El “polvorín” de Ceuta que algunos esperan que estalle
Miles de vecinos asustados desde hace siete semanas, desde que una multitud de desconocidos entró de golpe en su ciudad. Miles de vecinos que se sienten invadidos, amenazados, abandonados. Miles de vecinos que no pueden moverse con normalidad por su ciudad, que han perdido zonas enteras de la ciudad, calles, polígonos, playas, espacios de paseo y ocio vitales en una ciudad pequeña y aislada. Miles de vecinos que temen por sus hijos si salen a la calle o van al colegio. Miles de vecinos que ven en sus barrios a miles de desconocidos deambulando, rebuscando, haciendo sus necesidades en cualquier sitio, intentando entrar en sus comercios y bares, dejando basura. Miles de vecinos que por las noches escuchan gritos y se despiertan con la crónica de sucesos de la noche anterior: peleas, agresiones, robos, violaciones. Miles de vecinos que reciben desinformación, bulos, mensajes de odio. Miles de vecinos que ven cronificarse la situación, sin fecha de fin y sin solución clara.
Miles de personas durmiendo en la calle, en la playa o en el monte durante semanas. Miles de personas cuyo único horizonte es conseguir plaza en un campamento precario y hacinado, del que saben que probablemente saldrán camino de Marruecos. Miles de personas que no quieren volver a su país, dispuestas a todo con tal de no volver a su país. Miles de personas viviendo con lo puesto, durmiendo en el suelo, en chabolas o al raso, teniendo que hacer sus necesidades en cualquier sitio, apretados con gente igual de desesperada. Miles de personas que se saben indefensas y a merced de cualquiera. Miles de personas que presencian y a veces sufren estallidos de violencia, peleas, robos, violaciones. Miles de personas que sienten el rechazo y el miedo de vecinos, que son expulsados de comercios y bares, mirados con sospecha, insultados, acosados, apedreados, agredidos, tal vez incluso agredidos por militares.
Coge los dos párrafos anteriores y mézclalos bien apretados en un territorio pequeño, muy pequeño, durante siete semanas. ¿Cuál es el resultado? Un polvorín. El polvorín con el que llevan titulando algunos medios desde la primera semana: “Ceuta es un polvorín a punto de estallar”, repiten desde la entrada masiva a finales de julio. Algunos lo dicen como advertencia, para que no suceda, para impedirlo cuando estamos a tiempo. Otros como vaticinio, inevitable, extrañados de que no haya ocurrido aún. Pero también hay quien parece pronunciar “polvorín” con impaciencia, se diría que hasta con deseo inconfesable de que por fin todo estalle y poder exclamar “¡ya lo dijimos!”, mientras hacen lo posible porque en efecto reviente, en modo profecía autocumplida.
Soy de los que pienso que, pese a todo, Ceuta está siendo un ejemplo de aguante, paciencia, la tan repetida “resiliencia”, y hasta un modelo de convivencia en condiciones extremas, con numerosas muestras de solidaridad. Me dirán que no, que cada día está peor y se multiplican los conflictos y la violencia, solo hay que ver el parte diario de denuncias, actuaciones policiales y asistencias médicas, y que la gente ya no puede más. Aun así, insisto: pese a la desesperación, miedo y rabia de unos y otros, pese a lo insoportable de la situación, pese a la lentitud y errores del gobierno en la respuestas, pese a los palos en la rueda que algunos ponen, pese a las cerillas que una minoría arroja, y pese al alarmismo de los que parecen tener escrito desde hace semanas el titular “estalla el polvorín”, hay que reconocer y agradecer a la mayoría de ceutíes y a la mayoría de migrantes, por mantener el polvorín a salvo de los incendiarios. Gracias.