“Ayuda a regular sus emociones y sube su autoestima”: todos los beneficios de aprender a hablar en público desde niños
Aprender a hablar en público suele relacionarse con los retos de la edad adulta o el entorno profesional, pero desarrollar la oratoria desde la infancia permite a los más pequeños perder el temor a exponer sus ideas y comunicarse con soltura. Además, sus beneficios pueden ir mucho más allá de proporcionarles estas herramientas.
“Aprender a hablar bien es una herramienta que les va a permitir que se produzca un desarrollo a nivel social, a nivel emocional, a nivel cognitivo”, afirma la doctora en psicología Silvia Álava, psicóloga infantil-juvenil. “Hay que organizar el pensamiento antes de expresarlo”, apunta Álava, que destaca el filtro previo que exige esta disciplina, así como el entrenamiento en materia de comunicación no verbal en lo que respecta al tono de voz, el uso de las manos o el contacto visual con el interlocutor.
Por otro lado, la psicóloga remarca que trabajar la expresión oral no busca transformar la forma de ser de los menores. “Un curso de oratoria no va a cambiar la personalidad del niño; si es un niño introvertido, va a seguir siendo introvertido”, matiza. Sin embargo, la ventaja es que la oratoria puede ayudar a los más pequeños a “regular emociones, a subir su autoestima al ver de lo que son capaces de conseguir y a normalizar ciertos nervios al comprender que es algo que nos pasa a todos, incluso a los adultos, al hablar en público, además de ayudar a evitar bloqueos en la etapa adulta”, comenta Álava.
Autoestima, liderazgo y aprendizaje
“La idea es que el niño comience a interiorizar técnicas con juegos y pasándolo bien, para que, poco a poco, vaya normalizando que cuando uno habla en público, su vida no corre peligro”, señala Mónica Bóbeda, formada como asistente de dirección y directora de la academia de oratoria El Show de la Palabra, con más de 25 años de experiencia en comunicación y liderazgo, que defiende que en estas edades el objetivo es normalizar la experiencia a través de la diversión.
“Está demostrado que saber hablar en público favorece el desarrollo de la autoestima, las habilidades de liderazgo y el expediente académico de nuestros hijos”, subraya Bóbeda, que defiende que más allá de lo estrictamente académico, poder expresarse con fluidez en público permite a los niños superar retos y bloqueos cotidianos como el miedo escénico o la inseguridad, además de mejorar su gestión emocional.
“Les permite poder contar una noticia, motivar a sus compañeros o persuadir al consejo escolar para conseguir ser delegado”, ejemplifica la formadora, que valora que una buena comunicación es la base para expresar ideas, opiniones, emociones y alcanzar objetivos.
Aunque no existe un momento exacto en el calendario ni una edad perfecta para lanzarse a hablar en público, Bóbeda apunta que los ocho años suelen ser un buen momento para comenzar a disfrutar del mundo de la oratoria de forma lúdica, siempre “dependiendo de la personalidad del niño”.
Estructura e improvisación
Para lograr una comunicación clara, la formadora recomienda trabajar de manera conjunta dos capacidades que parecen opuestas pero que se complementan: la ordenación de ideas y la improvisación. “Una de las cosas que veo en mis alumnos más jóvenes es que cuando hacen una presentación, no están presentes, porque se aprenden el contenido de memoria; y, si el miedo sube de intensidad y les domina, ¿qué pasa? Que se quedan en blanco”, analiza.
Para evitarlo, la experta propone utilizar estructuras en formato de tres: un esquema mental de tres puntos principales con relación lógica que aporta calma y seguridad. “La estructura actúa como un salvavidas al que te puedes agarrar para no hundirte”, valora.
Una vez fijada la estructura del mensaje, el segundo paso es entrenar la improvisación para mantener el discurso vivo y adaptado al público. Para ejercitarla, Bóbeda utiliza técnicas teatrales como el juego de las imágenes en carrusel, donde van pasando fotografías de forma automática y el alumno debe vincularlas sobre la marcha con su mensaje y su estructura.
La experta recuerda en este sentido al empresario y escritor estadounidense Dale Carnegie y cita: “Siempre hay tres discursos por cada discurso que pronuncias: el que practicaste, el que pronunciaste y el que te habría gustado pronunciar”.
El entorno familiar también puede convertirse en el escenario perfecto para perder el reparo a hablar sin presiones. Para ello, Bóbeda sugiere tres dinámicas muy sencillas para trabajar la improvisación, la curiosidad y la capacidad de conectar con la audiencia:
‘En busca del miedo perdido’
“Este juego consiste en vincularse a la curiosidad para bajar de intensidad el miedo”, introduce la formadora. Para ello, explica, el niño se formula preguntas como a qué le tiene miedo, qué tendría que ocurrir para que ese temor no se haga realidad y qué fortalezas tiene como buen orador.
‘La rueda de prensa’
“Esta dinámica consiste en que el niño da un titular y tiene que empezar a explicarlo con sus palabras; no puede parar hasta que alguien del público le haga una pregunta actuando como un periodista”, comenta Bóbeda.
‘El contador de historias’
“Para esta actividad solo hace falta coger varios objetos de casa, ponerlos en una mesa y comenzar a relatar una historia con ellos”, propone la experta, para ejercitar la improvisación.
Como audiencia y acompañantes de los más pequeños en este tipo de ejercicios, la especialista destaca que la premisa debe ser siempre proteger su autoestima cuando se hagan correcciones como el uso de muletillas o los errores de pronunciación.
“No hay mal comunicador, sino falta de práctica”, sostiene, y recomienda mencionar primero las fortalezas del discurso, para después poner el foco en un área de mejora concreta, “y hasta que no la trabajemos, no pasamos a otra”, aconseja Bóbeda, aunque siempre sin la presión de una evaluación y desmitificando el temor a la exposición pública, ya que en el caso de los niños es preferible plantearlo como un aprendizaje dinámico y divertido a través de juegos.
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