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Por qué dejar que los niños asistan a entierros y despedidas puede ser bueno para ellos

"La muerte sigue siendo uno de los temas de los que más nos cuesta hablar a las personas adultas con niñas y niños".

Lucía M. Quiroga

30 de septiembre de 2026 22:21 h

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Cuando su madre falleció, Sonsoles habló con sus hijos, que tenían ocho y cuatro años y acababan de perder a su abuela. “Fui sincera con ellos, les pregunté si querían venir al tanatorio y dijeron que sí. Eso les ayudó mucho a despedirse y a expresarse”, cuenta. El hijo de Miguel, con cinco años, también asistió al de su bisabuela: “Estuvo acompañando a sus abuelos y a sus familiares y nos hizo muchas preguntas”. Con diez años, Mía se puso de acuerdo con sus amigas para acompañar a una de ellas, que acababa de perder a su padre. Le hicieron dibujos de despedida, estuvieron con ella y fue “un rato bonito”, en palabras de su madre.

“La muerte sigue siendo uno de los temas de los que más nos cuesta hablar a las personas adultas con niñas y niños. Sigue siendo un tabú, y ese silencio dice más de nuestras propias incomodidades e inseguridades que de lo que la infancia puede comprender o necesita saber”, explica Marta Martínez, socióloga e investigadora en infancias y derechos humanos. Ella considera que el tanatorio es “un espacio social de reconocimiento”, del que no tiene sentido excluir a la infancia. “La persona que ha muerto era su abuelo, su madre o su primo, y tenían con ella un vínculo propio. Cuando asumimos que niñas y niños no deben estar en la despedida, estamos dando por hecho que su vínculo pesa menos, y podemos dar lugar a lo que se llama duelo desautorizado: una pérdida que no se reconoce socialmente como legítima”, afirma Martínez.

Hacerles partícipes y acompañarles

En ese concepto incide también la psicóloga Lucía López, experta en trauma y duelo: “Cuando alguien me pregunta si hay que hacer partícipes a niños y niñas en este tipo de situaciones relacionadas con la enfermedad o la muerte, lo primero que digo siempre es que ya lo son: eso también les está pasando a ellos y a ellas, es algo que no podemos obviar. Dejarles al margen es el primer error y puede tener consecuencias importantes, porque no legitimamos su duelo”, asegura la psicóloga. Por eso ella propone justo lo contrario: “Tenerles siempre en cuenta, haciéndolos formar parte de manera activa para que sientan pertenencia, adaptándolo a su edad y capacidades”.

Cuando asumimos que niñas y niños no deben estar en la despedida, estamos dando por hecho que su vínculo pesa menos, y podemos dar lugar a lo que se llama duelo desautorizado

Marta Martínez — socióloga e investigadora especializada en infancias y derechos humanos

Sobre cómo hacerlo, la psicóloga invita a tener en cuenta su edad, su capacidad cognitiva y emocional, el contexto de las relaciones familiares o de amistad y la propia capacidad de las personas adultas para acompañar. “A partir de ahí, debemos preguntarles si quieren participar y de qué manera, teniendo en cuenta que se puede hacer de diferentes formas: pueden ir al velatorio, pueden preparar un dibujo de despedida, ver fotos…”, enumera. Si responden que sí quieren ir a los ritos de despedida, conviene explicarles lo que va a ocurrir: “Cómo es el lugar, lo que se van a encontrar allí y anticiparse por ejemplo si puede haber gente llorando”.

Ángel es adolescente y, a sus 14 años, ya ha asistido a dos velatorios, el primero de ellos hace dos años. Así lo explica él: “Es algo personal, quería hacerlo para despedirme por última vez de esas personas y dar el pésame a la gente que les quería. Fue muy triste pero era importante ir, y me sentí mejor después de estar allí”, asegura. Su madre, Rocío, aporta más contexto: “Eran dos personas muy cercanas. Primero con una persona al que consideraba su abuelo y luego el año pasado se murió un compañero de instituto. Yo iba a ir en ambos casos y le pregunté si quería venir conmigo. Dijo que sí, así que yo le acompañé todo el rato y le dije que si en cualquier momento sentía la necesidad de irse, nos marchábamos”.

Esa figura de referencia es fundamental, en palabras de la socióloga Marta Martínez, que habla de “la persona adulta ‘ancla’” –madre, padre, tío o tía, amigos de la familia…–. “Será la encargada de contar antes qué se van a encontrar: personas tristes, flores, silencios, etc. Debe estar pendiente de ellas y ellos y llevarles a dar un paseo si necesitan tomar distancia, dejando claro que pueden marcharse cuando lo necesiten”. También aporta algunas ideas de pequeños gestos que pueden hacer los niños y niñas para elaborar su duelo: “Llevar algo que hayan hecho, como una carta o un dibujo, elegir una flor, una canción o una foto, algo con lo que puedan ocupar su propio lugar en la despedida”. 

¿Qué ocurre si el niño, niña o adolescente decide no participar? “Preguntar incluye también gestionar un no. Si una niña o un niño prefiere no acudir a un tanatorio, hay que respetar su decisión, y hay otras formas de despedirse: escribirle unas palabras a la persona que ha muerto, encender una vela en casa, hacer un dibujo o empezar una caja de recuerdos con sus objetos, fotos o notas”, propone Marta Martínez.

El padre de Mar se murió en 2021, cuando sus hijas tenían uno y cinco años. “La pequeña era demasiado pequeña para entenderlo, y con la mayor decidimos no llevarla al velatorio ni al entierro”. Sí la hicieron partícipe “de otra manera”: “Le explicamos todo lo que estaba ocurriendo con el abuelo. Ella le hizo un dibujo de despedida que colocamos en su ataúd”, recuerda. Rebeca y Reyes son hermanas, profesoras y madres de un niño y una niña de seis años. Hace unos días falleció su abuela –la bisabuela de los niños– y ellas sí les llevaron a despedirse. “Estuvieron un ratito en el tanatorio. Llegaron a ver el ataúd, que estaba cerrado, y les explicamos que ese lugar estaba para despedir a la bisa. Después nos fuimos a jugar un parque que hay cerca. Pensamos que iba a ser un momento muy difícil, pero no: los peques entienden todo siempre y cuando se les explique con un vocabulario adecuado a su edad, y la muerte forma parte de la vida”, cuentan estas hermanas.

Debemos preguntarles si quieren participar y de qué manera, teniendo en cuenta que se puede hacer de diferentes formas: pueden ir al velatorio, pueden preparar un dibujo de despedida, ver fotos…

Lucía López — psicóloga

Jorge Balado, gerente de la empresa funeraria Serfuja, también es partidario de que los niños y niñas asistan al que para él es su lugar habitual de trabajo, si es que así lo deciden. “Aquí hemos visto de todo: desde niños que se acercan a las tumbas y quieren observar todo lo que pasa hasta otros que no quieren ni siquiera atravesar las puertas de nuestros tanatorios”. Por eso recomienda abordar la cuestión “con total naturalidad”, ya que los niños y niñas “entienden la realidad de la muerte mucho mejor de lo que nos parece a los adultos”, señala Balado.

Algunas herramientas útiles 

Una de las claves a las que apuntan las expertas es analizar primero la capacidad que tienen las personas adultas para sostener la situación. “Muchas veces, el hecho de llevarles o no depende también de la situación en la que se encuentran las adultas, si están enteras o no, si pueden sostener preguntas incómodas con sus propias herramientas emocionales”, asegura la psicóloga Lucía López. En la actualidad, ella está tratando en consulta a una adulta que, de pequeña, se sintió excluida de los ritos de despedida dentro de su familia, y eso le ha traído consecuencias. “A veces las personas de referencia no pueden o no saben sostener situaciones complicadas, porque carecen ellas mismas de herramientas para hacerlo”, reflexiona. 

La filósofa Florencia Sichel, experta en infancias y familias, también parte de la base de la dificultad de las personas adultas para abordar el tema. “A los grandes por lo general no nos gusta hablar de la muerte. Y con los chicos pasa algo interesante. Alrededor de los cinco años empiezan a preguntar por el tema. No siempre lo asocian a algo triste, al principio son preguntas sobre cómo funciona el mundo. Después, los diálogos van cobrando otro sentido y pueden aparecer las angustias”, asegura, y añade: “Por suerte, hay muchos libros que nos ayudan a hacer más digeribles estos temas”.

A sus 14 años, Ángel ya ha asistido a dos velatorios: 'Fue muy triste pero era importante ir, y me sentí mejor después de estar allí'

Sichel hace referencia a varios títulos: “Para ‘mapadres’, De eso sí se habla, que tiene un capítulo que trabaja cómo abordar la muerte y el duelo en la infancia. Para compartir con infancias, ¿Así es la muerte?, El pato y la muerte, y El corazón y la botella”. Lucía López aporta también referencias desde el punto de vista psicológico: los cuentos Tristeza: manual de usuario, Para siempre y Vacío, y el cómic para adolescentes El duelo. También recomienda ver con ellos las películas de Inside Out, sobre educación emocional, y Coco, especialmente enfocada en la muerte. 

Marta Martínez aporta una película más como recurso: “Verano 1993, de Carla Simón, es muy recomendable para personas adultas; muestra con enorme delicadeza cómo vive una niña la pérdida cuando nadie le habla de ella”, explica. Y lanza una reflexión final: “Creo que la clave de este tema está en preguntarnos qué lugar ocupa la infancia en los espacios de la vida social. Aislar a niñas y niños de la muerte no les ahorra el dolor: les deja a solas con él”, concluye. 

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