secundaria de sus ingresos frente al comercio de pieles, pero aportó beneficios considerables.
El consumo se extendió y afectó a millones de personas
Las consecuencias fueron importantes porque en China el consumo creció hasta afectar a millones de personas durante el siglo XIX. Las autoridades intentaron frenar la expansión del opio mediante prohibiciones, castigos severos e incluso ejecuciones de traficantes. Frederic Delano Grant Jr. escribió que muchos comerciantes estadounidenses ignoraron el sufrimiento provocado por ese mercado porque observaban a la población china con distancia y desinterés.
Mientras tanto, en Estados Unidos el opio también circuló con normalidad en tratamientos médicos y preparados farmacéuticos. Harper’s Magazine describió en 1859 personas con “ojos vidriosos” y bebés afectados por sustancias administradas por adultos, un reflejo de una dependencia que se extendía por distintos grupos sociales.
Cuando Astor murió en 1848 fue recordado como un gran empresario y benefactor. Su patrimonio alimentó proyectos filantrópicos y contribuyó a la creación de instituciones como la biblioteca que acabaría integrada en la Biblioteca Pública de Nueva York. Sin embargo, el recorrido de su fortuna también quedó unido a una actividad que alimentó la expansión mundial del opio. Esa doble herencia acompañó a una familia que mantuvo una enorme influencia económica y social durante décadas.
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