La evolución de la inteligencia
Hay conceptos aparentemente sencillos que, sin embargo, se resisten a una definición precisa. La inteligencia es uno de ellos. Todos tenemos más o menos claro lo que es, o eso creemos, pero definirla rigurosamente ya es otro cantar, incluso para especialistas en su estudio. ¿Es inteligencia resolver problemas? ¿Hacer cálculos? ¿Reconocer y nombrar lo que hay en el mundo? ¿Aprender? ¿Crear? ¿Anticipar el futuro? Probablemente sea todo eso, pero también es mucho más que eso.
Desde la psicología hasta la neurociencia y la inteligencia artificial, abundan las definiciones de inteligencia. De hecho, se han llegado a recopilar más de setenta. Una de las más aceptadas, que formuló David Wechsler en 1944, la entiende como la capacidad global del individuo -habla de inteligencia humana- para actuar con propósito, pensar racionalmente y desenvolverse con eficacia en su entorno, mediante el aprendizaje y la toma de decisiones. Dicho de otro modo: ser inteligente consiste en aumentar las probabilidades de supervivencia y de éxito en un medio determinado; éxito medido en el logro de objetivos. No es casual que una de las definiciones más usadas en inteligencia artificial diga casi lo mismo: la inteligencia mide la capacidad de un agente [IA] para alcanzar objetivos en una amplia variedad de entornos.
Si aceptamos esta idea, surge una reflexión que juzgo muy interesante: ¿puede la evolución biológica de las especies interpretarse también como una evolución y mejora de la inteligencia?
La selección natural premia dejar más descendencia que los competidores en un entorno cambiante. A veces la ventaja la proporcionó disponer de más fuerza física; otras, la velocidad de movimientos; en ocasiones, una mayor resistencia. Pero en algunos casos la ventaja diferencial fue cognitiva, y de ahí surgieron especies sociales y conductualmente complejas.
La naturaleza no “busca” aumentar la inteligencia. La evolución no tiene objetivos ni se plantea metas, ciertamente, pero su algoritmo implacable produce cambios constantes en la vida, y a través de ella en todo lo que la rodea. Y en ese cambio continuo, guiado solo por el éxito reproductivo, la inteligencia que facilite comer y no ser comido y dejar descendencia viable, prosperará más fácilmente. Eso sí, conviene no olvidar que pensar sale caro: el cerebro humano es el 2 % de nuestra masa y consume la quinta parte de la energía que gastamos en reposo. Semejante órgano solo compensa si el entorno y lo que conseguimos de él paga el sobrecoste. Más inteligencia a lo largo de la evolución no es tan frecuente. Por eso lo que predominan en el mundo son microorganismos sin una sola neurona. La inteligencia no puede considerarse, por tanto, la cima de la evolución, aunque nos haya permitido llegar a la Luna y más allá.
En todo caso, ganar inteligencia y hacerlo de modo eficiente da muchas ventajas. Un animal capaz de anticipar el comportamiento de un depredador tiene ventaja. También la tiene quien recuerda dónde encontrar alimento y agua durante épocas de escasez. O quien aprende más rápido a reconocer los patrones que anuncian un peligro o una oportunidad de alimentarse o procrear. O quien coopera mejor con otros miembros de su especie, para lo que es fundamental disponer de formas de comunicación versátiles y sofisticadas, siendo el paradigma el lenguaje humano.
Nuestra inteligencia nos hace singulares y la especie ecológicamente dominante, pero hay inteligencia más allá de la nuestra. Los cuervos de Nueva Caledonia no solo utilizan herramientas para buscar alimento, sino que también las crean. Los pulpos resuelven problemas complejos. Los delfines mulares se identifican mediante silbidos propios que funcionan como nombres. Comunidades vecinas de chimpancés mantienen tradiciones distintas que la ecología no basta para explicar. Incluso las abejas eligen nido por un mecanismo colectivo de cuórum. Es razonable que si la evolución, sin proponérselo, favorece que la inteligencia de los seres vivos mejore con el tiempo, esta no sea una propiedad binaria, que se tiene o no, sino un continuo evolutivo. Más que una escala única, con nosotros en la cima, lo que hay es un abanico de soluciones distintas. Ya lo dejó escrito Darwin: la diferencia entre la mente del hombre y la de los animales superiores, con ser grande, «es ciertamente de grado y no de clase».
El cerebro humano en los últimos tres millones de años pasó de los 450 centímetros cúbicos de los australopitecos a los 1.350 de hoy, lo que permitió desarrollar el lenguaje simbólico, la cooperación social y la transmisión cultural, creando una combinación extraordinariamente eficaz de inteligencia. En particular, el lenguaje y la capacidad de fabricar herramientas fraguaron una revolución. El dominio del fuego, de uso habitual desde hace unos 400.000 años, multiplicó nuestras posibilidades de supervivencia. El lenguaje permitió coordinar grupos grandes y transmitir conocimiento entre generaciones, de modo que no hubiese que volver a empezar con cada una, sino partir del punto al que llegó la anterior. La imaginación hizo posible pensar el futuro, anticipándonos en cierta medida a lo que está por venir y planificándolo.
De los bisontes de Altamira a la IA no ha habido apenas tiempo de evolucionar como especie, pero sí como sociedad. Seguimos cambiando genéticamente -la tolerancia a la leche en los adultos es de anteayer en términos evolutivos-, pero no hay indicios fiables de que nuestras capacidades cognitivas hayan variado en ese plazo. La agricultura, la escritura, la ciencia y la tecnología multiplicaron nuestra capacidad de transformar el entorno. Dejamos de adaptarnos pasivamente a la naturaleza para empezar a modificarla activamente, aunque no siempre para bien. De hecho, la inteligencia en un individuo o en una especie no conlleva necesariamente ventajas para otros seres vivos. La historia humana demuestra que la inteligencia amplifica tanto nuestra capacidad de cooperación como nuestra capacidad de destrucción de lo demás, e incluso de los demás. Somos la especie que escribió el Quijote y el Romancero gitano, formuló la física cuántica y creó máquinas inteligentes. Pero también la que construyó Auschwitz y lanzó bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.
La inteligencia artificial podría ser un nuevo paso en la evolución de la inteligencia sobre la Tierra. Desarrollada por la inteligencia humana y necesariamente dependiente, todavía, del ser humano. Pero podría no ser así en el futuro, y ocurrir que una creación humana no solo supere nuestra inteligencia general, sino que tenga la autonomía y capacidad suficientes como para superarse a sí misma por otra forma de evolución: el diseño recursivo de máquinas por máquinas. Para ello no haría falta atribuirle voluntad ni conciencia; bastaría con que persiguiera objetivos propios de manera competente.
¿Sería esta superinteligencia una continuación de la evolución de la inteligencia en los seres vivos? Geoffrey Hinton, Premio Nobel de Física en 2024 y Premio Turing en 2018, considera que la humanidad podría ser solo una fase transitoria en la evolución de la inteligencia. Piensa Hinton que: “es bastante plausible que la humanidad no sea más que una fase pasajera en la evolución de la inteligencia.” La inteligencia biológica habría creado la digital, que podría superarla y eventualmente reemplazarla; no como una evolución biológica darwiniana, claro, pero sí como una evolución de la inteligencia, que sería posible por nuestra mediación, en todo caso. Llegado el momento, esto podría ocurrir muy rápido. Los tiempos de la evolución tecnológica no son los de la evolución de las especies.
Si la inteligencia ha sido a menudo una ventaja competitiva evolutiva, ¿qué ocurrirá si aparecen sistemas más inteligentes que nosotros? ¿Seguiríamos siendo la especie dominante o pasaríamos a ocupar una posición secundaria frente a entidades cognitivas superiores? ¿Pasar a ser los segundos en inteligencia podría suponer ser irrelevantes o incluso dejar de existir?
Norbert Wiener lo dejó escrito en 1960, cuando nada de esto parecía urgente. Si empleamos para nuestros fines un agente mecánico en cuyo funcionamiento no podemos interferir una vez puesto en marcha, «más nos vale estar bien seguros de que el propósito introducido en la máquina es el propósito que realmente deseamos, y no una mera imitación vistosa de él».
Si los simios no humanos hubiesen tenido la inteligencia y la capacidad hace millones de años de detener la evolución que desembocó en la especie humana, ¿qué creen que hubiesen hecho? Pues eso.