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Desinformación, alarma y falta de responsabilidad: el cóctel del papiloma humano
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Desinformación, alarma y falta de responsabilidad: el cóctel explosivo del virus del papiloma humano

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Juanjo Villalba

3 de agosto de 2026 22:29 h

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Julio tiene 47 años, dos hijos y una vida que volvió a empezar tras su divorcio. En una aplicación de citas conoció a Marta y entre ellos se estableció una relación intensa, tanto en lo emocional como en lo físico. “Desde muy pronto cogimos el hábito de tener relaciones sexuales sin protección. No nos acostábamos con nadie más y nos hicimos pruebas de ETS. Nos sentíamos completamente seguros”, recuerda.

Todo siguió igual durante unos meses, hasta que la propia intensidad provocó que interrumpieran la relación por un tiempo. Cada uno siguió su camino. Durante ese intervalo, Julio tuvo un encuentro puntual sin preservativo con una tercera persona. “Tenía claro que había sido un error, pero me hice las pruebas de ETS y el resultado fue negativo”, cuenta. Con ese resultado y la idea de que todo estaba bajo control, decidió no darle más importancia.

Un tiempo después, se reencontró con Marta y comprobaron que la química entre ellos seguía intacta. “Aquí es donde llegó mi segundo error”, explica. “Sabía que Marta no iba a tolerar que hubiera tenido un contacto inseguro y, si se lo contaba, era muy posible que se echara atrás en un momento en el que nos estábamos aproximando de nuevo. Entre el terror de perder la oportunidad de volver a acercarnos y la falsa sensación de seguridad, le mentí, le dije que no había tenido relaciones sin protección. Ella me dijo lo mismo y volvimos a las viejas prácticas, acostarnos sin usar preservativo”.

Durante un mes y medio, todo fue estupendamente, hasta que a Marta le aparecieron unas verrugas en la zona genital. Consultaron a un par de médicos y ambos coincidieron en su diagnóstico: probablemente se trataba del virus del papiloma humano (VPH).

A partir de ahí, todo se volvió más complejo. “El médico me explicó que el VPH no se detecta en las pruebas de las ETS. Es más, en hombres no existen pruebas fiables… No tenía ni idea de esto”, dice. Lo que él pensaba que era un control suficiente no lo era en absoluto.

La historia de Julio no es excepcional, aunque cada una tiene sus particularidades. Miguel descubrió que era positivo de una forma algo diferente. “Me enteré por una expareja”, recuerda. “Ella dio positivo y me avisó”. Resultó que él también lo era. La noticia llegó envuelta en reproches por parte de la mujer. “Me hizo sentir como si le hubiera pegado el sida adrede”, dice. Para entonces, ya estaba con otra persona, a la que había contagiado, lo que también acabó afectando mucho a la relación.

En su caso, tampoco había certezas. “Está claro que los chicos no sabemos exactamente cuándo lo contraemos”, admite. Había usado preservativo “la mayoría de las veces”, aunque reconoce que no siempre. Y, como en el caso de Julio, la información llegó tarde, cuando el problema ya estaba sobre la mesa.

Dos historias distintas, con matices propios, pero que comparten un mismo patrón. Relaciones que se perciben como seguras, decisiones basadas en una confianza que no siempre se apoya en información completa y una sensación de control que no se corresponde con la realidad del virus.

No son casos aislados. Son relatos que se repiten con frecuencia y que, con pequeñas variaciones, funcionan como arquetipos de una situación muy común: la de un virus que circula envuelto en desinformación, dejadez y que sigue sin ocupar un lugar claro en la conversación sobre salud sexual.

Ante esta situación, surgen multitud de preguntas. ¿Qué sabemos realmente sobre el VPH? ¿Cómo se detecta? ¿Qué papel juega cada persona en su transmisión y por qué, en casi todos los casos, las consecuencias se viven de forma tan desigual?

Lo que no se sabe

Como hemos visto en los relatos anteriores, todavía existen muchas dudas e ideas erróneas sobre el virus del papiloma y sus consecuencias. Por ejemplo, que el VPH puede detectarse mediante un análisis de sangre, como otras enfermedades de transmisión sexual.

La ginecóloga Lorena Serrano, conocida en redes como @hello.gyn y autora del libro Conócete bien, cuídate mejor (Planeta, 2023), lo resume con claridad categórica: “No se puede detectar mediante análisis de sangre. Quizás la confusión venga de que hay infecciones de transmisión sexual como el VIH, la hepatitis o la sífilis que sí se detectan así. Pero en el caso del VPH necesitamos realizar un PCR del cérvix o la vagina para detectar si hay material genético del virus”.

A eso se suma otra característica del VPH: su capacidad para permanecer latente. “La infección puede haberse producido años atrás, quedar latente y manifestarse más tarde”, explica Serrano. Esto complica cualquier intento de rastrear el origen del contagio y, en muchos casos, desplaza la conversación hacia la culpa o la sospecha dentro de la pareja.

Un impacto mal repartido

Para ver cómo se ve el problema desde el otro lado, contactamos con Marta, la chica del relato de Julio. Ella siente que el problema principal del papiloma es que existe muy poca trazabilidad y muy poca responsabilidad. “Creo además que el sistema sanitario que tenemos está totalmente concebido para proteger y hasta infantilizar a los hombres”, afirma. “Todo sería muy distinto si el problema les afectara a ellos”.

Marta, recuerda cómo al volver con Julio él le aseguró que estaba todo controlado y que no era necesario tomar precauciones en sus relaciones sexuales, algo que ella sí quería. Como ya sabemos, eso provocó que Marta se infectara del virus. “Inmediatamente, me puse en contacto con mi pareja sexual y le conté lo que pasaba. Él negó toda responsabilidad y empezó un proceso de gaslighting, de preguntarme a mí ‘¿por qué no puedes haber sido tú?’, ‘este virus es muy elusivo’, ‘puede haberte pasado con cualquiera’, etcétera”.

El diagnóstico de Marta activó un proceso médico largo. Extirpación de verrugas, biopsia, quirófano, trazabilidad, diagnóstico… Mientras tanto, su pareja recibió un tratamiento mucho más simple. “A él directamente lo que le ofrecen fue quemarle la verruga y ya está”, explica. Sin biopsia, sin seguimiento, sin necesidad de confirmar el tipo de virus.

La diferencia es representativa de cómo el sistema sanitario ha abordado históricamente el VPH. El virus afecta a ambos sexos, pero su principal consecuencia, el cáncer de cuello uterino, recae sobre las mujeres. Eso ha provocado que se concentren ahí los esfuerzos de prevención y seguimiento.

No obstante, según explica Serrano, “el virus del papiloma afecta a hombres y mujeres por igual, pero en la mujer el impacto que tiene a nivel de salud es mayor”. Eso no significa, sin embargo, que el virus no afecte a los hombres.

Según nos cuenta Juan Manuel Marín, ginecólogo y autor de Sin miedo al virus del papiloma, este virus no solo produce cáncer de cérvix, sino que también produce cáncer de pene, ano, vulva, vagina o garganta. No obstante, se muestra tranquilizador: “Siendo muy raro que el VPH produzca cáncer en todos estos sitios, el menos raro es el cuello del útero y por eso hay un programa destinado a hacer un screening de qué mujeres tienen el virus solo en el cuello del útero. No obstante, las que lo tengan allí probablemente lo tengan en más sitios y no les buscamos en otros sitios. Esto se debe a que de todos los cánceres raros que produce, el menos raro es el cuello del útero”.

Un riesgo frecuente, una consecuencia poco habitual

Este último matiz es clave para entender el lugar que ocupa el virus del papiloma humano en la salud humana. El VPH es un virus extremadamente común y, al mismo tiempo, sus consecuencias más graves son poco frecuentes.

“Sabemos que el 80% de las personas con una vida sexual activa se van a contagiar en algún momento”, explica Lorena Serrano, “pero es una infección que se resuelve sola en unos dos años en el 90% de los casos”. Es decir, el cuerpo elimina el virus casi siempre sin que aparezcan síntomas ni complicaciones.

El problema aparece cuando la infección persiste en el tiempo y pertenece a un tipo de alto riesgo. “Solo en esos casos pueden aparecer cambios en las células del cérvix que podrían derivar en cáncer, pero es muy poco frecuente”, añade.

Juan Manuel Marín coincide en ese enfoque tranquilizador, aunque reconoce que el lenguaje médico no siempre ayuda. “Cuando te dicen que tienes un virus de alto riesgo, no hace falta ser muy listo para asociar que tienes un alto riesgo de algo”, explica. Sin embargo, matiza que la probabilidad real de desarrollar un cáncer sigue siendo muy baja. “El riesgo de tener un cáncer de cérvix a lo largo de toda la vida de una mujer es del 0,7%. El de un cáncer de mama es del 12%”, añade para contextualizar.

“Pero la terminología no ayuda y creo que está hecha a propósito”, continúa Marín. “Si cuando das positivo de VPH te meten en el ‘Programa de cáncer de cérvix’, es normal que te bloquees. Creo que la terminología está hecha para asustar”.

La vacuna, el gran punto de inflexión

Si hay un elemento capaz de cambiar este escenario es la vacunación. Durante años, la estrategia se centró en niñas adolescentes como forma de prevenir el cáncer de cuello uterino. Hoy el enfoque es más amplio.

“La recomendación actual es vacunar tanto a niñas como a niños a los 12 años”, explica Serrano. La razón es doble. Por un lado, proteger de forma directa frente a los tipos de virus más peligrosos y, por otro, reducir la circulación del mismo en la población.

Esto no quiere decir que la vacuna en la población adulta no tenga sentido. Lo que sí hay que tener claro, según la experta, es que vacunarse no elimina infecciones ya existentes ni trata lesiones, pero sí puede proteger frente a tipos del virus con los que no se ha tenido contacto. “Por eso también se recomienda vacunar a adultos en casos en los que haya riesgo”, apunta la doctora, “por ejemplo, a las mujeres que han tenido tratamiento por una lesión de alto grado a cualquier edad se les vacuna y si hay una lesión también se recomienda”.

Sin embargo, el acceso y la percepción de la vacuna siguen siendo desiguales. Muchos hombres adultos no han sido vacunados ni informados de su utilidad o no se consideran parte del problema. Eso refuerza la idea de que el VPH es algo ajeno, que afecta sobre todo a las mujeres.

Qué debería cambiar

Si algo atraviesa todos los testimonios y opiniones expertas sobre este tema es que seguimos pendientes de un cambio cultural con respecto al VPH. Para Serrano, el primer paso es claro: “Hay que dejar de tratar el problema como solo de mujeres”. Eso implica incluir a los hombres en la conversación, en la prevención y en la toma de decisiones.

También se necesita mejorar la educación sexual. Explicar no solo cómo se evitan embarazos o infecciones concretas, sino cómo funcionan realmente los virus más comunes, qué limitaciones tienen las pruebas y qué significa, en la práctica, hablar de sexo seguro.

Aparte de esto, Marín apunta a otro elemento igual de importante: el estigma. “Todavía existe en la sociedad la idea de que, al ser una enfermedad de transmisión sexual, está relacionada con la promiscuidad e incluso la suciedad”, afirma. “Eso lo que hace es dificultar que se hable abiertamente del tema, retrasa consultas y convierte los diagnósticos en episodios de culpa o conflicto”.

El doctor también está convencido de que deberían replantearse las políticas de educación sexual porque, en su opinión, han fracasado. “Nunca ha habido tanto conocimiento en nuestro país, pero, sin embargo, nunca ha habido tantos embarazos no deseados ni tantas enfermedades de transmisión sexual. Nunca ha sido tan accesible la anticoncepción, ni tan barata. Pero parece que la sexualidad segura es una utopía”.

Una conversación pendiente

El VPH no es una excepción dentro de la salud sexual, pero sí un buen ejemplo de sus contradicciones. Un virus muy frecuente que sigue siendo poco comprendido. Una infección que, en la mayoría de los casos, no tiene consecuencias graves, pero que cuando las tiene recaen de forma desproporcionada en una parte de la población.

Entre esos dos extremos se mueve una conversación que todavía está por afinar. Hace falta más información y menos alarmismo, pero también más responsabilidad compartida. Quizá por ahí pase la diferencia entre enterarse demasiado tarde o, simplemente, saber a qué se está jugando.

Los nombres de las personas que aportan sus testimonios se han cambiado para mantener su privacidad.

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