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Entrevista

Desirée Bela-Lobde, escritora: “No se juzga igual a una mujer racializada dando el pecho que a una blanca”

La escritora y activista Desirée Bela-Lobde.

Lucía M. Quiroga

19 de octubre de 2026 21:54 h

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¿Es realmente el porteo una práctica nueva de la crianza con apego o se lleva haciendo desde hace siglos en otros contextos culturales? ¿Por qué una mujer negra dando la teta se juzga diferente a una blanca que practica lactancia materna exclusiva? ¿Por qué una madre gitana con muchos hijos es leída diferente a una paya con familia numerosa? 

La escritora, ponente y divulgadora de educación antirracista Desirée Bela-Lobde intenta responder a estas preguntas y otras semejantes a través de sus libros, formaciones y redes sociales. Según ella, se siguen dando prácticas de “doble rasero” en la crianza, juzgando de manera diferente a las madres en función de si son o no racializadas. También de apropiación cultural, cuando algunas prácticas relacionadas con el apego –la lactancia materna, el colecho, el porteo– se consideran nuevas, pero en realidad no lo son. 

¿Qué métodos relacionados con la crianza con apego son en realidad una apropiación cultural de otras realidades?

Son prácticas que creemos que son nuevas, como el colecho, el porteo, la lactancia materna o parir en casa. Y no es solo una cuestión de apropiación cultural, que también, sino que sobre todo existe un doble rasero a la hora de juzgar quién las lleva a cabo. Ocurren dos cosas: que no se lee igual si el porteo, el colecho o dar el pecho lo hace un cuerpo blanco o un cuerpo que no lo es. Y que, cuando una de esas prácticas se critica, se hace poniéndolo en relación con las personas racializadas. Me refiero a comentarios racistas, que buscan desprestigiar una práctica, como “tener más hijos que una gitana” o “portear como las africanas”. 

¿De dónde viene ese doble rasero a la hora de juzgar ese tipo de prácticas?

El origen está en el sistema colonial: durante la colonización, ese tipo de prácticas se consideraban “bárbaras”, se llegó incluso a quitar custodias por ello. Las connotaciones están relacionadas con el colonialismo, con las concepciones de lo que está bien y lo que está mal. Lo canónico o hegemónico se construye siempre desde una mirada blanca. 

Una creencia muy extendida es que nuestra generación es la primera en entender la crianza desde el punto de vista del apego o el vínculo. ¿Las mujeres blancas, hetero y europeas nos creemos que hemos inventado algo nuevo, cuando en realidad ya estaba creado hace siglos?

Obvio que sí. Es un fenómeno que va a ocurrir siempre: cuando tú devienes madre, te crees que todo lo que te pasa es nuevo y que lo que te está ocurriendo a ti no le ha ocurrido nunca a nadie. Y evidentemente esto no es así. A mí ya me pasó cuando fui madre por primera vez, hace veinte años. Ahora, además, esto se ve potenciado con las redes sociales, donde todas las instamamis o matriactivistas se creen que están inventando cosas nuevas que en realidad no lo son. Y esto habla mucho de la pérdida de redes intergeneracionales, de una desconexión generacional y entre culturas. 

Durante la colonización, ese tipo de prácticas se consideraban 'bárbaras', se llegó incluso a quitar custodias por ello. Las connotaciones están relacionadas con el colonialismo, con las concepciones de lo que está bien y lo que está mal

Uno de los ejemplos que sueles poner en tus formaciones o en tus charlas es el del porteo. Aseguras que, si una mujer racializada portea, el comentario habitual es que ‘está acostumbrada’ o que ‘así se hace en su cultura’, mientras que si lo hace una blanca es una decisión consciente. ¿Por qué?

Por lo que comentábamos antes del doble rasero: la práctica es idéntica, pero el juicio es distinto. Si una mujer blanca lleva a su bebé en una mochila de porteo, inferimos que es porque ha leído una serie de estudios o de informes sobre el porteo ergonómico, las ventajas para mamá y bebé o el fortalecimiento del vínculo. O sea, que ha tomado una decisión consciente informada que tiene un cierto valor. Mientras que si quien portea es un cuerpo negro o marrón, eso no tiene ningún valor, porque es algo que se ha hecho en su cultura desde siempre.  

¿Cómo afecta a las mujeres racializadas ese tipo de prejuicios en cuanto a maternidad y crianza? 

En todo. Te pongo un ejemplo personal: cuando estaba embarazada de mi hija, hace veinte años, me programaron directamente una cesárea diciendo que tenía el arco pélvico muy bajo, con la excusa de ahorrarme un parto largo. Bien, pues mi parto terminó en una cesárea innecesaria con todas las maniobras obstétricas desaconsejadas por la ONU. Con esa experiencia previa, decidí que el segundo parto sería en casa, y la matrona que vino a atenderme, que se había formado en el extranjero, me explicó que casi todas las mujeres afrodescendientes tenemos el arco pélvico más bajo, y que aun así siguen naciendo niños y niñas por partos vaginales. 

¿Pasa también con otras cuestiones relacionadas con el embarazo o el parto? 

Sí, ocurre también por ejemplo con el umbral del dolor y con otros temas, que existen muchos sesgos raciales. Nos están atendiendo en base a esos sesgos y están poniendo en riesgo nuestra salud y nuestra vida. 

¿Cómo interactúa en estos casos la raza con otras secciones como el género, la clase social o la formación académica? 

Intersecando de manera continua. El género, la raza y la clase no se pueden desligar nunca, son tres ejes de discriminación que interactúan junto con otros ejes más. Si tú eres una mujer negra, migrante, en situación irregular y además neurodivergente, por ejemplo, todo eso siempre te condiciona, creando una situación única y especial para cada cuerpo, con diferentes ejes de opresión.

Si una mujer blanca lleva a su bebé en una mochila de porteo, inferimos que es porque ha leído una serie de estudios o de informes y ha tomado una decisión consciente (...) Mientras que si quien portea es un cuerpo negro o marrón, eso no tiene ningún valor, porque es algo que se ha hecho en su cultura desde siempre

Una derivada que tú denuncias de esta situación es la industria de la crianza, el sector profesional que asesora a familias en porteo, colecho, lactancia materna o sueño. ¿Qué responsabilidad tienen esas profesionales en la apropiación cultural?

Todo el mundo tiene su parte en esto, y todas debemos ser conscientes de cómo contribuimos a determinadas estructuras. Yo he sido asesora de lactancia materna y de porteo, y una de las cosas que me encontré es que no había apenas profesionales racializadas en este sector, y las que estábamos no se nos tenía en cuenta. Las personas racializadas no tenemos acceso a esas redes informales que se crean entre personas blancas. Lo que reclamamos a esas profesionales de la crianza es que se pregunten una serie de cosas: ¿Conoces asesoras, doulas o matronas con otros orígenes? Si no las conoces, ahí ya hay un problema, y si las conoces, inclúyelas en tus redes, recomiéndalas o incluso cédeles espacios. 

En el podcast Mi familia española, de Quan Zou, cuentas tu historia como hija de migrante en España criada por una “tata andaluza”. ¿Por qué nunca se habla de quién cría a las hijas de las mujeres migrantes?

Porque no importamos. Las personas blancas se preocupan por aquellas personas que reconocen como iguales, a quienes reconocen su humanidad. Por eso no se ha hablado de quién cría a las criaturas de personas migrantes, no solo las que vienen a cuidar a gente blanca, sino también a las que vienen a trabajar en una Universidad o en un hospital, como fue el caso de mi madre. Cuando ella llegó era enfermera en un ambulatorio, en un hospital comarcal y practicante a domicilio. Trabajaba de sol a sol y no tenía redes de cuidado que se pudieran hacer cargo de mí. Así que a mí me cuidó mi vecina. Eran dos mujeres de clase obrera que se entendían entre ellas.

También hablas del desarraigo o la falta de identidad que eso te provocó, cómo incluso cuando eras niña no te sentías negra. ¿Por qué?

Yo nací en España y mi madre no tenía ni tiempo ni recursos para enseñarme bubi u otras cosas de su cultura. Así que no es exactamente que no supiera que era negra, claro que lo sabía, sino que llega un momento en que una persona ajena a ti problematiza el hecho de ser negra. Una niña me insultó utilizando la palabra “negrita”, y entonces me di cuenta de que eso era un problema para otra gente. A mí me crio una familia blanca de origen andaluz en Catalunya, con una madre que no tenía tiempo de cuestionarse su identidad ni de transmitírmela. ¿Cómo no voy a tener problemas a la hora de identificarme? Bastante bien estamos para todos los retos que implica ser quienes somos en nuestro contexto.

¿Seguimos construyendo el concepto de otredad basándonos en términos raciales?

Sin duda, y lo hemos visto estos días con el desahucio de Maricarmen o con lo que está ocurriendo en Ceuta. Lo decía antes: las personas blancas se preocupan por sus iguales, por otras personas blancas. A las personas que no son blancas las miran desde una posición jerárquica, desde fuera. Y así no se pueden conocer otras realidades, porque lo que no conoces lo rellenas con tu imaginación, con tus prejuicios, porque no estás en conversación con esas personas.

El cerebro de los niños y niñas está en plena fase de crecimiento y desarrollo, y si los mensajes que escuchan son bulos, prejuicios o estereotipos sobre las personas racializadas, es lógico que acaben comprando y replicando este tipo de discursos

¿Sigue siendo España un país racista? 

Por supuesto que sí, y tenemos que dejar ya de hacernos incluso esa pregunta. España, Portugal, Francia y todos los países que han tenido una historia colonialista siguen siendo racistas. El racismo está en la base y en los fundamentos de esos países. Y no lo digo solo yo. En 2018 recibimos en España a un grupo de expertos de la ONU que instaron a tomar medidas de protección para la población afrodescendiente.

El clima actual de polarización y la crisis humanitaria que vivimos este verano en Ceuta, ¿está afectando a las personas racializadas que viven aquí? ¿Habéis notado un aumento de los discursos de odio? 

Sí, y no solo en Ceuta, sino en todas las partes de España. Los discursos de odio permean a todos los niveles, pensar que no es muy ingenuo. Lo hablaba hace unos días, justo antes de empezar el cole, con una familia norteafricana que es leída como “mora”. Se preguntaban qué iba a pasar con sus hijos e hijas cuando empezara el curso, si iban a recibir ataques por ser quienes son. 

¿Llegan incluso esos discursos de odio a las infancias, a los espacios educativos? 

Llegan, y además los niños y niñas están en un momento donde están formándose, construyendo la otredad. Su cerebro está en plena fase de crecimiento y desarrollo, y si los mensajes que escuchan son bulos, prejuicios o estereotipos sobre las personas racializadas, es lógico que acaben comprando y replicando este tipo de discursos. 

Tú defiendes la necesidad de ponerse las gafas antirracistas. ¿Qué es lo básico para una mirada libre de estereotipos?

Lo que estamos reclamando es lo mismo que se ha hecho, por ejemplo, desde el feminismo. Todas las reivindicaciones que se han hecho con respecto a las mujeres yo las estoy haciendo desde otro eje. Lo más básico de todo es la necesidad de formarse. Hacen falta cursos, formaciones y charlas con perspectiva antirracista en todos los niveles. Si seguimos creyendo eso de que “yo no soy racista porque soy buena persona”, nos equivocamos. Pero esa formación no tiene tanto que ver con haber leído muchos libros, conocer autoras antirracistas o memorizar conceptos, sino con cómo activas tú esos conceptos en tu día a día. 

¿Y cómo se aterriza eso en acciones concretas, en el día a día?

No riendo las gracias racistas, cortándole el rollo a la persona que hace un comentario despectivo. También conviene preguntarte qué estás consumiendo, si tienes amistades de otros orígenes étnicos y si hablas con ellas de lo que supone el racismo en su vida. Cuestionarte qué privilegios te da ser una persona blanca, o si eres una persona blanca cerca de la cual pueden estar seguras las personas racializadas. Y abrir espacios de debate con otras personas blancas sobre lo que supone el racismo para otras personas. Hay que ser activamente antirracista, no llega con no tener comportamientos racistas. 

¿Es difícil hacer un ejercicio de autocrítica como ese, partiendo de la base de que todas podemos tener actitudes racistas? 

Ese ejercicio de autocrítica puede ser muy duro, porque implica poner en cuestión todo lo que tú eres. Y también existe mucho miedo a equivocarse. A mucha gente le frena creerse que, por ser buena persona, ya no es racista, ya no se tiene que revisar. Y no es así. Decía Audre Lorde que la revolución no es un evento único. Y el antirracismo es revolucionario, porque pretende desarticular sistemas de opresión históricos. Por eso es una cuestión de largo recorrido.

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