Por qué es mejor no preguntarle a los niños qué quieren comer: la explicación de una experta en nutrición pediátrica
“¿Qué quieres cenar hoy?”. Esta pregunta es recurrente seguramente en muchos hogares. Probablemente, si hay hermanos, uno querrá macarrones con queso y el otro prefiere sopa de pollo. Negociar, persuadir y discutir termina con al menos uno de ellos quejándose y un padre o una madre frustrado y agotado. La hora de la comida puede convertirse muchas veces en una especie de campo de batalla en lugar de un momento agradable en el que estamos juntos y compartimos un momento del día.
Como padres, queremos complacer a los hijos, que coman bien, que tengan opciones, y sabemos que comerán lo que les guste. Por eso, muchas veces solemos preguntarles qué quieren comer. Darle a un niño la opción de elegir puede, si se hace bien y bajo la responsabilidad de un adulto, generar un interés saludable por la comida desde una edad temprana. Pero, ¿puede tener un impacto negativo? ¿Es un error hacerlo? ¿Cómo procesa un niño esta pregunta, cómo le beneficia, cómo no y qué alternativas hay para involucrarlos de forma positiva?
Cuando la pregunta responsabiliza al niño del menú familiar
“No podemos decir que preguntar a un niño qué quiere comer sea un error en sí mismo: escuchar sus preferencias y darle cierto margen de decisión es positivo y forma parte de una relación saludable con la alimentación”, reconoce María Rodríguez Lazo, especialista en nutrición clínica pediátrica y directora del Servicio de Nutrición del Instituto Hispalense de Pediatría.
Para la especialista, el error se da cuando “esta pregunta se convierte en la que determina sistemáticamente el menú familiar”. Los niños no tienen la responsabilidad de decidir cuál es la dieta equilibrada y saludable que debemos seguir, sino que somos los adultos los “que tenemos la responsabilidad de ofrecer alimentos variados y adecuados a las necesidades del niño”. Es un trabajo de los padres decidir qué y cuándo comerá el hijo.
Por tanto, “no podemos esperar que sea él quien decida cada día qué alimentos necesita para que su alimentación sea equilibrada. De ahí que, más que dejar de preguntarles, haya que replantearse cómo formulamos la pregunta y qué margen de decisión les damos”, admite Rodríguez.
Pequeñas decisiones en un marco que establece el adulto
La manera en que formulamos la pregunta cambia en gran medida su efectividad. Porque, como admite Rodríguez, “no es lo mismo preguntar ‘¿qué fruta quieres?’ que preguntarle ‘¿quieres plátano o mandarina’? En ambos casos estamos teniendo en cuenta sus preferencias, pero en el segundo somos nosotros quienes hemos decidido previamente qué opciones ofrecer”. Por tanto, la clave es “ofrecer dos opciones que previamente hayamos pensado nosotros”, explica la experta.
Este ‘truco’ podemos usarlo con el resto de alimentos: “’¿prefieres tomate o pepino?', ‘¿quieres yogur o fruta?' o ‘¿prefieres pescado con patata o con arroz?’. Lo que conseguimos formulando las preguntas de esta manera es mantener nuestra responsabilidad como adultos ”de ofrecer una alimentación adecuada y variada mientras que el niño tiene la oportunidad de elegir y desarrollar su autonomía“, afirma Rodríguez. Estas pequeñas decisiones que pueden tomar les permite involucrarles pero ”sin hacerles responsables de decidir el menú completo“.
Ofrecer variedad de alimentos y dejar que los niños elijan les da una sensación de independencia y les permite descubrir qué les gusta. Esto no significa que si no le gusta un alimento al principio debamos rendirnos. Algunas investigaciones demuestran que pueden ser necesarios entre 12 y 17 intentos para que los niños se interesen por probar un alimento. Introducir diferentes alimentos y usar distintas recetas puede mantener su interés y asegurar que cubran todas sus necesidades nutricionales.
Por tanto, y tal y como reconoce Rodríguez, “podemos involucrarlos mucho en la alimentación sin hacerles responsables de decidir el menú completo dejándoles tomar pequeñas decisiones dentro de un marco establecido por el adulto: elegir entre dos frutas, decidir qué guarnición prefieren, escoger entre dos opciones de desayuno o decidir cómo quieren presentar un alimento”.
Más allá de las preguntas que podamos hacerles y de cómo las formulemos, los niños pueden formar parte activa de la alimentación familiar de otras maneras. “Pueden participar acompañándonos a hacer la compra, ayudando a preparar una receta, lavando verduras o poniendo la mesa”, afirma Rodríguez, que admite que son pequeñas acciones que “fomentan su autonomía y hacen que se sientan partícipes de la alimentación familiar”. Involucrarlos en estas tareas sencillas puede despertar su interés por la comida de una forma amable y saludable.
Pero si hay algo verdaderamente importante es, según Rodríguez, que “tengan contacto frecuente con alimentos diferentes sin obligarles a comerlos. La alimentación también es aprendizaje y necesitamos darles oportunidades para conocer y familiarizarse con nuevos alimentos”. Por tanto, la clave está en “darles autonomía sin trasladarles una responsabilidad que corresponde al adulto”, reconoce Rodríguez.
Qué ocurre cuando el niño decide el menú
Si les damos el poder de decidir qué quieren comer, les otorgamos un control absoluto para el que no están preparados y que no les corresponde. De forma sutil, los coloca en el papel de ‘jefe’ y al padre o la madre al de ‘cocinero’. Además, muchas veces, cuando les hacemos una pregunta tan abierta, no saben por dónde empezar, no conocen todas las opciones disponibles o simplemente piensan en cosas que comieron recientemente y les gustaron. Tampoco consideran cómo combinar alimentos o preparar una comida o merienda completa y nutritiva.
Para Rodríguez, “cuando dejamos que el niño decida completamente qué va a comer es fácil que sus elecciones se basen sobre todo en aquello que conoce, le gusta o le resulta más cómodo. Y esto puede ser especialmente relevante en niños con una alimentación muy selectiva, porque podemos terminar reduciendo todavía más la variedad de alimentos que aparecen en su dieta”.
Por tanto, tras una pregunta del tipo ‘¿qué quieres para comer?' les podemos “trasladar una responsabilidad que no le corresponde: la de decidir cómo debe ser su alimentación”, concluye Rodríguez.