Marc Bloch: callar es mentir
Ahora que las relaciones bilaterales entre España y México conocen un positivo proceso de reactivación y sintonía, vale la pena recordar, aunque no siempre se cumpla, el adagio de que hablando se entiende la gente. Siempre hay que hablar, porque solo así puede surgir la verdad.
En la segunda edición (1585) de la Historia general de las cosas de la Nueva España, uno de los documentos fundamentales para la reconstrucción de la historia y la cultura del México anterior a la llegada de los españoles, fray Bernardino de Sahagún escribió que en la primera versión del texto, de treinta años antes, “se callaron algunas cosas que fueron mal calladas”. Tal vez lo leyó Max Aub, exiliado en México durante muchos años. En su dietario escribió algo similar, en 1950: “Todo el problema reside en convencerse de que callar es mentir”.
Esta noción del “mal callar”, del silencio como mentira, hace pensar en Marc Bloch, el gran historiador medievalista francés, que hace un par de semanas ingresó en el Panteón de París, en una solemne ceremonia nacional que había anunciado el presidente Macron, en noviembre de 2024, en un acto conmemorativo de la liberación de Estrasburgo, en la que los republicanos españoles de La Nueve tuvieron un destacado y honroso papel.
A los 28 años, siendo ya profesor de historia, Marc Bloch combatió en la guerra de 1914-18 y fue herido en combate. A los 53 años, con Francia ocupada por los alemanes, se incorporó a la Resistencia y fue fusilado por la Gestapo el 16 de junio de 1944. Dejó escritos libros formidables, de excepcional interés. En uno de ellos, “La extraña derrota”, escrito entre julio y septiembre de 1940, en las horas más oscuras de la ocupación alemana de Francia, Bloch analizó las causas de la derrota francesa, con una lucidez y precisión asombrosas. En el libro, de lectura obligatoria para todos aquellos que han sido derrotados en alguna ocasión, o que quieran evitar la experiencia, Bloch escribió: “Todo esto lo sabíamos. Y a pesar de todo, perezosamente, cobardemente, hemos dejado hacer. Hemos tenido miedo de chocar con la multitud, miedo de los sarcasmos de los amigos, del desprecio incomprensivo de los poderosos”.
Entre otras cosas soberbiamente interesantes, Bloch dice en este libro que “sin observar el presente es imposible comprender el pasado”. Es una afirmación contraintuitiva. Viniendo de un historiador, parece paradójica, contraproducente. Se supone que debería haberlo dicho al revés: que solo conociendo el pasado se puede comprender el presente. Pero la observación de Bloch es exacta, y especialmente útil en los momentos actuales. Lo que sucede hoy nos puede ayudar a comprender de dónde venimos y cómo hemos llegado a la situación presente.
Ahora que se habla tanto de «fake news», y suelen presentarse como si se tratara de un fenómeno inédito, es útil leer un breve ensayo de Bloch, Réflexions d'un historien sur les fausses nouvelles de la guerre, escrito en 1921. El historiador estudió allí cómo nacen y se propagan las falsas noticias en tiempos de guerra. Estas, según Bloch, no surgen del vacío; contienen siempre, por debajo de la mentira, una cierta verdad, en la medida en que señalan el contexto propicio que hace que se difundan viralmente.
En los asuntos del mundo no han faltado nunca mentiras, engaños, trampas, medias verdades, hipocresías, argucias, mistificaciones, disimulos, y un largo etcétera. ¿De dónde viene, pues, esa gran preocupación actual por las “fake news” o, como dicen los portavoces trumpistas, las «verdades alternativas»? ¿Por qué se habla tanto de ello? Por un lado, es evidente que el crecimiento exponencial de las redes digitales, dopadas ahora por la IA, lo explica. Pero creo que Bloch, hace más de un siglo, dio con la explicación de fondo.
“Una noticia falsa”, escribió, “nace siempre a partir de representaciones colectivas que preexisten a su surgimiento; solo es aparentemente fortuita o, más precisamente, todo lo que hay de fortuito en ella es el incidente inicial, absolutamente insignificante, que desencadena la puesta en marcha de la imaginación; pero esta puesta en movimiento solo tiene lugar porque las imaginaciones ya estaban preparadas, fermentando en silencio”.
Si esto es cierto, y creo que lo es, el trumpismo y los otros fenómenos nacionalpopulistas actuales no son la causa sino la consecuencia de los graves problemas a los que se enfrentan las democracias de nuestro tiempo. Sin embargo, en general se dedican bastante más esfuerzos a estudiar y comentar los efectos que a analizar las causas y pensar las posibles soluciones.
El ruido ensordecedor de las polémicas brutalmente amplificadas por las redes y los medios, y el escaso volumen del debate propiamente democrático, a veces casi inaudible, son dos fenómenos concomitantes que acentúan hasta extremos inéditos la sensación colectiva de que la verdad no está a nuestro alcance. Solo la conversación democrática permitirá superar este mal paso. En este contexto, el viejo aforismo de Aub es más vigente que nunca: “callar es mentir”. En las crisis actuales, la salida no es el silencio cobarde (el “mal callar”) ni la polarización ruidosa. La solución puede inspirarse en la máxima grabada en la tumba de Marc Bloch en el Panteón, una frase que reclamó para sí en su testamento: “Dilexit veritas” (Amó la verdad).
La verdad que nos hace libres se construye a través del debate democrático. Es el método que Marc Bloch nos propuso en “La extraña derrota”: “Que cada uno diga francamente lo que tiene que decir; la verdad nacerá de estas sinceridades convergentes”. O esto, o veremos de nuevo imponerse en el mundo el abuso de poder, el viejo arte de castigar.