Salario, techo y vida digna requieren de movilización, organización y política
Conflictos como el de la vivienda revientan todas las costuras de la sociedad, al tiempo que nos dejan muchas lecciones que no deberíamos ignorar
Algunas son obvias. Un derecho fundamental como disponer de una vivienda digna no se puede dejar en manos del mercado ni podemos aceptar que se convierta en un mero producto de inversión. No se trata de negar el derecho a la propiedad privada pero tampoco ignorar que esta debe estar limitada por su función social. La iniciativa privada puede y debe participar en las políticas de vivienda, pero no se puede confiar este derecho al dios mercado. Sin una potente intervención pública que prime el derecho a la vivienda por encima de cualquier otro en conflicto no hay techo garantizado.
Otra de las lecciones recibidas es que el derecho a una vivienda digna es muy interdependiente de otros derechos sociales básicos. Sin un empleo y un salario digno el derecho a techo se convierte en una entelequia. Al mismo tiempo que, en una sociedad en la que la vivienda se ha convertido en un producto financiero, tener un empleo y salario digno ya no son suficientes para garantizar el derecho a la vivienda.
De la misma manera que el derecho a la educación es la puerta de entrada a otros derechos fundamentales, las familias que no tienen un techo garantizado no pueden ofrecer a sus hijos las condiciones mínimas de educación por muchos esfuerzos que haga la escuela y sus profesionales. Ahí está una de las claves del malestar docente y la dificultad de abordar los problemas si todo se encierra en el claustro escolar.
Esta interdependencia es una enseñanza que aprendieron hace tiempo a los sindicatos de clase con vocación sociopolítica, conscientes de que sus pies y su cabeza están en los centros de trabajo, pero su mirada debe estar también en la sociedad. Lo han ratificado de nuevo CCOO y UGT con la convocatoria de una huelga general para este otoño, en confluencia con otros movimientos sociales.
Junto a estas enseñanzas el actual conflicto de la vivienda nos deja otras lecciones que igual no son tan obvias, pero son determinantes si queremos una democracia sólida y socialmente sana. Para hacer avanzar la transformación social resulta imprescindible la movilización de la sociedad. La política institucional por sí sola no es suficiente y eso requiere de organizaciones que ejerzan y organicen el conflicto
Esta es una lección que las izquierdas políticas ignoran a menudo, especialmente cuando están inmersas en tareas de gobierno. Lo que tiene consecuencias, porque supone dejar ese espacio vacío y preparado para ser ocupado por las derechas. Es uno de los factores que contribuyen al crecimiento de las extremas derechas en todo el mundo.
Por eso es tan importante el trabajo de los sindicatos de inquilinas, un espacio de auto organización que combina la indignación con la movilización y la propuesta. Es curioso comprobar que cuanto más se habla de la crisis y obsolescencia de los sindicatos más formas de organización social adoptan este nombre sin ser el trabajo asalariado el objetivo de su acción.
Quizás la explicación podamos encontrarla en la etimología de la palabra sindicato. Desde el “sindicat de remença” de la Catalunya del siglo XV a los sindicatos de inquilinas del siglo XXI, pasando por los actuales sindicatos de clase el objetivo siempre ha sido el mismo, hacer justicia con, o sea de manera colectiva. Agrupar y vertebrar intereses para organizar el conflicto y conquistar derechos. En definitiva, autoorganización social.
Junto a estas otra de las lecciones que nos deja la crisis de la vivienda es que la lucha social si quiere convertir sus movilizaciones, por muy importantes que sean, en avances requiere también de la intervención de la política institucional. Lo sabían ya los “pageses” catalanes que lucharon hasta conseguir la “Sentencia Arbitral de Guadalupe de 1486”, que les libró de algunos “malos usos feudales”. Estaría bien que ahora en la euforia de las plazas no se olvidará esta lección.
Eso nos lleva a otra enseñanza de profunda carga democrática. La democracia se ejerce en las instituciones, en los centros de trabajo y en las calles. Contraponer esos espacios, como algunos están haciendo estos días a babor y estribor, además de negar la complejidad y riqueza de la democracia, supone renunciar a toda su potencialidad.
No ayuda en nada que algunas voces desde las plazas estén menospreciando la importancia de las elecciones del 29 de noviembre, al mismo tiempo que se instalan en el discurso de la indistinción de las fuerzas políticas mientras exigen –de manera legítima- soluciones a las instituciones.
Para un servidor, que viene de la cultura del PSUC, la evidencia de que la democracia está en las instituciones y en la calle al mismo tiempo no es una novedad, sino la esencia de la política. Baste recordar que una de sus enseñas era aquello de “Partido de lucha, partido de gobierno”.
Desafortunadamente, la crisis de los partidos políticos enmarcada en una crisis más amplia de las estructuras de intermediación social ha hecho olvidar esa cultura y esas enseñanzas.
En las próximas semanas comprobaremos si las izquierdas han aprendido algo del conflicto de la vivienda y del papel que juegan la movilización, la organización social y las instituciones democráticas. Garantizar el salario, el techo y la vida digna requieren de movilización, organización y política al mismo tiempo. O sea, de la huelga general y de las elecciones del 29 de noviembre.