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¿De verdad que me voy a quedar soltero para toda la vida?

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Anoche estuve en “A Gallete”. El festival de cultura murciana que organiza elDiario.es Región de Murcia terminaba la jornada con un cóctel y, como suele ocurrir en estos encuentros, lo que se vive después de los escenarios acaba siendo casi tan interesante como lo que sucede encima de ellos.

Entre conversaciones sobre cultura, proyectos, trabajo y Murcia apareció varias veces un asunto que no estaba en ningún programa: las parejas. Se comentaba que una de las cosas bonitas de este festival era que había muchas parejas entre quienes lo organizan, quienes participan y quienes forman parte de él.

No estaban hablando de mí, pero terminé pensando en mí.

Tengo 49 años y nunca he tenido pareja. Bueno, sí: hubo un Castillo en el aire cuando tenía 23 años. Duró unos cuatro años, fue la primera relación de mi vida y, hasta hoy, la última. Y aquella conversación, en mitad de un cóctel, me devolvió a una pregunta que llevo tiempo haciéndome: ¿de verdad me voy a quedar soltero para toda la vida?

Y si algo me inquieta es saber si mi ausencia de pareja tiene que ver con esos cambios que no he conseguido hacer o con aquellos que, en el fondo, tampoco he querido hacer.

He gozado de la fortuna de ser amado, mucho, por personas bellísimas que han pasado por mi vida y que me han querido de una manera que todavía hoy me conmueve recordar. En mis experiencias siempre me he entregado.

Aún no sé si me dejé querer; qué carajo, sí lo sé: no. Las relaciones terminaban y yo me quedaba con la sensación de hacer daño. Me resistía a seguir conquistando corazones, alimentando expectativas y después destrozándolos. Decidí renunciar a estar acompañado y pagar el precio de la soledad. Me pareció más justo renunciar a mi propia posibilidad de felicidad que seguir intentando encontrar la mía en la felicidad de otra persona. Y caí en ese tópico: ¿Cómo podría amar a nadie si no era capaz de amarme a mí mismo?

Dentro de mí existe una idea antigua y persistente: no soy merecedor. Sé que esa idea no se corresponde con la realidad. He sido querido, he querido y he construido vínculos profundos. Cuido con cariño incluso aquello que aparentemente no necesita ser cuidado: una planta, un mueble, una prenda, una piedra o una montaña. Tengo una enorme capacidad para querer. De eso sí estoy seguro. Lo que me cuesta es dejar que me quieran.

Durante mucho tiempo confundí el miedo a hacer daño con la responsabilidad de no hacerlo, y también hay egoísmo: me he encariñado rápidamente de algunas personas y después he sentido que necesitaba otra cosa, porque siempre me ha atraído lo diferente, algo más, algo distinto, no necesariamente mejor. Podía ser aburrimiento, una necesidad excesiva de libertad o esa parte de mí que nunca ha querido renunciar a determinadas cosas.

Nunca he entendido el amor como una cuestión de medias naranjas, porque el amor no aparece terminado: se construye, se hace. Dos personas se encuentran, se conocen, se equivocan, se descubren, negocian, renuncian, aprenden y vuelven a elegirse; el amor es, al fin y al cabo, un camino a recorrer acompañado.

Aferrarme a determinadas partes de mi vida puede ser egoísmo, pero también honestidad. Decidir vivir sin pareja porque uno sabe que carece de disposición para ofrecer determinadas cosas puede ser más honesto que prometerlas.

La frontera está en algún lugar entre la responsabilidad y el miedo, y todavía me cuesta saber exactamente dónde. He elegido estar solo, aunque sigo preguntándome cuánto hay de elección y cuánto de incapacidad en esa decisión. Quizá terminé aquí porque sigo sin conseguir cambiar aquellas cosas de mí que no gustan a los demás y tampoco a mí, pero existe una posibilidad más difícil de aceptar: que lo haya intentado y no haya podido, porque haya cosas de mí que todavía no sé transformar. Y tampoco pasa nada.

Llegué a pensar que debía arreglarme para poder tener pareja. Eso que los americanos llaman “you are broken”: estás roto. He construido una idea tan exigente del amor que nadie, ni siquiera yo, podría estar a la altura, cuando en realidad nadie llega completamente preparado a una relación; necesitamos llegar siendo honestos: esto soy, esto puedo darte, esto todavía me cuesta.

Durante mucho tiempo pensé que proteger a alguien consistía en mantener cierta distancia si existía la posibilidad de terminar haciéndole daño. Ahora veo el egoísmo que puede haber en eso. ¿Y si estoy decidiendo por otra persona que no merece la pena correr el riesgo de quererme? ¿Y si estoy llamando responsabilidad a algo que también es miedo?

Tengo miedo y tengo incertidumbre. Existe una parte de mí que teme que, si alguien me quiere de verdad, termine descubriendo que soy un fraude. Sé que sé amar, lo que temo es que alguien me ame y yo no sea capaz de sostener ese amor y descubrir que aquello que durante años he llamado responsabilidad era, en parte, una manera de esconder mi propia sensación de no merecer.

Y, al mismo tiempo, siento que la soledad tampoco es mi destino. Nos necesitamos. Una pareja puede formar parte de esa necesidad, pero también están los demás: necesitamos que nos quieran, querer, cuidar y ser cuidados, compartir y sentir que alguien nos mira y nos reconoce. He nacido para querer y para ser querido. De eso sí estoy seguro.

Y aquí aparece la contradicción que más me cuesta aceptar: ¿y si no hay nada que arreglar?

A mis 49 años también tengo que aceptar que quizá esta vida que he construido me gusta tal como es. Que puedo querer una pareja y, al mismo tiempo, estar bien sin ella. Que una cosa es desear algo y otra necesitarlo para sentir que mi vida está completa.

La pregunta sigue ahí: ¿quiero realmente una pareja o quiero la idea de tenerla? No encuentro una respuesta y quizá tampoco la tenga nunca. Lo que sí sé es que ya no quiero seguir buscando una explicación que me convierta en culpable o en víctima.

La única respuesta honesta que puedo darme hoy es que no sé si me voy a quedar soltero para toda la vida. Por ahora, me conformo con no necesitar buscar una respuesta.