Jurar en arameo
Iñigo Sáenz de Ugarte es un periodista no solo bien informado, sino también muy educado, tanto, que tituló así su crónica en este periódico: “El culebrón turco de la izquierda pone de los nervios a sus votantes”. Le aplaudo la finura de emplear la fórmula “poner de los nervios” para aludir la angustia y el cabreo que ahora sienten los votantes situados a la izquierda del PSOE. Yo también soy educado, así me criaron mis padres, de modo que no voy a transcribir aquí los insultos, maldiciones y palabrotas que me vienen a la mente cuando veo que, a 48 horas del fin del plazo legal para presentar coaliciones, los partidos, grupúsculos, capillas y sectas de lo que yo llamaría la izquierda sin complejos aún no han acordado presentarse unidos a las elecciones del 29 de noviembre.
Pero el castellano es una lengua muy rica y en ella encuentro la locución verbal que expresa mis sentimientos: jurar en arameo. Mi enfado con el espacio político que fue Unidas Podemos en 2019 y Sumar en 2023 es tal que me provoca de inmediato una catarata incontenible de insultos e improperios cuando estoy solo. Ahora bien, cuando estoy con amigos y compañeros, compruebo que no se me ha ido la olla, que ellos y ellas también están de los nervios, como dice Sáenz de Ugarte, y que añaden a las mías otras de las muchas palabras y expresiones malsonantes del idioma de Cervantes para fustigar la sopa de siglas, los egos descomunales, el espíritu fratricida del Frente Popular de Judea.
Todos sabemos que es imposible repetir el casi milagroso resultado de los comicios de julio de 2023, que dio pie a un Gobierno progresista en minoría parlamentaria, si las fuerzas a la izquierda del PSOE se presentan esta vez separadas. Su desunión sería miel sobre hojuelas para el bloque ultra PP-Vox, que ya tiene al alcance de la mano la mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados. Vendrían entonces años, puede que muchos años, malísimos para los derechos y libertades.
Puedo imaginarme sin problemas la España gobernada por Feijóo y Abascal, con Ayuso a las palmas. Las pensiones y el salario mínimo se congelarían de inmediato usando el falso pretexto de que Sánchez ha dejado arruinado el país. Proseguiría a bombo y platillo la promoción con fondos públicos de los seguros de salud, los colegios y las universidades privados. La Policía sería aún más brutal en la represión de la disidencia en las calles de la que ya lo es ahora, con el incompetente Marlaska como ministro de Interior, y los jueces aún más descarados en la persecución de los zurdos. El acceso a precio asequible a una vivienda digna sería todavía más difícil que en la actualidad, que PP y Vox tan solo defienden en esta materia el derecho de los millonarios a un aticazo con piscina. Y, last but not least, Trump y Netanyahu serían recibidos en Madrid con honores.
Lo más irritante de todo es que los dirigentes políticos situados a la izquierda del PSOE comparten este augurio. Se jactan incluso de que, si Sánchez ha adoptado medidas progresistas, es porque ellos tenían nutridos grupos parlamentarios que complementaban al socialista. Dicen asimismo conocer que, de presentarse varias papeletas progresistas en cada circunscripción, ninguna se comerá un torrao. Y de que, en las más pequeñas, ni presentándose unidos.
Que no nos vengan estas izquierdas con milongas de que la convocatoria de elecciones les ha sorprendido, de que no han tenido tiempo para darle vueltas al tarro y trabajar discretamente para acordar soluciones unitarias. Han pasado ocho meses desde que Yolanda Díaz anunció que no competiría en las siguientes legislativas, abriendo así la puerta a la refundación de Sumar y su reconciliación con Podemos. Y Gabriel Rufián se pasó esos meses anunciado el desastre que supondría la desunión. Todo el mundo aprobaba con la cabeza sin hacer nada al respecto, el propio Rufián optó al final por quedarse en su cálido hogar de ERC.
Pero no quiero ser injusto. Ha habido en las izquierdas quien ha buscado la reconciliación. Pienso en la Izquierda Unida de Antonio Maíllo, pienso en Ada Colau, que ayer mismo dijo que renunciaba a cualquier protagonismo en aras de un acuerdo entre el Podemos de Irene Montero y lo que antes era Sumar y ahora se llama Frente Amplio. Otros, en cambio, la han rechazado sistemáticamente. Son los maximalistas que no aceptaban la colaboración con Sánchez ni como mal menor, los autoproclamados puristas que no temen la conquista total del poder por los ultras porque piensan que eso hasta puede venirles bien, que la caída en el abismo les regalará a ellos la bandera de la resistencia.