Cómo hemos llegado a Feijóo
Como todos sabemos, Albert Camus dedicó el premio Nobel que recibió en 1957 a su maestro de primaria, Louis Germain, el querido, queridísimo señor Germain; así se dirigía a su profesor en las cartas que intercambiaron. Louis Germain le llamaba “mi querido pequeño”. “Sin usted, sin esa mano afectuosa que tendió al niño pobre que yo era, sin sus enseñanzas y su ejemplo, no habría sucedido nada de todo esto”, escribió el escritor al hombre que se empeñó en que estudiara el bachillerato, que le acompañó en tranvía al examen de ingreso y esperó el resultado sentado en un banco en la plaza del instituto, el maestro que movió cielo y tierra para que le concedieran una beca. Leo las cartas que se escribieron, interrumpidas por la muerte de Camus en accidente de coche en 1960, asombrada ante el hecho de que el oficio de maestro se haya convertido en uno de los más odiados por la derecha reaccionaria y por padres de toda ideología contrarios a que sus hijos respeten ninguna autoridad que no sea la suya. Isabel Díaz Ayuso es una de las políticas que lideran esa tendencia ultra consistente en atacar a los colectivos que reivindican derechos de todos y lanzarles la acusación de moda: no quieren trabajar. Esos profesores con tres meses de vacaciones, que no dan palo al agua e intentan adoctrinar a nuestros hijos y siempre se están quejando en lugar de ser parte de esa España sacrificada y flagelante que quiere gobernar Alberto Núñez Feijóo.
La pérdida del respeto debido a los maestros de nuestros hijos es uno de los muchos síntomas de una época nueva que todavía no acaba de mostrar todo su horror. Albert Camus ya advirtió en La peste que nunca queremos ver las señales de los desastres que se avecinan, aunque las calles estén llenas de ratas muertas. El cambio climático que trae incendios e inundaciones más frecuentes y graves, el avance carente de control de la IA, el colapso del estado del bienestar, por poner algunos ejemplos, suceden hoy porque se han ido quitando piezas vitales de un progreso sostenible sin importar las consecuencias futuras. Ahora esas consecuencias ya son presente. Como si nada de esto tuviera que ver con el capitalismo, enemigo de la socialdemocracia, los nuevos poderes, a la vez revisionistas y reaccionarios, incumplen las reglas con impunidad ante electorados furiosos y volátiles. La misma derecha que ha roto el contrato social quiere mantener la paz mediante el mero ejercicio de la coacción. Se pretende hacer creer que el problema es de desorden público cuando es social, y profundo. Por eso su solución es el orden basado en la represión, y en el miedo y el odio al otro, que ya no es un conciudadano sino un competidor por unos recursos limitados.
En este momento crucial en el que Europa y todo Occidente decide su futuro inmediato, con jóvenes protestando en toda Europa, las propuestas “reformistas” de la derecha se resumen en hacer más difícil la vida de la clase trabajadora, sin un horizonte que ilusione a nadie que no tenga ya la vida solucionada o espere enriquecerse con el mínimo esfuerzo. La baja productividad en España se echa sobre los hombros de los trabajadores, ignorando la falta de inversión en capital e innovación, y el escaso valor de las empresas y los sectores que mueven nuestra economía, y que puede agravarse en España afrontando el drama de la vivienda desde el punto de vista del rentismo y el pelotazo inmobiliario. Tomar decisiones vitales para el futuro es urgente, y Europa ha optado por dejar esa tarea en manos de imitadores de Trump, Milei o Bukele. Todo huele a muerte.
En España, en un intento de dispararnos un tiro en el pie grave y doloroso, la derecha ha decidido poner al timón de este cambio de orden mundial a Alberto Núñez Feijóo. Cómo hemos (han) llegado hasta Feijóo. Ilusos de nosotros, pensábamos que una de las debilidades del líder popular era no saber inglés y resulta que tampoco se maneja con el castellano, a tenor de los lapsus que comete en una de cada tres frases que emite y de los laberínticos jardines en los que se adentra voluntariamente. Consigue no ser, a la vez, un hombre de estado ni un líder carismático ni un buen gestor ni un burócrata ni el héroe accidental que aparece en los momentos de crisis. La fortaleza de un país también consiste en que haya políticos solventes (y no criminales) en todo el espectro ideológico, y en contestar que sí a la pregunta de si dejarías a tus hijos al cuidado de personas con las que no estás de acuerdo pero reconoces honestas, inteligentes y responsables. Feijóo, con sus luminosas inutilidad e ignorancia, ha resultado ser el elegido para conducir a España en este trascendente cambio de época, en este tránsito a un nuevo mundo que se adivina aún más salvaje y fuera de control.
No es una cuestión de ideas: el presidente del PP no tiene ninguna. Se trata de decidir cuánta dignidad, bienestar, igualdad y derechos sociales vamos a salvar de la quema en el nuevo desorden mundial. Los votantes de derechas votarán a Feijóo por una sola cualidad: no ser Sánchez, cuando la mayor virtud de Sánchez es no ser Feijóo. Aún estamos a tiempo.