Bon jour, Ginesa
Resulta que ser cenizo es algo inevitable porque forma parte de nuestra bendita humanidad. Esto es una mala noticia para los psicólogos y los coach. Los primeros podrán decir por fin que tener miedo es lógico, puesto que nuestras patologías se asocian a la poca calidad de vida, la incertidumbre, a la ausencia de relato. Si son honestos nos recomendarán entonces afiliarnos a un sindicato. A los segundos no les funcionará ya lo del mindfulness, ni la respiración asistida con inspiradoras frases. Me dejo a los influencers a propósito, pues al tributar la mayoría en Andorra, no merecen consideración.
El miedo no es una sensación cobarde, sino de alerta ante el peligro. Lo llevamos en la sangre desde las cavernas. Por eso las malas noticias venden más. Lo explicó hace unos días, con mejores argumentos, en el ciclo ‘Cartagena Piensa’, Fernando Valladares, brillantísimo biólogo del Centro Superior de Investigaciones Científicas, optimista irredento, experto en Cambio Climático y divulgador. Tiene el raro don de explicar muy sencillo el verbo científico, tan alejado de nuestras mentes de peatón.
Cuerpo y cerebro reaccionan con mucha más fuerza a los estímulos negativos, buscan seguridad antes que entrar en razón. Con estos elementos tan básicos, directos a las tripas, se diseña la propaganda más feroz y efectiva. Por eso unos jóvenes cantan ‘Montañas Nevadas’, El ‘Careto al sol’ o el ‘Oriamendi’. ¿Sabrán, en su ciego ardor guerrero, que la letra del himno carlista se escribió en euskera?. Digámoslo claro, lo que sí saben de pe a pá mayor las últimas generaciones de chicas y chicos son todas las canciones de nuestra Rosalía, diva suprema, musa de la diversidad. Los de la caverna son violentos, es otra evidencia. La buena noticia que el cerebro límbico debe registrar es que, frente a ese ruido amenazante, existe todo un nuevo movimiento que se organiza, vota, razona.
Cuando la dopamina se ha liado en plan romántico con el algoritmo, se produce en redes la recompensa intermitente o doomscrulling, que así escrito todo junto parece lenguaje de gym, aunque quiere decir lectura compulsiva de noticias feas. En estos días se han consumido bastantes más de las digeribles, algunas de ellas con acento murciano. Se trata, como ya sabemos todos por nuestros móviles de cabecera, del Día de la Hispanidad, donde también las evidencias apuntan a que había mucho Acho, espero por favor que sin autobús ni bocadillo de mortadela. Otra vez más el fascischorus line habitual contra presidente. Desde luego, parecía todo orquestado. En este país, con la bendición de los subcampeones de la oposición, el insulto ya es protocolo tradicional. Pero una cosa, queridos odiadores: de verdad que aburre mucho esto, qué pereza.
A por atún y ver al duque, el tour carpetovetónico también fue a la Puerta del Sol a insultar, provocar, pero sobre todo defender a España y su bandera. Allí hemos conocido a la nueva libertad guiando al pueblo, una concejala popular de Torre Pacheco, (¿otra vez?) gritando a los jóvenes acampados insultos que por aquí no quiero ni debo transcribir. Palabras de política de altura, que jamás sabrían entender Voltaire, Rousseau, Diderot, ni Montesquieu. Frases cortas, a veces de solo un par de sílabas. O tres, pero vaya contundencia.
La señora, su clara inteligencia, la dicción perfecta, esa exquisita educación, junto a su mini coral juvenil han dado la vuelta al país, otro orgullo más para nuestra región. La nueva libertad no lleva gorro frigio ni se llama Marianne, seguramente no pasará al Olimpo de las activistas, pero que importa eso ahora. Bonjour et bienvenue, Ginesa. Conociendo el percal de esta tierra tan muda para reaccionar, supongo que a las mujeres de todas las edades de su partido les habrá parecido bien tan estelar aparición. Ya saben, una admiradora, una amiga, una esclava, una sierva.
A pocos metros de la charla de Fernando Valladares, un pequeño grupo asistió ese día a la inauguración de la nueva iluminación del Palacio Consistorial. Esa parte institucional, silenciosa, solemne. En la otra esquina, cientos de jóvenes aplaudían al científico. Conviviendo en paz, futuro y statu quo, como siempre debe ser. No sé por qué, lo que de verdad brillaba fuerte no eran las luces del Ayuntamiento.