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La promesa que mantiene viva una comunidad religiosa de 500 años en La Rioja

Paula Palacios Cillero

5 de agosto de 2026 20:12 h

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El Monasterio de Nuestra Señora de la Piedad, situado en Casalarreina, un pueblo de La Rioja, ha vuelto a escribir una página de su historia. Sus muros, que llevan más de cinco siglos acogiendo a la comunidad de monjas dominicas, han sido escenario de la profesión religiosa de dos hermanas: Sor Ana María de Cristo Rey y Sor María Inés de la Sagrada Familia. Un acto que representa la confirmación de que esta comunidad continúa viva.

La ceremonia estuvo presidida por el obispo de la Diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño, Santos Montoya, y reunió a la comunidad religiosa, familiares de las profesas llegados desde África, vecinos de Casalarreina y autoridades locales.

Sin embargo, la profesión religiosa no es el inicio del camino, sino su culminación. “Cuando llega una persona no se hace monja en ese mismo momento”, explica el alcalde de Casalarreina, Félix Caperos. “Antes tiene que pasar por un periodo de prenoviciado y después por el de noviciado, por lo que pueden pasar cinco o seis años por lo menos hasta que la persona profesa”.

La profesión religiosa supone el momento en el que las hermanas realizan públicamente sus votos de pobreza, castidad y obediencia y se incorporan plenamente a la comunidad. Un rito solemne en el que las religiosas se tumban en el suelo mientras son cubiertas con pétalos de rosas, como símbolo de entrega y purificación, antes de recibir la corona y el anillo que representan su compromiso con Dios y Jesucristo.

La importancia de esta celebración se entiende al mirar atrás. La orden de las dominicas está presente en Casalarreina desde 1522, cuando se estableció en el monasterio, un edificio cuya historia está ligada al municipio y que se convirtió en una de sus principales señas de identidad.

“El monasterio como lugar patrimonial es la insignia de Casalarreina”, destaca Caperos. “Pero además de ser un elemento arquitectónico de primer orden, dentro del monasterio hay seres humanos, en este caso monjas de clausura, que llevan 500 años con nosotros”.

Para el alcalde, la presencia de la comunidad dominica representa un vínculo emocional que ha pasado de generación en generación. “Que la orden de las dominicas lleve 500 años en Casalarreina, desde 1522, y que generación tras generación de monjas hayan estado aquí, es un lazo emocional muy importante”.

Supervivencia en plena crisis de vocaciones

La profesión de estas dos religiosas adquiere más relevancia en un momento complicado para la vida religiosa. La falta de vocaciones ha provocado el cierre de numerosos monasterios en España y también puso en peligro la continuidad del convento riojano.

“En 2026 sabemos que hay una crisis de vocaciones muy importante y que las monjas desde hace muchos años han ido mermando la población del convento”, señala Caperos. De hecho, entre 2008 y 2010 el monasterio estuvo cerca de desaparecer, una situación que afectó a otras comunidades religiosas.

En los últimos años, conventos como los de Tudela, Santillana del Mar o Medina del Campo cerraron sus puertas. Algunas de las religiosas procedentes de esas comunidades llegaron a Casalarreina, aunque el envejecimiento de las congregaciones hacía cada vez más difícil garantizar su futuro.

La renovación llegó con nuevas vocaciones internacionales. Actualmente, el Monasterio de Nuestra Señora de la Piedad cuenta con 28 monjas entre religiosas profesas y novicias. La mayoría proceden de Kenia, Uganda y Madagascar, mientras que la madre priora es de Perú.

“Esto ha hecho que el monasterio no se cierre, lo que hubiese sido un drama”, reconoce el alcalde, que destaca que en los últimos años han profesado entre cinco y siete religiosas, permitiendo rejuvenecer una comunidad que durante siglos ha formado parte de la vida del municipio.

Patrimonio y futuro

La relación entre Casalarreina y sus monjas dominicas trasciende de los muros del monasterio. El Ayuntamiento mantiene un convenio con la comunidad para impulsar las visitas turísticas y acercar este patrimonio a vecinos y visitantes.

Durante siglos, las religiosas vivieron principalmente de la oración y del trabajo en una huerta de varias hectáreas, pero los tiempos han cambiado, y “en el siglo XXI con eso ya no se vive”, explica Caperos. Por ello, la comunidad también elabora y vende dulces y pastas, además de participar en la apertura del monasterio al turismo.

Para Casalarreina, cada profesión religiosa es una noticia que va más allá de la Iglesia. Es la confirmación de que un edificio histórico no está vacío, sino habitado por una comunidad que mantiene viva una tradición iniciada hace 500 años. “Para nosotros es una fiesta muy importante, la vivimos con mucho cariño y emoción”, resume el alcalde.