Vivir, sufrir, morir
Quizá lo que más nos extraña de la muerte o del sufrimiento sea que constituyen una fuente de consenso: no pueden discutirse y nuestra opinión o voluntad no pueden disimularlos; (casi) nadie los quiere ni busca, sino que (casi) todos los rechazamos y esquivamos y tratamos de zafarnos de ellos o postergar el áspero encuentro con ellos hasta el último recodo del laberinto, donde la evidencia del tiempo y del dolor nos atrapan.
Puede que el carácter concluyente de la muerte nos interrogue más, o que haya determinado más la cosmovisión de todas las variadas tradiciones culturales, pero admitamos que la muerte (natural) carece de misterio: es un irrefutable y prosaico hecho biológico que nos alcanza a todos y, por tanto, es perfectamente razonable y justo, en el sentido de igualitario (otra cosa es que nuestra inteligencia, tan bellamente dotada de capacidad creadora como para imaginar el futuro, y en particular un futuro de ultratumba, no acepte que esa prodigiosa capacidad no se corresponda con una naturaleza lo bastante divina; y que nuestra conciencia no pueda sino escandalizarse, por estremecedor contraste, ante los cuerpos despojados de conciencia). Sin embargo, el sufrimiento sí es un misterio, pues es totalmente arbitrario, y por eso condiciona, remueve la experiencia humana de forma más radical: su afectación es intempestiva y veleidosa e inescrutable, y de este modo, perfectamente irrazonable e injusta, o al menos odiosamente discriminatoria.
La muerte nos angustia porque no podemos evitarla y nos conmociona porque no podemos vencerla. El sufrimiento nos angustia porque no podemos evitarlo y nos violenta porque no podemos comprenderlo. Pero que el sufrimiento no pueda comprenderse, como no puede entenderse la maldad (a pesar de los esfuerzos psicoanalíticos de tantos libros y películas que, guiados por un determinismo que niega el libre albedrío y las probabilidades terapéuticas de la ciencia, la fe o el arte, terminan motivando la más abyecta psicopatía en recónditos traumas supuestamente insuperables), no significa que no pueda reaccionarse contra él y vencerlo, es decir, dominarlo paliativamente o, incluso, sanarlo felizmente. Una sociedad que se resigna al sufrimiento es una sociedad derrotada, una sociedad muerta. La sociedad riojana todavía no se ha resignado al sufrimiento, como acreditan los Premios Kilómetro Cero que entrega este periódico, pues los ganadores (Proyecto Hombre, El Llavero, RioxaNostra y el profesor Iván Fernández) se rebelan, comprometen y trabajan para restañar tantas ausencias y carencias, tantos padecimientos de distinta clase.
No obstante, la controversia pública sobre el ejercicio de la eutanasia por Noelia Castillo ha permitido que asomen algunos signos preocupantes de resignación al sufrimiento o, como mínimo, de vacilación ética al respecto. No voy a polemizar sobre la eutanasia ni sobre su aplicación a este caso concreto, entre otras razones porque, como jurista, su legalidad ha sido avalada judicialmente y por los informes técnicos preceptivos. Lo que voy a criticar es su tratamiento desenfocado en el foro o ágora de la discusión social y mediática (ya ven que la conformación de una conversación democrática madura es una de mis obsesiones). El debate se ha parapetado o enmascarado sustancialmente, y no de forma inocente (por la resonancia social o política y no sólo personal de su decisión), detrás del sufrimiento biográfico de la joven (padres divorciados, desahucio, internamiento en un centro de menores, agresiones sexuales, consumo de drogas, intento de suicidio), un sufrimiento que, no sólo por acumulación o aplastamiento, apela a nuestra más honesta ternura. Se ha justificado la decisión en esa atribulada biografía (me refiero, insisto, a la opinión más frecuente, no al procedimiento administrativo), en la narración de sus desgracias, más que en una enfermedad grave, crónica e irreversible o en las limitaciones intolerables de la autonomía funcional cotidiana, que son los requisitos que exige la ley; desgracias contra las que otros se enfrentan y de las que, bien ayudados por profesionales y familiares y amigos, y con un esfuerzo encomiable, tratan de recuperarse y habitualmente lo consiguen. El debate se ha reorientado intencionalmente para inflamarlo de melodrama.
Es intelectualmente contradictorio y moralmente pueril que se confunda la compasión con la que nos debe conmover cualquier sufrimiento (o, incluso, con la que nos debe conmover, antes de su depuración fáctica, la percepción subjetiva que cada individuo pueda tener sobre su sufrimiento), con el apoyo institucional a que los sufrimientos biográficos, siempre irrazonables y arbitrarios, puedan convertirse en causa suficiente y justa de una muerte asistida con recursos sanitarios públicos. Y, sin embargo, esa confusión se ha prodigado en demasiadas conversaciones durante los últimos días, de manera más abierta o subrepticia. Salvo quienes infligen sufrimiento de manera consciente y voluntaria, nadie merece sufrir en ningún grado, precisamente porque tal sufrimiento siempre será anormal e injusto; pero es harto peligroso que nos resignemos a que la muerte sea la primera o una de las prioritarias soluciones al sufrimiento de una persona con una trayectoria vital turbulenta o abstrusa (y si nos resignamos, ¿a partir de qué momento deviene en la única solución?). Lo denuncio con dureza: esa tesis equivale a defender el suicidio, no la eutanasia. La muerte no es una alternativa o salida para el sufrimiento (biográfico), es la alternativa y la salida de la vida.
Esa confusión acabaría conduciendo, además (y la amenaza es igualmente intimidante), a que se promueva la revisión sobre cómo debe intervenir el Estado ante los sufrimientos de sus ciudadanos. ¿Acaso anhelamos que nos suministre medios que garanticen la prevención y corrección de todos los sufrimientos que puedan cernirse cobre nosotros…? Por mi parte, me conformo con que las Administraciones Públicas no acentúen los sufrimientos inherentes a cualquier itinerario vital. Y por eso me irrita que el mismo Estado que cumple eficazmente con la eutanasia solicitada por una ciudadana para acabar con su sufrimiento, permita que, cuando revisan incapacidades, los equipos médicos de la Seguridad Social se comporten como tribunales de tortura, tan alejados de la deontología que debería inspirarlos (alejados no por el juicio científico, que podrá depurarse, sino por la actitud inmisericorde: no les importa humillar al paciente). Y por eso me ofende que ese mismo Estado (en este caso, la gestión autonómica del Gobierno vasco del PNV y del PSOE) fomente una interpretación tan desviada del beneficio penitenciario de la semilibertad, que esté conllevando que terroristas de ETA que no se han arrepentido ni han colaborado con las autoridades, y que en algunos casos (como el de ‘Anboto’) han cumplido sólo el 1% de su condena, regresen entre vítores a las mismas calles donde viven los familiares de los asesinados.
Quien quiere o necesita politizar el dolor sólo buscará incrementar tu sufrimiento.