La guerra y el revés de Federer
Hay gestos que elevan una disciplina hasta convertirla en arte. El revés de Roger Federer, por ejemplo, no era solo un golpe, era una declaración estética. La pelota venía con mala intención, con prisa, con violencia, y Federer respondía con una elegancia casi ofensiva, como si a través de su golpeo expusiera un manifiesto artístico. La relación de la pelota con las cuerdas de su raqueta no hacía ruido, componía música. No se imponía a los rivales, los convencía. En el revés de Federer habitaba el talento, sí, pero también una forma de estar en el mundo.
A Trump, Netanyahu, Vladimir Putin, Marco Rubio, Viktor Orban, o Milei no les pidas un revés liftado, ni siquiera que intenten colocar la bola junto a la línea. No lo van a entender. Como, probablemente, tampoco entenderán el mecanismo de un buen libro. Uno observa la geopolítica internacional y descubre que la única estrategia es destruir la pista de juego. Hay martillazos, insultos y amenazas. La fuerza sustituye a la inteligencia. La fuerza sustituye a la búsqueda de la belleza, como si las relaciones internacionales consistieran en romper la raqueta contra la tierra batida esperando que les concedan el punto porque sí, porque el torneo es de su propiedad.
Los genocidas, los amantes de la guerra, o la ultraderecha se parecen poco al revés de Federer y más a un pelotazo sin intención, que lo mismo da si la pelota bota dentro o fuera de la pista o derriba la red. Siempre encontrarán justificaciones para hacerse con el punto a su favor. Frente a la exquisitez del gesto técnico, el ruido; frente a la precisión, la brocha gorda.
Y ahí surge el falso planteamiento político de las soluciones fáciles para los problemas complejos, que viene a ser el golpeo garrote con una raqueta en la mano. El problema es que ese estilo no se queda en las redes sociales, en las televisiones afines o en los discursos de dos horas. Se filtra y llega más allá -más cerca, más aquí- de los déspotas mundiales.
Y de pronto aniquilar una civilización es una opción; invadir un país vecino es algo normal y sin consecuencias, y aplicar el genocidio de una población a través de las bombas, el hambre o la sed puede repetirse una y otra vez.
El revés de Federer era exactamente lo contrario de todo eso. Era la demostración de que la fuerza sin inteligencia tan sólo es ruido y destrucción; de que la belleza no está reñida con la eficacia. De que se puede responder a la violencia -de la pelota- con algo mejor que más violencia.
Quizá por eso resulta tan incómodo comparar. Porque en un lado está la idea de que el mundo puede hacerse con precisión, con talento, con cierta armonía. Y en el otro, la convicción de que basta con golpear más fuerte, más alto, más veces, hasta que algo -lo que sea- ceda o desaparezca.
El problema del garrote es que, a diferencia del revés de Federer, no deja nada bello detrás. Solo la sensación de que el partido, así, no merece la pena jugarlo. El revés de Federer era paciencia en un mundo acelerado. Era la prueba de que se puede ganar sin generar destrozos, sin levantar la voz, sin convertir cada intercambio en una guerra.
Hay golpes que no se olvidan porque no son solo deporte, son una manera de ordenar el mundo. El revés de Roger Federer era uno de ellos. Lo que no recuerdo es porqué guardé el vídeo del golpeo a cámara lenta en la galería del móvil. Quizá nostalgia de una época en que tratábamos de imitar al suizo. Sin lograrlo, claro. Tengo que verlo más.