Defender un instante

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El vaso de agua marcaba territorio. En los bares y cafeterías, a determinadas horas, se produce una ávido y afanoso intento por hacerse con uno de los periódicos del establecimiento. Un espacie de cumbre política en la que no se negocian aranceles ni se firman tratados de paz, se disputa la prensa en papel. Hay quien elige dónde tomar el café mañanero en función de la prensa libre -libre de lector, quiero decir- que detecta desde la calle, escrutando a través de la cristalera como un broker que analiza el mercado antes de invertir 1,60 en un cortado.

En el Elixir de la plaza Primero de Mayo, aquel vaso de agua era un acta notarial. Un “esto es mío” sin necesidad de palabra alguna. Ni la taza de café vacía, abandonada con la dignidad de quien ya cumplió su misión, lograba transmitir el mismo mensaje. La taza era una sugerencia. El vaso era un decreto.

Era un vaso ancho, cilíndrico, más propio de confidencias nocturnas que de cafés matinales. El clásico vaso de agua de después del café, ese gesto que equivale a un punto y aparte. Descansaba sobre el periódico abierto, como una Excalibur líquida clavada en la actualidad. Quien osara retirarlo debía saber que no solo levantaba un vaso, desafiaba una soberanía.

Creo que el periódico era El País. Lo deduje por la tipografía, por el diseño, por esa maquetación que los periodistas reconocemos con la misma rapidez con la que un pastor distingue a su oveja. O quizá lo hace todo el mundo y nosotros solo fingimos que tenemos un superpoder.

Imaginé que la persona que ocupaba aquella mesa había ido al baño. Imaginé también -porque uno es débil y el café agudiza lo peor- que, en estos tiempos en que algunos creen poder radiografiar el alma de alguien por el periódico que lee, debía tratarse de una persona con estética de izquierdas. Como si la ideología se llevara en el dobladillo del pantalón o se manifestara en el ancho de la bufanda.

Entonces me asaltó una pregunta incómoda: ¿cuál es exactamente el outfit de quien lee El País? ¿Hay un catálogo otoño-invierno para progresistas? ¿Un código cromático que combine con la sección de Opinión? Tengo que reconocer que me avergonzaron mis propios prejuicios con la eficacia de una notificación bancaria.

El vaso de agua, en cualquier caso, seguía allí, plantado en medio de las páginas de Nacional como si pretendiera apagar los incendios diarios que provocan nuestros amados diputados nacionales. Ya saben cuando no es un insulto velado es una pataleta o un berrinche. Un vaso de agua que ejercía de bombero transparente. Un dique frente al oleaje político. La actualidad convertida en posavasos.

Y entonces apareció la dueña del territorio. Una mano arrugada, con anillos alternos que parecían pequeñas decisiones tomadas a lo largo de los años, retiró el vaso. Depositó sobre la mesa un bolso de cierto tamaño, trenzado como si hubiera sido confeccionado por una escuela de artesanía paciente, se sentó y continuó leyendo.

No parecía una progre. No parecía una conservadora. No parecía nada que encajara en mis caricaturas exprés. Llevaba gafas de alambre y un chaquetón marrón con vocación de invierno serio. Parecía, sobre todo, alguien a gusto.

Zasca a mis prejuicios.

Quizá el vaso de agua no era una barricada ideológica ni una declaración estética. Quizá solo era eso, la manera de decir que aquel rato -café y periódico- era el mejor momento del día y que nadie, absolutamente nadie, iba a arrebatárselo. Ni los nuevos clientes, ni los incendios parlamentarios, ni mis teorías sociológicas de barra de bar. Al final, el vaso no defendía un periódico. Defendía un instante. Y eso, en estos tiempos, es casi un acto revolucionario.