Contra el odio, a favor del conflicto
Un profesor de secundaria en un instituto de Lavapiés, Madrid, cuenta cómo una alumna musulmana de dieciséis años fue insultada en el metro por su hiyab. La joven no respondió con gritos. Al día siguiente llevó al aula un bizcocho que había horneado con su madre y lo compartió con toda la clase, incluidos quienes habían callado durante el insulto. No dijo una palabra sobre el incidente. Su gesto silencioso, una rabia transformada en acto de pertenencia, desarmó más prejuicios que cualquier discurso.
A unos trescientos kilómetros de ese metro, en Logroño, una alumna de diecisiete años llamada Eman Akram llegó el 15 de septiembre de 2025 al IES Práxedes Mateo Sagasta con su hiyab. Un profesor, luego el jefe de estudios, luego la directora le pidieron que se lo quitara. El Reglamento del centro, aprobado por el Consejo Escolar, prohibía cubrirse la cabeza. Eman no se lo quitó. Y no volvió a clase hasta que lo hizo. El Juzgado de lo Contencioso-Administrativo número 2 de Logroño falló el 26 de enero de 2026: la prohibición vulneraba su derecho fundamental a la libertad religiosa, reconocido en el artículo 16 de la Constitución. La sentencia describía la equiparación del hiyab a gorros y viseras como excesivamente simplista y frívola. La Consejería de Educación del Gobierno de La Rioja lleva meses sin enviar instrucción alguna a los centros educativos de la comunidad. El 1 de mayo, veintiuna asociaciones riojanas firmaron una instancia exigiendo que lo hiciera. No han recibido respuesta.
Lo que separa el gesto de la alumna de Lavapiés y el caso de Eman Akram no es solo la escala. Es la naturaleza del mecanismo. En el metro hubo odio espontáneo, rabia de otro respondida con generosidad. En el Sagasta hubo algo más frío y peligroso: una institución convirtiendo la diferencia religiosa en norma de exclusión, y otra institución, la Consejería, avalándola con su silencio. El odio no siempre grita. A veces firma actas en el Consejo Escolar.
Según el Informe sobre la evolución de los delitos de odio en España 2023, elaborado por la Oficina Nacional de Lucha contra los Delitos de Odio del Ministerio del Interior, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad investigaron ese año un total de 2.268 infracciones penales e incidentes de odio, un 21,3 por ciento más que el año anterior. Los delitos por racismo y xenofobia fueron los más numerosos, con 856 hechos, el 41,8 por ciento del total.
La distinción entre la rabia que moviliza y el odio que paraliza es un camino explorado por quienes enfrentaron opresiones monumentales. Nelson Mandela, tras veintisiete años de prisión, insistió en luchar contra el sistema del apartheid, no contra las personas blancas. Su estrategia evitó una guerra racial y permitió una transición política. La poeta y activista Audre Lorde trazó una línea clara entre la ira —legítima respuesta a la injusticia— y el odio, que es el deseo de aniquilar al otro. En las montañas del sureste mexicano, el movimiento zapatista no busca la destrucción del Estado mexicano, sino la construcción de un mundo donde quepan muchos mundos, una rebeldía que es, sobre todo, afirmación.
La antropología ha documentado durante más de un siglo cómo las sociedades humanas gestionan el conflicto sin necesidad de odio. En las tierras altas de Papúa Nueva Guinea, el pueblo Enga practica durante generaciones un sistema ritual de guerra llamado tee. Los combates, aunque violentos, están estrictamente reglamentados: se anuncia el lugar y la hora, hay treguas para recoger a los heridos y, tras un número acordado de bajas, se inician complejas negociaciones de paz con intercambio de cerdos y conchas. El conflicto existe, es sangriento, pero no está impulsado por el odio, sino por una lógica de competencia y reparación que la comunidad entiende y controla. Es una rabia canalizada, no un odio desbocado.
Como señala la antropóloga Mary Douglas en Pureza y peligro, el odio suele surgir de sistemas de clasificación rígidos que separan lo puro de lo impuro, lo nuestro de lo otro, protegiendo esos límites simbólicos. En contraste, rituales como el tee regulan la violencia sin recurrir a esas categorías de exclusión absoluta, gestionando el conflicto como un mecanismo social integrado.
El odio moderno es una tecnología de despersonalización. Un estudio de la Universidad de Varsovia publicado en Scientific Reports en 2023 analizó, mediante resonancia magnética funcional, la actividad cerebral de personas expuestas a discursos de odio. Los resultados mostraron una reducción significativa de la actividad en la unión temporoparietal derecha, una región asociada a la capacidad de adoptar la perspectiva del otro y de procesar su sufrimiento como real. El discurso del odio deteriora literalmente nuestra capacidad de ver al otro como humano. No es solo una metáfora moral: es un efecto fisiológico medible. Esta dinámica refleja y se nutre de lo que el teórico René Girard, en La violencia y lo sagrado, describió como el carácter mimético del odio: un sentimiento que rara vez es espontáneo, sino que se propaga por imitación dentro del grupo, cohesionándolo frente a un chivo expiatorio común. La neurociencia y la teoría social convergen así en una explicación del odio como proceso que anula la empatía individual para servir a una función grupal de desahogo y simplificación de conflictos complejos.
La historia del arte ofrece ejemplos ambiguos de esa línea tenue. Los grabados de Goya en Los desastres de la guerra o en Los caprichos están empapados de una rabia feroz contra la estupidez, la crueldad y el poder clerical. Su sátira es un ácido que carcome los cimientos de la hipocresía. Siglos después, la tradición de la sátira política, en publicaciones como Charlie Hebdo, Mongolia o El Jueves, sigue usando la provocación y a veces el desprecio como herramienta. Crea conciencia, golpea ídolos, pero también puede herir profundamente y alimentar la polarización que pretende denunciar. En otro registro, la poesía de Miguel Hernández durante la guerra civil española arde con un fuego difícil de clasificar: ¿es odio al fascismo o amor al pueblo traducido en combate? Vientos del pueblo me llevan / vientos del pueblo me arrastran / me esparcen el corazón / y me aventan la garganta. Sus versos son un arma, pero el proyectil está hecho de un material distinto.
La eficacia política de la rabia organizada frente a la inercia del odio la demuestran datos contemporáneos. La Campaña Internacional para la Prohibición de las Minas Antipersona, iniciada en 1992 por un puñado de ONG y supervivientes de conflictos, canalizó la rabia de miles de mutilados y familiares en una estrategia de diplomacia ciudadana, presión mediática y alianzas improbables. Su rabia, focalizada y persistente, logró en 1997 el Tratado de Ottawa, firmado por más de ciento sesenta países. Desde entonces se han destruido más de cincuenta millones de minas almacenadas. La rabia convertida en proyecto cambió el derecho internacional.
En el otro extremo, el odio como estrategia política muestra su fracaso histórico incluso cuando gana batallas. El apartheid sudafricano se construyó sobre un odio racial meticulosamente legislado. Su derrota final no llegó solo por la lucha armada, sino porque la rabia del Congreso Nacional Africano supo evolucionar hacia un proyecto de nación multirracial. La Comisión de la Verdad y la Reconciliación, presidida por el arzobispo Desmond Tutu, fue un experimento imperfecto, criticado por sus concesiones, pero mostró una vía para procesar la rabia histórica sin convertirla en odio institucionalizado.
En el ámbito digital, las plataformas son hoy el laboratorio donde se mide la diferencia. La investigadora Molly Crockett, de la Universidad de Yale, argumentó en Nature Human Behaviour que las plataformas digitales amplifican la indignación moral al seleccionar el contenido que activa con más fuerza nuestros resortes emocionales, aumentando la expresión de la rabia pero no necesariamente su traducción en acción. Los mensajes basados en la indignación por políticas concretas —recortes sanitarios, corrupción— pueden movilizar tanto como los mensajes de odio identitario, pero con una diferencia crucial: los primeros tienden a conducir hacia acciones reales —firmas, donaciones, voluntariado—, mientras que el odio identitario queda atrapado en el circuito de la reacción. El odio inflama los comentarios, pero tiende a paralizar la acción constructiva. Es fuego que calienta la pantalla pero no cocina nada.
Este mecanismo digital no opera en un vacío psicológico. Los algoritmos explotan sesgos cognitivos profundos —la aversión a la pérdida, la búsqueda de confirmación— para maximizar el engagement. La ira moral y el desprecio identitario son commodities digitales altamente rentables. La arquitectura de las plataformas no solo refleja, sino que activamente cultiva, lo que la sociología de las emociones llama regímenes emocionales: marcos que transforman la rabia circunstancial en odio identitario, un producto de consumo en la economía de la atención.
La distinción final, quizás la más importante, es antropológica. El odio necesita un enemigo eterno, una categoría rígida. La rabia, en cambio, puede extinguirse cuando se resuelve la injusticia que la provocó. Un barrio se organiza contra una gran propietaria que acumula viviendas vacías, logra limitar la especulación y construir vivienda pública, y su rabia se disuelve en la gestión cotidiana de lo conquistado. El odio, si se hubiera instalado, habría buscado un nuevo objetivo: el político que no fue bastante rápido, el vecino que no secundó la huelga. El odio es adictivo porque ofrece una identidad simple en un mundo complejo. La rabia es un instrumento que, una vez cumplida su tarea, puede cesar.
Esta distinción se pone a prueba en los escenarios más crudos. El músico y escritor Nacho Vegas reflexionaba recientemente en El País sobre la violencia: no hay otra manera de combatir a la violencia que no sea con violencia autodefensiva. Y eso es algo para lo que tenemos que prepararnos. Su afirmación plantea el desafío último: ¿cómo gestionar la rabia legítima ante una agresión sin que se transforme en el odio que perpetúa el ciclo? La respuesta parece residir en la precisión del objetivo y en la naturaleza del proyecto posterior. La violencia autodefensiva puede ser un recurso reactivo y limitado dirigido a detener una agresión concreta. El odio, en cambio, es proactivo y expansivo: tras la defensa, buscaría nuevos objetivos, convirtiendo la legítima protección en una identidad basada en la hostilidad perpetua.
La historia de los movimientos de liberación exitosos sugiere que su triunfo no radicó solo en la capacidad de confrontación, sino en la habilidad de transitar de la resistencia a la propuesta, de la hostilidad a la reconstrucción. Necesitamos energía combativa sin duda, pero sobre todo la capacidad de construir con lo que el odio solo sabe destruir. Esta reconstrucción exige desmontar no solo las retóricas del resentimiento, sino también las arquitecturas —digitales, sociales, educativas— que lo hacen rentable y replicable. Requiere reconocer que el odio es con frecuencia el síntoma de un malestar manipulado, un régimen emocional que simplifica conflictos complejos en una guerra de identidades.
Frente a esa maquinaria, el gesto de la estudiante de Lavapiés y la firmeza de Eman Akram ante el Juzgado operan en el mismo sentido inverso: no como algoritmos que explotan un sesgo, sino como actos humanos que restituyen la complejidad y el rostro del otro. Veintiuna asociaciones riojanas llevan meses haciendo lo mismo: rabia organizada, proyecto concreto, conflicto sin odio. La alternativa no es la ausencia de conflicto, sino su gestión consciente. Empieza, simplemente, con un bizcocho compartido.