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Medio siglo sin Fofó

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Han pasado cincuenta años desde la perdida de Fofó y, sin embargo, para muchos de nosotros sigue siendo una presencia cercana. No por ser historia de la televisión, sino porque forma parte de los recuerdos más felices de nuestra infancia.

Los niños de hoy tienen cientos de canales, plataformas y pantallas. Nosotros teníamos menos cosas, pero quizá por eso algunas dejaron una huella más profunda. Fofó entraba cada día en nuestras casas con una sonrisa, una canción y una forma de entender el entretenimiento que no necesitaba grandes artificios para llegar al corazón infantil.

Recordarlo es también reivindicar la figura del payaso, un oficio tan antiguo como noble y, a menudo, infravalorado. Hacer reír parece sencillo cuando se hace bien, pero exige talento, sensibilidad y una extraordinaria capacidad para conectar con los demás. Los grandes payasos no solo provocan carcajadas; acompañan, consuelan y ayudan a mirar la vida con más esperanza. Fofó pertenecía a esa categoría de artistas capaces de convertir la ternura en un lenguaje universal.

Recuerdo perfectamente la tristeza que sentí cuando murió. Era un niño y lo viví como si hubiera perdido a alguien de mi propia familia. Puede parecer exagerado visto desde fuera, pero quienes crecimos con él lo entenderán. Fofó era el líder de un grupo payasos que aparecía en la televisión, era una compañía cotidiana, un rostro familiar que asociábamos con la alegría.

También recuerdo la inauguración de la estatua de Fofó en el parque que lleva su nombre en Murcia. Aquel día acudieron Gaby, Miliki y Fofito para rendir homenaje a quien había hecho reír y cantar a varias generaciones de españoles. Había tanta expectación que nos subimos al tejado de la cantina para poder ver. Son imágenes que el tiempo no ha borrado y que siguen formando parte de mis recuerdos más queridos.

Hay memorias que se desvanecen y otras que permanecen intactas. A mí me ocurre cada vez que escucho 'Susanita tiene un ratón'. Han pasado décadas desde aquellas tardes de infancia y, sin embargo, sigo emocionándome. No es únicamente la canción. Es todo lo que viene con ella, la inocencia de aquellos años, la felicidad sencilla de la niñez y el recuerdo de quien nos enseñó a cantar sonriendo.

Es cierto que aquellas canciones reflejan una sociedad muy distinta a la actual y contienen referencias que hoy pueden parecer anacrónicas. Los tiempos cambian y es lógico que también cambie nuestra forma de interpretar ciertas letras. Pero reducir el legado de Fofó a una lectura exclusivamente contemporánea sería injusto. Aquellas canciones fueron hijas de su tiempo. Quienes las escuchábamos de niños no buscábamos modelos sociales, encontrábamos imaginación, alegría y momentos compartidos con nuestras familias.

Podemos observar el pasado con espíritu crítico sin renunciar al afecto que sentimos por él. La nostalgia no consiste en desear que el mundo vuelva a ser como era, sino en recordar con cariño aquello que nos hizo felices.

Quizá esa sea la verdadera grandeza de Fofó. No haber sido una estrella de la televisión, sino haber conseguido algo mucho más difícil, ocupar un lugar permanente en la memoria de millones de niños que hoy son sesentones. En Ulea, donde nació durante una gira de la familia Aragón, y en Murcia, donde una estatua recuerda su figura, su recuerdo sigue vivo.

Porque hay personas que pasan a la historia y otras que permanecen en el corazón de la gente. Medio siglo después de su partida, la sonrisa de Fofó sigue acompañando a quienes un día fuimos niños y aprendimos, de su mano, que la alegría también puede ser una forma de cariño.