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Amigos con y sin hijos: cómo encontrar la fórmula para seguir quedando sin distanciarse

Un mensaje de WhatsApp que llegaba al grupo un viernes por la tarde solía bastar para organizar una cena o una salida improvisada el fin de semana, pero con la llegada del primer bebé, esa sencillez tiende a transformarse en un rompecabezas que exige tener en cuenta multitud de variables y puede terminar frustrando el plan.

“Recuerdo una vez que me fui de viaje con mis amigas, el niño tenía tres meses y decidí llevármelo porque le daba el pecho, pero lo pasé fatal. Ellas no pensaban que había un niño y que había que adaptar los planes, decidieron hacer una ruta por el campo por donde era imposible ir con un carro porque era complicada, ni siquiera podía ir yo con el niño; por las noches querían salir a cenar a la calle y me tenía que llevar al niño; y, sobre todo, me vi saturada sin la ayuda de mi pareja, todo el día liada con el pecho y las cacas”, cuenta Ángela, de 32 años, que trata de integrar a su hijo en sus planes, aunque reconoce que esa escapada rural le sirvió de aprendizaje. 

Para la psicóloga Cristina Polo Sevilla, de la plataforma yees!, este tipo de choques son una experiencia común: “Hay ciertas dinámicas dentro de las relaciones de amistad que es normal que cambien cuando llega un bebé, ya no puede haber tanta espontaneidad a la hora de quedar, por ejemplo, hay que cuadrar mucho más todos los planes”.

Recuerdo una vez que me fui de viaje con mis amigas, el niño tenía tres meses y decidí llevármelo porque le daba el pecho, pero lo pasé fatal. Ellas no pensaban que había un niño y que había que adaptar los planes

La vida da un vuelco

La maternidad o paternidad modifica el espacio temporal y el mapa mental de quien la asume, asegura Polo Sevilla. “Incluso cambian las prioridades, porque el foco pasa a estar en el hijo, sobre todo cuando es muy pequeño, porque ocupa todo el espacio, tanto el temporal como el mental. Entonces da la sensación de que la amistad pasa a un segundo plano, pero la realidad es que no es necesario establecer un orden de prioridades en cuanto al cariño, sino en cuanto a las necesidades y lo que necesita una y otra parte”, desarrolla la psicóloga. 

A pesar de los pocos meses que lleva siendo padre, Alberto, de 30 años, cree que es difícil entender la situación si no se vive: “Te cambia la vida. Incluso a nivel mental, se te mete un sentimiento de hogar en el cuerpo y estar lejos de él es un suplicio”. “Echo de menos salir alguna noche de fiesta y hacer algún plan más, pero ves al peque y se te pasa”, admite.

Helena, de 41 años y madre por partida triple, coincide en que “es algo difícil de entender si no lo has vivido, muchas mujeres se sienten solas después de ser madres porque su círculo más cercano no entiende por lo que está pasando”. “La maternidad lo cambia todo: desde la relación de pareja hasta la forma en que te ves a ti misma y las relaciones de amistad”, resume.

Quedar era dificilísimo, todo tenía que ser cerca de su casa, me parecía una exagerada con todo y aburridísimo que el único tema de conversación fueran sus niños. No supe acompañarla y nos alejamos bastante

Dónde está mi amiga

Ella misma reconoce haber vivido la perspectiva opuesta a los 28 años, cuando su mejor amiga tuvo mellizos y ella no supo encajar el giro. “Mi vida era otra, yo no tenía ni trabajo estable ni planes de familia y no entendía absolutamente nada. Quedar era dificilísimo, todo tenía que ser cerca de su casa, me parecía una exagerada con todo y aburridísimo que el único tema de conversación fueran sus niños. No supe acompañarla y nos alejamos bastante”, recuerda, solo años después “cuando me convertí en madre lo entendí”, confirma.

Para quienes permanecen sin hijos dentro de grupos formados mayoritariamente por padres, el reto consiste en reubicar el espacio común. “Hacíamos siempre un viaje anual y lo hemos adaptado a una escapada de tres días. Algunas hacen más sacrificios por no perdérselo y otras no hacen tanto esfuerzo con la excusa del cansancio y de los niños y prefieren quedarse en casa muchas veces”, relata Cristina, de 32 años, que valora que la relación con sus amigas no ha cambiado cuando se han convertido en madres, aunque sí lo han hecho sus dinámicas y comportamientos. “No son las típicas pesadas que solo hablan de los niños; cuando quedamos siempre vienen con ellos, pero te adaptas, ya están superintegrados”, explica.

También Laura, de 38 años, ha acompañado a muchas de sus amigas en la maternidad desde ese plano de integración. “Los hijos de mis amigas son para mí de mi familia y disfruto mucho viéndolas como mamás. Sí es cierto que en momentos concretos echas de menos que estén en un festival, pero entiendo que las circunstancias y las responsabilidades cambian y las relaciones evolucionan”, comparte.

Incomprendidos vs. desplazados

Es fácil que quien ha tenido un hijo sienta que sus amigos no comprenden sus limitaciones, como tener que cancelar varios planes en el último momento porque el bebé está indispuesto, mientras que los amigos sin hijos sienten que la amistad ha pasado a un segundo plano o que la conversación gira exclusivamente en torno a la crianza. “Aparece cierta asimetría porque los planes empiezan a girar en torno a la disponibilidad de quienes son padres, y quienes no lo son sienten que tienen que estar adaptándose continuamente”, señala la psicóloga Polo Sevilla. 

Aparece cierta asimetría porque los planes empiezan a girar en torno a la disponibilidad de quienes son padres, y quienes no lo son sienten que tienen que estar adaptándose continuamente

Para evitar caer en esa grieta, la empatía debe ser mutua. “Las personas que tenemos hijos podemos ser un poco acaparadoras con las conversaciones de hijos, porque al final necesitas desahogarte y sentir que lo que te está pasando también le está pasando a más gente”, reconoce Ángela. “Yo intento siempre tener un poquito de cuidado y ver si hay personas que pueden sentirse fuera de la conversación y se están aburriendo. A las madres también nos viene bien hablar de cultura, de política o de los ligues de tu amiga soltera”, alega.

“A mí me pasa mucho que cuando quedo con amigas o amigos que no tienen hijos y mis hijos están presentes me sabe mal. Hay una sensación de que los niños molestan y pienso que no van a entender algunas cosas o que mis hijos pueden llegar a molestarles”, confiesa Helena, lo que a veces le complica la logística de quedar con ellos al tener tres hijos. “La experiencia me dice todo lo contrario, que los amigos entienden mi situación y se amoldan bastante a ella, pero es más por mí, como una especie de autocensura”, matiza. 

No se trata de mantener intactas las rutinas para que la relación siga siendo sostenible, sino de acordar nuevas formas de encuentro. “Una buena parte del sufrimiento psicológico aparece cuando la realidad no encaja con nuestras expectativas. Aceptar esto significa entender que, durante un tiempo, la relación puede necesitar más flexibilidad y menos exigencia”, apunta Iker Burutxaga, padre y psicólogo clínico especializado en el ámbito de la familia y el apego. 

“Una amistad no depende únicamente de la frecuencia con la que nos vemos, de la cantidad de planes que hacemos juntos o de la facilidad con la que podemos quedar. Depende también de sentir que seguimos siendo importantes para el otro, de que existe interés, cariño, confianza y una historia compartida que continúa teniendo un lugar en nuestras vidas”, destaca el psicólogo, que propone que sean los amigos sin hijos quienes faciliten el contacto en lo práctico. “Quizá ya no pueda quedar un viernes por la noche, pero sí pueda dar un paseo un sábado por la mañana o mantener una conversación por teléfono mientras pasea con el niño. No se trata de insistir constantemente ni de exigir atención, sino de mantener el vínculo sin esperar siempre una respuesta inmediata y transmitir que sigo aquí”, explica.

Desde la perspectiva de quien no tiene hijos, Laura enfatiza que la disposición afectiva es la clave: “No hay ningún truco de magia, es querer y empatizar con los nuevos ritmos de vida”. “A veces damos por hecho que estamos ahí simplemente porque seguimos estando, pero ahora me planteo si mis amigas se sintieron solas en el posparto. Hacernos esa pregunta es importante para acompañar de la mejor manera”, plantea. 

Una amistad no depende únicamente de la frecuencia con la que nos vemos, de la cantidad de planes que hacemos juntos o de la facilidad con la que podemos quedar

Los padres, por su parte, también pueden tomar la iniciativa a la hora de proponer alternativas. “Yo suelo ser bastante proactiva a la hora de proponer planes y pienso en sitios donde el niño vaya a estar bien, que no sea el típico bar cerrado de taburetes donde yo vaya a tener que estar todo el rato corriendo detrás de él”, asegura Ángela. 

La evolución

La llegada de los hijos tiene también el poder de actuar como filtro en la reordenación de las amistades. “Hay amistades que se refuerzan mucho, otras que siguen igual y otras que desaparecen, depende del momento vital que viva cada uno”, reflexiona Alberto en primera persona.

“Las relaciones sólidas van a encontrar nuevas formas de encontrarse. La amistad evoluciona hacia un entorno más maduro, flexible y capaz de adaptarse al contexto de cada uno”, concuerda la psicóloga Polo Sevilla. “Aquellas amistades que sean más superficiales, que estén relacionadas con un ámbito en concreto o que dependan mucho de la disponibilidad, sí que se pueden ver más delimitadas. También es una oportunidad para conocer más a la otra persona, nos puede ayudar a profundizar”, añade. 

Los vínculos mutan y los afectos genuinos pueden reencontrarse tiempo después. “Con los años, algunas amigas me han dicho 'siento no haber estado a la altura cuando fuiste madre, no tenía ni idea de lo que significaba esto'. Son gestos muy bonitos que demuestran que las relaciones se transforman si ambas partes participan en la adaptación”, subraya Helena, que tras ser madre por primera vez se sintió sola y buscó apoyo en otros padres. 

No interpretar los cambios como una falta de interés y entender que la adaptación no puede recaer siempre en la misma persona son algunas de las claves en las que unos y otros parecen estar de acuerdo. Habrá planes que desaparezcan y otros nuevos por inventar, pero si la amistad está por encima de conciertos, cenas tardías o viajes improvisados, no tiene por qué dejar de ser una amistad.