La metáfora del estanque
El pasado viernes 31 de julio la fiscalía general del estado decidió retirar en Washington los cargos imputados a David Hearn, canoísta olímpico a quien apenas un mes antes había señalado como el causante de “daños irreversibles” en el célebre estanque reflectante del National Mall.
Donald Trump, ocupado como siempre en asuntos de fácil repercusión mediática de los que poder extraer inmerecidos reconocimientos, se encargó en abril de saciar su ego aireando otra genial iniciativa: iba a adecentar el célebre estanque situado entre el obelisco dedicado a Washington y el memorial de Lincoln que, según el aspirante a emperador, presentaba un aspecto vergonzoso.
No le gustaba el suelo de cemento concebido en 1923 por el arquitecto Henry Bacon para que pasara desapercibido y ayudase a convertir al agua en un espejo en el que los paseantes pudieran admirar reflejados los monumentos de la explanada. El gris le pareció a Donald que daba impresión de sucio e inacabado y anunció a bombo y platillo que, perdónemese el anglicismo, se proponía beautificarlo. O sea, darle una mano de pintura plástica azul para dejarlo tan reluciente como la piscina de Mar-A-Lago.
Para ello, primero subió a redes una imagen generada por inteligencia artificial en la que se veía a los ex presidentes Obama y Biden metidos en bañador en un estanque que más bien parecía un estercolero por la cantidad de basura que flotaba en sus aguas. Ya tenía la prueba manifiesta de la ruina en que sus predecesores habían convertido al patrimonio nacional y la razón para actuar.
El segundo paso consistió en vanagloriarse de ser el mejor constructor del mundo (ya ves tú, un tipo conocido por su amplia experiencia en arruinar familias y empresas asociadas al gremio) y fanfarronear con la promesa de que iba a realizar el proyecto “más barato y más rápido de lo que nadie nunca haya podido imaginar” para llegar a tiempo a los festejos del 4 de julio. La realidad sería muy distinta.
Lejos de no interesarse por la restauración del patrimonio, Biden había solicitado un propuesto para reparar el estanque antes de perder las elecciones en 2024. No se trataba de sellarlo en pintura plástica sino de reparar las grietas que provocan constantes fugas de agua debido a que fue construido sobre una capa de lodo blando ganada al río Potomac. Desde el día de su inauguración, el suelo tiende a hundirse y las losas de cemento se resquebrajan. Parques y Jardines estimó la necesaria puesta a punto en 1,7 millones de dólares.
En mayo, saltándose una consulta al Congreso obligada por tratarse de un monumento histórico, el mismo Trump que ya le había dado al elegante despacho oval de la Casa Blanca un aspecto de restaurante tailandés, decidió por su cuenta y riesgo sellar el estanque con pintura plástica. El presupuesto subió a 14 millones y la contrata fue a parar, sin concurso público de por medio, a Atlantic Industrial Coatings (AIC), una empresa que había realizado trabajos en un club de golf de Trump en Virginia. Los técnicos advirtieron que pintar el suelo de azul subiría la temperatura del agua considerablemente y favorecería el crecimiento de algas, pero ni caso.
El 4 de junio Trump anunció que la Big Beautiful Reflecting Pool estaba lista con una frase triunfal en su red que decía: “Thank you President Trump”. La foto del célebre estanque convertido en un pilón azul no reflectante dio la vuelta al mundo. Pero, a los pocos días, el agua empezó a marearse y se puso verde. Pasada una semana las algas se habían concentrado de tal manera en su superficie que recordaban a la costra de unos macarrones gratinados. La verdura ocupaba casi toda la superficie.
Para ahuyentar los incontrolables rumores de fracaso que apuntaban con el dedo hacia la Casa Blanca, el ministro del Interior habló de un fallo técnico en el sistema de filtrado y de “algas residuales” con tendencias la desaparición. Cosa de poca importancia, como lo fue para el ministro español Sancho Rof en su momento el bichito de la colza. Ahora, mientras y de tapadillo, los empleados empezaron a arrojar agua oxigenada a mansalva. Peróxido de hidrógeno, cuya presencia en el agua no solamente no consiguió el propósito de eliminar las algas, sino que, además, actuó como decapante de la pintura plástica que había sido aplicada mal y a toda prisa en el fondo. En horas, entre la masa verde empezaron a aflorar las ronchas azules del revestimiento plástico que se iba desprendiendo del fondo. Aquello dio mucho que hablar.
Prensa, influencers y manadas de curiosos se acercaron a Washington DC en romería para documentar el fenómeno paranormal. Vídeos y fotos inundaron las redes. Los late night no daban a basto con tanto chiste. A Donald Trump comenzó a hervirle la sangre. Para cuando el canoísta olímpico David Hearn se bajó de su bicicleta, se agachó junto a la orilla del estanque y cogió una roncha de pintura para contemplar el desaguisado, el emperador ya había dado órdenes a sus acólitos de buscar un chivo expiatorio que le librase de tantas burlas.
En Hearn, sorprendido el 19 de junio por la policía “con un trozo de pintura arrancado al estanque entre sus manos”, Trump encontró un culpable para lavar su fracaso: “Radicales de izquierda, lunáticos, seguramente democratontos que han dedicado su vida a intentar arruinar nuestro país”.
Hearn fue esposado y conducido a comisaría. Arrestado, interrogado por cinco horas e imputado por causar daños al patrimonio nacional valorados en más de 1.000 dólares (la cantidad mínima necesaria para poder meter a un pobre desgraciado entre rejas 10 años y hacer con ello ruido mediático).
Trump acusó públicamente a Hearn de terrorismo y, una vez más, consiguió convencer a los MAGA de que él, en lugar de ser el culpable, era una víctima inocente. El ministro del Interior, Doug Burgum, apareció en CNN para asegurar que los contratistas no tenía “nada que ver con el problema”. Se trataba de puro y duro “vandalismo”.
El 2 de julio Trump lanzó a Jeanine Pirro, la fiscal federal del distrito de Columbia al que pertenece la capital del estado, a expandir el bulo. Pirro, leal al presidente que la puso en el cargo, compareció ante los medios para asegurar que tenía pruebas más que suficientes para inculpar a Hearn por un delito grave de destrucción de propiedad. Aseguró que los empleados del parque le habían observado arrancar “de manera enérgica y violenta” el revestimiento del fondo de la Reflecting Pool y presentó el caso como un claro acto de vandalismo.
Para muchos observadores, sin embargo, la imputación no tenía ni pies ni cabeza. Como pronto demostraría una investigación del propio ministerio del Interior, el deterioro del revestimiento no se debió a actos vandálicos, ni de Hearn ni de nadie, sino a la reparación chapucera, defectuosa y apresurada que llevó a cabo la empresa contratada por Trump para renovar el estanque. Así que el pasado 31 de julio, a la chita callando, la fiscalía general del estado no tuvo más remedio que reconocer que sus cargos carecían de fundamento y retirarlos. ¿Final feliz? Ni mucho menos.
Sobre el canoísta estadounidense pesarán para siempre las dudas sembradas por las falsas acusaciones de terrorista, woke, comunista, antifa y enemigo de Estados Unidos vertidas por el presidente de su gobierno y amplificadas por los altavoces de Fox News y de otras oficinas de propaganda de la extrema derecha. Ocurrirá como en la antigua enseñanza atribuida al rabino Baal Shem Tov que la cantante Madonna recogió en un libro infantil. En aquella historia, el señor Peabody le pide a un niño que rompa una almohada de plumas y deje que el viento las esparza. Después le dice que las recoja todas. Cuando el niño responde que es imposible, el señor Peabody le explica que los rumores y las palabras dañinas son igual que esas plumas: una vez que se han dispersado, no se puede deshacer el daño causado.
A ello va a contribuir el hecho de que Trump, antes muerto que sencillo, nunca va a reconocer su error. Muy al contrario, ya ha decidido redoblar su apuesta y arrojar a su fiscal Jeanine Pirro a los pies de los caballos (o “debajo del autobús”, que es como lo expresan por estos pagos en los que nadie usa las piernas y todo el mundo conduce). Trump acusa de traición a Pirro por abandonar su línea editorial y negarse a reconocer que la ejecución de la obra del estanque fue perfecta y que se encuentra en un estado lamentable solo a causa de actos de vandalismo como el de Hearn. “Estoy 100% en desacuerdo con Jeanine Pirro”, ha escrito en redes el tirano. “No sé en qué diantres debía de estar pensando (esa mujer)”.
Todo ello, una perfecta metáfora de cómo funciona la corrupta administración Trump. Como la mafia, crea un problema que no existe (el estanque está gris por descuido de Obama) y te ofrece al mismo tiempo la solución (hay que pintarlo de azul). En la operación, curiosamente, varios millones terminan siempre en manos amigas de Trump. Si alguien denuncia el pastel, se niega todo en Fox News y santas pascuas. Luego se acusa de traidor al mensajero y se le arroja toda la maquinaria judicial del gobierno sin importarle si por ello se le destroza la vida a un inocente (el canoísta). Al final la cosa queda peor que estaba (las algas) pero Trump ha hecho caja por el camino, que es de lo que se trataba.
Encima, el ego de Donald sale beneficiado, pues los pelotas con los que ha formado el gobierno se encargan de alabarle sus mentiras esperando recibir favores a cambio. A pesar de las evidencias, el ministro del interior seguirá diciéndole a Trump que ha sido una genialidad pintar el estanque en el tono azul de la bandera de Estados Unidos. Y Marco Rubio, ministro de Asuntos Exteriores, seguirá afirmando que no ha visto nunca al presidente dormirse en público. Y suma y sigue, porque si alguna persona fiel a Trump da marcha atrás y se arrepiente ante las evidencias (como la fiscal Pirro), simplemente se la sacrifica.
Ahora, contra todo pronóstico, quizás esta metáfora nos haya mostrado una vía de actuación esperanzadora para pararle los pies al tirano. En vista de que presionar con la verdad a Trump no funciona (pues ya vemos que por nada el monstruo se sonroja), deberíamos de concentrarnos en avergonzar a quienes lo secundan, puesto que la vergüenza, hasta en los pelotas más fieles, parece tener sus límites.