Se adelantó a su época: la española Ángela Ruiz Robles imaginó el libro electrónico cuando aún parecía imposible
El peso de los libros escolares empezó a cambiar de sentido cuando una maestra decidió que todos podían caber en un solo aparato que funcionaba con bobinas y láminas móviles. Esa idea tomó forma en 1949 con la patente de un sistema que permitía consultar distintas materias sin cargar varios volúmenes, un planteamiento que adelantaba décadas el modelo de lectura actual.
Con eso en mente, Ángela Ruiz Robles diseñó un dispositivo pensado para el aula que unía la tecnología disponible en su época con una visión educativa centrada en facilitar el aprendizaje.
La Enciclopedia Mecánica anticipó el funcionamiento del libro electrónico
El invento ideado en 1949 ya planteaba una forma de leer varios libros en un solo soporte. Según SINC, Daniel González de la Rivera, nieto de la inventora, explicó que “en la historia del e-book hay un eslabón perdido: el libro mecánico patentado en 1949 por una maestra española”, situando así este proyecto como antecedente directo del lector electrónico moderno. Ese enfoque se apoyaba en una estructura física capaz de mostrar contenidos distintos mediante un sistema intercambiable.
El objetivo principal estaba ligado a la enseñanza, ya que el diseño buscaba reducir el peso que llevaban los alumnos y facilitar el acceso a los contenidos, algo que también respondía a necesidades concretas dentro del aula.
González de la Rivera detalló que la intención era “reducir el peso de los libros” y adaptar el material a estudiantes con dificultades, incorporando soluciones para mejorar la lectura. Ese planteamiento incluía además la posibilidad de actualizar los contenidos sin sustituir el dispositivo completo.
La trayectoria de Ángela Ruiz Robles explica el origen de esa idea, ya que su carrera estuvo marcada por la docencia desde muy joven tras formarse en la Escuela de Magisterio de León y trabajar en distintas localidades hasta asentarse en Ferrol.
Allí ocupó cargos en centros educativos y creó su propia academia, mientras impartía clases a trabajadores en horario nocturno. Los documentos del Archivo General de la Administración permiten seguir ese recorrido profesional y confirman su implicación continuada en la enseñanza.
El prototipo incorporó ayudas para leer con algunas funciones pendientes
La Enciclopedia Mecánica desarrollaba ese planteamiento a través de un sistema de bobinas en el que se colocaban los textos, de manera que podían desplazarse para mostrar diferentes contenidos en una misma estructura, tal como recogía la patente conservada en la Oficina Española de Patentes y Marcas.
El propio documento indicaba que “lleva unas bobinas donde se colocan los libros que se desee leer en cualquier idioma”, una solución que permitía acceder a varias materias sin cambiar de soporte físico.
Ese diseño incluía también una lámina transparente con capacidad de aumento, que permitía ampliar el contenido, y elementos pensados para mejorar la lectura en distintas condiciones. María José Rodríguez Fortiz explicó a SINC que el prototipo no llegó a incorporar todas las funciones previstas, ya que “la adición de sonido y luz no pudo hacerse porque tecnológicamente no había nada inventado de pequeño tamaño”, lo que limitó el alcance del modelo construido.
La falta de financiación frenó la fabricación del dispositivo
La patente presentada el 7 de diciembre de 1949, con número 190.698, recogía un sistema que utilizaba mecanismos eléctricos y presión de aire para mostrar las lecciones, mientras que una versión posterior en 1962 desarrolló ese concepto en un aparato más completo orientado a lecturas y ejercicios. Ese recorrido técnico sitúa el proyecto dentro de una evolución continua que buscaba adaptar la enseñanza a nuevas herramientas.
El problema apareció en el momento de llevar el invento al mercado, ya que la falta de financiación y el contexto económico impidieron su producción a gran escala, a pesar de que existieron intentos posteriores de evaluar su fabricación. Rosa María Martín Latorre explicó en su investigación que una barrera económica superior a 100.000 pesetas impidió iniciar la producción, una cifra que resultó inasumible en ese momento.
El reconocimiento llegó con el tiempo, aunque su nombre tardó en ocupar un lugar destacado dentro de la historia de la tecnología educativa. Ramón Núñez señaló a SINC que “son escasísimas las mujeres que se han atrevido a formalizar sus ideas sobre inventos”, una observación que sitúa su trabajo dentro de un contexto en el que la visibilidad dependía en gran medida del éxito comercial. El prototipo conservado en el MUNCYT mantiene hoy esa historia ligada a un invento que anticipó una forma de leer que acabaría extendiéndose décadas después.
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