¿Qué pasa con los cuerpos?

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La pregunta me asaltó o irrumpió cuando observé algunas fotografías de las reuniones del fenómeno therian: ya saben, esos jóvenes que cubren sus rostros con máscaras que evocan el espíritu animal que (se supone) verdaderamente les habita. Me han contado que no se trata de un fenómeno reciente, aunque quizá ahora se haya encendido su pábilo mediático para desacreditar a una juventud (presuntamente) adocenada, pero no es la novedad lo que me asombró. También me han explicado que algunos de esos adolescentes participan de la corriente como una diversión, pero no me desarmó el instinto lúdico que parte de su público pueda imprimirle, por muy excéntrico que sea (¿qué afición verdadera no alcanza cierta cota de excentricidad?). Si se quiere diseccionar el fenómeno, hay que confesar que nos abruma (me abruma) la convicción con la que algunos therian teorizan su adhesión al movimiento y la naturalidad o facilidad o relajamiento de pudor con la que asumen y se expresan mediante conductas propias de animales (conductas, incluso, de apareamiento sexual). 

En cualquier caso, como creo que hasta los comportamientos deliberadamente ridículos o lunáticos tienen una explicación (lo único que carece de explicación es la maldad, a pesar de tantos libros o películas que se esfuerzan por buscársela, y así la justifican), rechazo tratarles con la condescendiente incredulidad que suelen profesarles los adultos, que se aproximan a los therian con una fingida ternura porque piensan que su perplejidad es fruto de la brecha generacional. Este rechazo se forja, principalmente, en que varios chicos que frisan la mayoría de edad los perciben igualmente como una manifestación extravagante: hay una incomodidad transversal sobre la que conviene reflexionar con más hondura. Esa mayor profundidad exige un cambio en el eje de la discusión. Muchas personas se lamentan: ¿Qué pasa con las cabezas? Mientras que yo sostengo que la actitud o comportamiento therian es una respuesta a una relación patológica (personal y social) con el cuerpo, con los cuerpos. 

Desde luego, no me escandaliza el disfraz. El disfraz es un saludable y sofisticado símbolo de evasión, y con ese propósito se ha utilizado tanto en los rituales paganos como religiosos. En muchos sentidos, todo vivimos huyendo, pero el disfraz explicita una huida consciente, confesa, transitoria y reversible, y por ello terapéutica; es una rebelión cínica contra la imagen física (la que biológicamente recibimos y la que elegimos o nos diseñamos) que proyecta sobre nosotros un crisol de prejuicios. El disfraz nos permite comunicar una versión menos convencional (menos sujeta a la interpretación preestablecida) y, así, más auténtica o genuina de nosotros mismos: paradójicamente, el disfraz desenmascara los prejuicios. En cualquier caso, el disfraz solía sublimar nuestra necesidad de lo sensible y lo tangible, de lo sensual. Y aquí radica la subversión therian, que merece ese pensamiento menos cándido o socarrón del que comúnmente inquieta: el therian no recurre a la máscara para liberar a su cuerpo de una visión prejuiciosa o para impregnarlo de un nuevo significado inevitablemente dotado de sensorialidad, sino para desligarse de su cuerpo. El disfraz no trasforma, pues, una identidad corpórea, sino que nos indica cuál es la “psicología” o la “conciencia” o el “alma” en la que el therian se reconoce y por la que deberíamos reconocerle. El therian está enfrentado a su cuerpo, está ensimismado y quiere abstraerse de su cuerpo y lo espiritualiza, no acepta ser matérico o se opone a serlo en la forma en que lo es. Y esta escisión parte de una decisión voluntaria que se camufla detrás acciones aparentemente livianas e ingenuas. 

Quizá pueda extrañar este complejo cuando habitualmente se critica el “culto al cuerpo” que atraviesa e inunda nuestras sociedades, pero todo aquello a lo que se rinde culto presupone la existencia de un conflicto, irresuelto o probablemente irresoluble. Los adolescentes de todas las épocas han (hemos) afrontado un conflicto con su (nuestro) cuerpo, claro; y es que no es inocuo el descubrimiento de que provoca estímulos en los demás y que el cuerpo de los demás nos estimula, el descubrimiento de que el cuerpo es sexual no es inofensivo. Sin embargo, parece que muchos adolescentes de nuestro tiempo (los adolescentes, en particular) han transitado hacia un nuevo estadio de ese conflicto: la relación directamente patológica con los cuerpos, una especie de asco o ira o pavor escatológico, de la que los therian constituyen un epítome extremo (lo patológico no es el conflicto, sino que el conflicto no conduzca a resolver el conflicto, que se perpetúe porque se convierte en una elección vital). 

Puedo enumerar varias causas de nuestra procelosa actualidad que, creo, confluyen en este pernicioso proceso: el desprestigio intelectual del arte figurativo, la transformación relacional que han propiciado la tecnología digital y las redes sociales (y que infiltrado la competencia capitalista en el “mercado de la seducción”), el acceso prematuro e inmaduro a la pornografía, la publicidad que reemplaza la belleza genética de los cuerpos por una belleza manufacturada (no ya solo reforzada), el consumismo que necesita azuzar la percepción propia de insuficiencia (confundiendo nuestras expectativas con las de los otros), la ideología de la libre elección de género (que no la realidad científica de la transexualidad) o la pérdida de una cultura colectiva del erotismo (de sus gestos y símbolos, que demandan, como es inherente a toda insinuación, de una comprensión más aguda y atenta sobre cómo interpela un cuerpo). Estos factores han despojado a los cuerpos de su valor real de una manera u otra, han roto la vinculación entre cuerpo (cuerpo carnal, directo, inmediato) y personalidad, han disminuido o han privado al cuerpo de su componente afectivo. Y es que, en este último sentido, al fondo de esas causas resuena un egoísmo aislacionista que acalla el diálogo de los cuerpos (y que, así, atomiza la convivencia): importa exclusivamente cómo uno mismo se reconoce en su cuerpo y se ignora su potencialidad para que importe a otros. 

Hay profesionales cualificados que pueden ayudar a que cada individuo gestione esa relación patológica con su cuerpo, así que a ellos me remito. Yo sólo quería subrayar que el fenómeno therian no debe tomarse a ligera porque es un síntoma de un malestar extendido en nuestras sociedades, la herida abierta de una desafección típicamente posmoderna. Y también porque me permite precaver de un riesgo político: por esa grieta, la de la relación patológica con el cuerpo (y, secuencialmente, la de la insatisfacción del deseo), han penetrado las más abyectas manipulaciones, antes confesionales, ideológicas ahora. Si lo piensan detenidamente, antes que el control de las mentes, el poder ha rentabilizado mejor la claudicación de los cuerpos.