La lluvia amarilla

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Esconderse en un molino para no ser testigo de la marcha de otra familia del pueblo. Para no ver lo irremediable, algo contra lo que no se puede luchar. El vacío. Buscar un escondrijo para que el desertor, otro que tira la toalla en medio de una lenta agonía, no pueda cruzarse contigo y observar tu brutal desolación, la de quedarse solo en el lugar en el que has nacido, crecido y tenido descendencia. Hijos que se fueron con el estallido de la guerra, por una enfermedad incurable de la época o en el éxodo rural posterior. Las historias de abandono de entonces no son como las de ahora, aunque todas comparten trazas de impotencia. Sálvese quien pueda.

La lluvia amarilla, que sabe a otoño y a hojas secas, continúa vigente 33 años después de su publicación, ahora sobre las tablas del Teatro Español. Jesús Arbués ha estrenado la primera adaptación de la novela sobre despoblación de Julio Llamazares.

¿Qué sienten las personas que resisten en los pueblos mientras ven cómo se marchan sus vecinos? ¿Tiene sentido vivir solo rodeado de viejas casas y de tierras que ya no puedes trabajar sin ayuda? Y si te picase una víbora estando solo, ¿serías capaz de sobrevivir a eso?

“Y, entre tanto abandono y tanto olvido, como si de un verdadero cementerio se tratara, muchos de los llegados conocerán por vez primera el terrible poder de las ortigas cuando, adueñadas ya de las callejas y los patios, comienzan a invadir y a profanar el corazón y la memoria de las casas”, dice Andrés, el protagonista de La lluvia amarilla, después de mucho tiempo solo.

¿Y si las casas hablasen?

Por todos los Ainielles. Los que ya quedaron desiertos, los que están a punto de hacerlo y los que se vaciarán. Aunque a muchos les moleste la palabra, su sentido es literal. Los pueblos de interior, las zonas rurales, siguen un lento camino hacia el vacío total por falta de servicios, de vivienda y de oportunidades laborales. Ante la multitud de términos para describirla (rural, interior, vacía o vaciada), existe una sola realidad: lugares que atesoran tantas historias como número hubo de pobladores. Espacios en los que ya no queda nada. Ni recuerdos. La incomodidad de los términos seguramente sea lo de menos y quien califica el creciente interés sobre lo que pasa en los pueblos de moda pasajera se equivoca. El libro de Llamazares con los desgarradores pensamientos de su protagonista se publicó en el año 1988 y sigue completamente vigente.

Andrés, el último habitante de Ainielle, un pequeño pueblo perteneciente al municipio de Biescas, en el Pirineo, relata cómo han sido sus últimos años en el lugar, que parece recóndito, pero no lo es tanto. Ainielle no es más que otro ejemplo de lugar deshabitado. En España hay 713 núcleos de población deshabitados y más de 6.000 zonas diseminadas en las que ya no vive nadie, según los datos del Instituto Geográfico Nacional.

“Gritar ahí fuera sería como hacerlo en mitad de un cementerio. Gritar ahí fuera únicamente serviría para turbar el equilibrio de la noche y el sueño vigilante de los muertos”, se narra en los primeros compases de esta historia. Está solo. Con la única compañía de su vieja perra, que no tiene nombre y ni falta que le hace, ya que no hay más animales en el pueblo que puedan confundirse y acudir a su llamada.

La lluvia amarilla es la antesala del frío y el aviso de que se acerca el invierno, que cae como un martillo sobre los pueblos. Antes y ahora. Todavía hoy, el frío significa aislamiento y añoranza. Del mismo modo que la primavera, con el esperado deshielo, devuelve a la vida y llena de agua a los pueblos de montaña.

La lluvia amarilla es también melancolía.

“Pero, de pronto, hacia las dos o las tres de la mañana, un viento suave se abrió paso por el río y la ventana y el tejado del molino se llenaron de repente de una lluvia compacta y amarilla. Eran las hojas muertas de los chopos, que caían, la lenta y mansa lluvia del otoño que de nuevo regresaba a las montañas para cubrir los campos de oro viejo y los caminos y los pueblos de una dulce y brutal melancolía”, describe el libro.

Aun sabiendo que el desenlace es inevitable, parece razonable desear que Sabina salga del molino y se encuentre con Andrés, con sus niños, y con el resto de los vecinos, como si no hubiera pasado nada. “La marcha de los de Casa Juan Francisco fue el comienzo tan sólo de una larga e interminable despedida, el inicio de un éxodo imparable que, dentro de muy poco, mi propia muerte convertirá en definitivo”.

Esconderse en un molino para no ser testigo de la marcha de otra familia del pueblo. Para no ver lo irremediable, algo contra lo que no se puede luchar. El vacío. Buscar un escondrijo para que el desertor, otro que tira la toalla en medio de una lenta agonía, no pueda cruzarse contigo y observar tu brutal desolación, la de quedarse solo en el lugar en el que has nacido, crecido y tenido descendencia. Hijos que se fueron con el estallido de la guerra, por una enfermedad incurable de la época o en el éxodo rural posterior. Las historias de abandono de entonces no son como las de ahora, aunque todas comparten trazas de impotencia. Sálvese quien pueda.

La lluvia amarilla, que sabe a otoño y a hojas secas, continúa vigente 33 años después de su publicación, ahora sobre las tablas del Teatro Español. Jesús Arbués ha estrenado la primera adaptación de la novela sobre despoblación de Julio Llamazares.

¿Qué sienten las personas que resisten en los pueblos mientras ven cómo se marchan sus vecinos? ¿Tiene sentido vivir solo rodeado de viejas casas y de tierras que ya no puedes trabajar sin ayuda? Y si te picase una víbora estando solo, ¿serías capaz de sobrevivir a eso?

“Y, entre tanto abandono y tanto olvido, como si de un verdadero cementerio se tratara, muchos de los llegados conocerán por vez primera el terrible poder de las ortigas cuando, adueñadas ya de las callejas y los patios, comienzan a invadir y a profanar el corazón y la memoria de las casas”, dice Andrés, el protagonista de La lluvia amarilla, después de mucho tiempo solo.

¿Y si las casas hablasen?

Por todos los Ainielles. Los que ya quedaron desiertos, los que están a punto de hacerlo y los que se vaciarán. Aunque a muchos les moleste la palabra, su sentido es literal. Los pueblos de interior, las zonas rurales, siguen un lento camino hacia el vacío total por falta de servicios, de vivienda y de oportunidades laborales. Ante la multitud de términos para describirla (rural, interior, vacía o vaciada), existe una sola realidad: lugares que atesoran tantas historias como número hubo de pobladores. Espacios en los que ya no queda nada. Ni recuerdos. La incomodidad de los términos seguramente sea lo de menos y quien califica el creciente interés sobre lo que pasa en los pueblos de moda pasajera se equivoca. El libro de Llamazares con los desgarradores pensamientos de su protagonista se publicó en el año 1988 y sigue completamente vigente.

Andrés, el último habitante de Ainielle, un pequeño pueblo perteneciente al municipio de Biescas, en el Pirineo, relata cómo han sido sus últimos años en el lugar, que parece recóndito, pero no lo es tanto. Ainielle no es más que otro ejemplo de lugar deshabitado. En España hay 713 núcleos de población deshabitados y más de 6.000 zonas diseminadas en las que ya no vive nadie, según los datos del Instituto Geográfico Nacional.

“Gritar ahí fuera sería como hacerlo en mitad de un cementerio. Gritar ahí fuera únicamente serviría para turbar el equilibrio de la noche y el sueño vigilante de los muertos”, se narra en los primeros compases de esta historia. Está solo. Con la única compañía de su vieja perra, que no tiene nombre y ni falta que le hace, ya que no hay más animales en el pueblo que puedan confundirse y acudir a su llamada.

La lluvia amarilla es la antesala del frío y el aviso de que se acerca el invierno, que cae como un martillo sobre los pueblos. Antes y ahora. Todavía hoy, el frío significa aislamiento y añoranza. Del mismo modo que la primavera, con el esperado deshielo, devuelve a la vida y llena de agua a los pueblos de montaña.

La lluvia amarilla es también melancolía.

“Pero, de pronto, hacia las dos o las tres de la mañana, un viento suave se abrió paso por el río y la ventana y el tejado del molino se llenaron de repente de una lluvia compacta y amarilla. Eran las hojas muertas de los chopos, que caían, la lenta y mansa lluvia del otoño que de nuevo regresaba a las montañas para cubrir los campos de oro viejo y los caminos y los pueblos de una dulce y brutal melancolía”, describe el libro.

Aun sabiendo que el desenlace es inevitable, parece razonable desear que Sabina salga del molino y se encuentre con Andrés, con sus niños, y con el resto de los vecinos, como si no hubiera pasado nada. “La marcha de los de Casa Juan Francisco fue el comienzo tan sólo de una larga e interminable despedida, el inicio de un éxodo imparable que, dentro de muy poco, mi propia muerte convertirá en definitivo”.

Esconderse en un molino para no ser testigo de la marcha de otra familia del pueblo. Para no ver lo irremediable, algo contra lo que no se puede luchar. El vacío. Buscar un escondrijo para que el desertor, otro que tira la toalla en medio de una lenta agonía, no pueda cruzarse contigo y observar tu brutal desolación, la de quedarse solo en el lugar en el que has nacido, crecido y tenido descendencia. Hijos que se fueron con el estallido de la guerra, por una enfermedad incurable de la época o en el éxodo rural posterior. Las historias de abandono de entonces no son como las de ahora, aunque todas comparten trazas de impotencia. Sálvese quien pueda.

La lluvia amarilla, que sabe a otoño y a hojas secas, continúa vigente 33 años después de su publicación, ahora sobre las tablas del Teatro Español. Jesús Arbués ha estrenado la primera adaptación de la novela sobre despoblación de Julio Llamazares.