Una cariñosa retrospectiva que se pierde en el camino

Cristian Ruiz

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De la misma forma que un escritor no puede escribir de lo que no sabe, un director de cine no puede filmar lo que no ha vivido. En muchos casos, y aunque suceda con pelos y señales, esta experiencia sucede en la intimidad creativa de su cabeza; de ahí su virtud para hacerlo realidad. Ya sea juntando letras o planos. ¿Pero qué ocurre cuando la historia a contar es tu propia historia? La experiencia adquirida a lo largo de muchas horas entre butacas me convence que el resultado suele ser diverso, y que la tentación de contar todo puede provocar que se cuente menos.

Érase una vez en Euskadi es un claro ejemplo de ello. La película solo existe porque la cabeza y el cuerpo de Manu Gómez ya han estado ahí. Y han estado los suficientes años como para preocuparse por todos y cada uno de los detalles que pueblan sus recuerdos. Somos como son donde vivimos. Y Érase una vez en Euskadi es una cariñosa retrospectiva a la infancia del cineasta y a la sociedad que le moldeó: la de los años de plomo en Euskadi. Años grises, color plomo y color violencia; como la pintada roja que llena la única pared que no está ocupada con carteles políticos y que se cuela como atrezzo de las inocentes conversaciones entre los cuatro niños protagonistas sobre qué pelota de antidisturbios es la mejor para jugar.

Para su defecto, tal meticulosidad comienza a acusar cansancio a mitad de película y a quedar en segundo plano en favor de un enfoque más individual. El del juego de miedos y alegrías que es la vida para cuatro niños. Una apuesta llevada a cabo con relativo éxito en su concreción, pero que indirectamente aísla el foco del contexto del que la película presume en su propio título y compromete gran parte de la atención que ya había ganado. Tanto que los existentes destellos de calidad; sean técnicos, estéticos –incluidas referencias a los más cinéfilos– o hábiles juegos paralelos entre la común definición de “sufrimiento”, quedan desterrados a la mera anécdota.

Érase una vez en Euskadi es un decente retrato universal de la infancia, y quizá ese es su mayor defecto. El de la pérdida de la palabra clave de su título, Euskadi, en favor de una idea más concreta y unos puntos de giro a brocha gorda. Un punto de vista que prometía levantar interés, pero que acaba cayendo en lo más común del drama familiar y que echa a perder todo el respirar social que la cabeza de Manu Gómez estaba dispuesta a darnos, pero que no ha logrado dar con el cómo.