La portada de mañana
Acceder
PP y Vox callaron durante los 15 meses de tramitación de la ley de nietos
Se investiga un centro de desintoxicación en Catalunya con denuncias por maltrato
Opinión - 'Feijóo saca el pucherazo de su fondo de armario', por Raquel Ejerique

El imperio desnudo

1 de julio de 2026 21:54 h

0

De todos los momentos de vergüenza ajena que nos ha regalado en los últimos años la Casa Blanca, para mí los peores son esas reuniones en las que un montón de hombres adultos se transfiguran en bufones para hacerle la pelota a Trump con un servilismo digno de los lacayos de la corte de Luis XVI.

Hace unos días, Mark Rutte, quien fue primer ministro de los Países Bajos y es el actual secretario general de la OTAN, protagonizó una de esas escenas. Durante una rueda de prensa conjunta en la Casa Blanca, rodeado de la troupe habitual de palmeros del presidente, Rutte elogió la “gran visión” de Trump y se deshizo en halagos sobre su “liderazgo valiente”. Gracias a Trump y solo a él, Europa estaba invirtiendo mucho dinero en defensa. ¡Mucho!. Todo explicado en palabras simples, repetidas, contundentes. Como quien le habla a un niño, o a un demente.

Dicen que Diógenes estaba un día sentado en el suelo de una calle de Atenas, comiendo un plato de lentejas, cuando se le acercó otro filósofo. “Diogénes, si hubieras aprendido a adular al emperador, no tendrías que estar aquí comiendo lentejas”. “Puede ser”, contestó Diógenes, “pero de lo que estoy seguro es de que si tú hubieras aprendido a comer lentejas, no tendrías que adular al emperador”.

Rutte, al parecer, es alérgico a las legumbres.

Observando estas escenas que no dejan de llegar desde Washington, no te puedes quitar de la cabeza la sensación de estar viendo una película. O mejor dicho, un cuento. Ese en el que un emperador muy vanidoso se deja convencer por unos estafadores de que le han hecho un traje bellísimo, de oro y telas preciosas, pero que solo pueden ver los virtuosos. Convencido, el mandamás se enfunda en el vestuario ficticio y pasea por la corte en pelota picada, mientras todos los cortesanos aplauden, le adulan y fingen contemplar la magnificencia de unas vestiduras que no existen. Nadie se atreve a decirle que está desnudo.

Solo que en nuestro cuento no es el emperador, sino el imperio, el que está al descubierto. Este próximo sábado se cumplen 250 años de la fundación de los Estados Unidos de América y nadie, a ningún lado del Atlántico, se atreve a decir que el imperio está desnudo.

Y podría perderme en el laberinto de los datos: decir que la deuda pública ya roza el 123% del PIB, que la desigualdad está en su máximo histórico y que el 1% más rico acapara casi el 32% de toda la riqueza nacional, que la esperanza de vida sigue tres años y medio por debajo de la media de los países ricos, a pesar de que Estados Unidos gasta el doble en sanidad; que las solicitudes de patentes cayeron un 9% el año pasado, mientras en China no han dejado de aumentar. Contar cómo la epidemia de opioides se sigue llevando por delante las vidas de 55.000 cada año; que el sistema educativo ronda los últimos puestos de la OCDE en matemáticas. Pero la explicación del deterioro del imperio americano es mucho más sencilla, como lo son la mayoría de las cosas importantes: Estados Unidos no tiene un plan para el mundo, no tiene un ideal para Occidente, desde Obama. 

Durante casi 70 años las élites americanas habían blandido una idea hegemónica sobre lo que debía ser la sociedad. Para Roosevelt fueron las “Cuatro Libertades”, un proyecto ambicioso que justificó la intervención del Estado en la economía y dio lugar a los estados del bienestar. Para Reagan, era la libertad económica. Para Clinton fue la promesa de la sociedad del conocimiento y para Bush, la idea del “sueño americano” materializado en la propiedad de la vivienda. Yes, we can, esa idea que se hizo tan vieja, tan deprisa, de que todos podíamos ser iguales, fue la última gran misión del imperio. Después, no vino nada más.

Desde que la crisis de 2008 acabó con la promesa del crecimiento infinito y con el “sueño americano”, la sociedad estadounidense ha ido dando tumbos, rehuyendo las grandes preguntas, buscando culpables, metiendo la cabeza en el hoyo de la guerra o de las drogas o de la polarización o, en los últimos meses, en la utopía tecnoutopista de la IA. Cualquier cosa con tal de no enfrentarse a la más cruda de las realidades. Y es que, como país, no tienen otro ideal que proponerle al mundo para el siglo XXI.

El día que nos demos cuenta de que esto es lo que nos ocurre, el día que llegue un niño que diga que el imperio está desnudo, no será tan difícil pensar en otra cosa distinta para reemplazarlo.