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Opinión - La historia se repite, pero cada vez sale más cara, por Enric González

La historia se repite, pero cada vez sale más cara

17 de octubre de 2026 22:11 h

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Hay personas que acometen tareas intelectuales de dimensiones casi inconcebibles. Como, por ejemplo, Arnold Joseph Toynbee (1889-1975), que escribió Un estudio de la Historia: trece volúmenes en los que comparaba las causas del auge y decadencia de una veintena de “civilizaciones”. O William James Durant (1885-1991), que, junto a su esposa Ariel, acometió una Historia de la Civilización en once volúmenes. Pese a la longevidad de los Durant (su historia de amor es maravillosa), solo tuvieron tiempo de llegar a la era napoleónica.

Toynbee y los Durant ya no están de moda, por diversas razones. Conviene tenerles en cuenta, sin embargo, porque sus extensísimos estudios los llevaron a coincidir en un punto clave: la importancia esencial de la concentración de riqueza en el auge y decadencia de las sociedades (o “civilizaciones”).

Leamos a los Durant: “La concentración de la riqueza es natural e inevitable, y es periódicamente aliviada por una redistribución parcial, violenta o pacífica. Desde este punto de vista, toda la historia de la economía es el lento latido del organismo social, unos vastos sístole y diástole de riqueza concentrada y redistribución compulsiva”.

Toynbee, por su parte, señalaba como rasgo común en 21 civilizaciones finalmente fracasadas, empezando por la sumeria, la “concentración de la propiedad” y la incapacidad de las élites para resolverla.

Veamos el ejemplo del siglo XX. Empieza con el liberalismo tradicional (“laissez faire, laissez passer”) en pleno auge. Los grandes patrones de la economía estadounidense, los Vanderbilt, Morgan, Rockefeller, Carnegie, etcétera, (denominados “barones ladrones”) han acumulado fortunas colosales. Algo parecido sucede en los imperios británico y francés. Pero la catástrofe bursátil de 1929 acaba con aquel viejo mundo.

El mundo que nace entonces muestra rasgos muy variados (desde el “new deal” de Franklin Roosevelt en Estados Unidos al nazismo de Adolf Hitler en Alemania, desde el primer gobierno laborista en el imperio británico hasta el Frente Popular en Francia) y un importantísimo rasgo común: el auge del Estado como redistribuidor de la riqueza.

La “era socialdemócrata” posterior a la Segunda Guerra Mundial suele explicarse por dos motivos: la necesidad de pagar las deudas bélicas, con una altísima presión fiscal (pagar entre un 70% y un 90% de los ingresos en el impuesto sobre la renta se convirtió en la nueva normalidad de los ricos), y la “suavización” del capitalismo para evitar que la clase trabajadora se pasara en masa al comunismo. En realidad, el concepto del Estado redistributivo y algunos rasgos que podríamos llamar “iliberales” ya estaban vigentes antes de la guerra.

En los años 80, “la década de la codicia”, una socialdemocracia paralizada por el desempleo y la inflación se rinde ante el viejo liberalismo. Irrumpen Margaret Thatcher y Ronald Reagan, el “Consenso de Washington” es adoptado como doctrina por el Fondo Monetario Internacional y la oleada de privatizaciones y bajadas de impuestos desarma al Estado. Se dispara de nuevo, como en el siglo XIX y principios del XX, la acumulación de la propiedad en pocas manos.

El fenómeno ha proseguido hasta hoy. El 1% de la humanidad acumula más de la mitad de la riqueza generada. Quizá llegamos al momento que describe Toynbee en su historia comparativa de las civilizaciones: “Al principio, la Minoría Dominante intenta mantener por la fuerza (contra la razón y el derecho) una posición de privilegio heredado que ha dejado de merecer; y entonces el Proletariado repaga la injusticia con resentimiento, el miedo con odio y la violencia con violencia. Sin embargo, todo eso acaba en actos de creación positiva”.

Conviene fijar la atención en los tres puntos fundamentales del programa de gobierno de Xi Jinping, líder de la potencia emergente: innovación tecnológica, orden en el mercado y redistribución de la riqueza. Incluso China, políticamente comunista y económicamente capitalista, con tasas de crecimiento aún muy superiores a las del resto del mundo y un gobierno férreo, señala como gran problema la creciente concentración de la propiedad.

Resentimiento, odio y violencia: recuerden lo de Toynbee unas líneas atrás. Los estadounidenses han encumbrado a Donald Trump y su gobierno de ladrones. En Europa está en auge la ultraderecha. Atravesamos la etapa en que la minoría dominante de Toynbee azuza a los pobres (las antiguas clases medias, reales o aspiracionales) contra los más pobres (los inmigrantes) para mantener sus propios privilegios. Según los señores tecnofeudales, lo mejor para todos es que ellos se hagan cada vez más ricos.

Tiempos convulsos. Acabemos con una frase de William Durant: “La historia se repite, pero cada vez sale más cara”.