Sí que era la hora de la verdad

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Lo que parecía una frase hecha al final del tuit con el cual Pedro Sánchez había reaccionado ante la decisión de Junts de votar no al decreto diseñado para que votasen sí, ha resultado ser la pura realidad. Suele pasar con los tópicos; por eso lo son. Tantas veces hemos vaticinado durante esta legislatura estar ante un momento decisivo que alguna teníamos que acertar. Era la hora de la verdad.  

La narrativa que ha permitido continuar a este Gobierno contra viento y marea se ha derrumbado con el mismo estrépito que los dos decretos de la vivienda. No era, explicaba el presidente siempre que podía, mantenerse en el poder por mantenerse en el poder. Tampoco para impedir que gobernase otro. Se aguantaba en la Moncloa para tomar decisiones y poner en marcha políticas que mejoraban la vida de la gente. Este Gobierno y sus políticas marcaban la diferencia porque ni todos son iguales ni da igual que gobierne uno o gobierne otro.

Ni decisiones, ni políticas. Ni siquiera con el momento emocional y social que había generado el desahucio de Maricarmen le dan los votos a Pedro Sánchez. La narrativa que más legitimidad le daba a este Gobierno ya no está disponible. Puede que sea culpa de la malvada derecha. Pero eso es un consuelo, no un argumento. 

En la decisiva votación de los decretos lo de menos era la crisis habitacional, proteger a las familias o dar seguridad a los pequeños propietarios. Eso es malo para los negocios y aquí se viene a hacer buenos negocios. El PP y Vox ni siquiera se han tomado la molestia de argumentar mínimamente su voto. Ya sabemos todos a qué están la derecha y la ultraderecha, esa pareja feliz. El único inquilino que les preocupa es Pedro Sánchez y el único desahucio que les quita el sueño es el de la Moncloa. 

Las razones de Junts para cerrar la ventana que ellos mismos habían abierto hace una semana sin que nadie se lo pidiera tampoco tiene muchos que ver con la vivienda, pero resultan bastante más desconcertantes. Puede que Junts quiera un adelanto electoral, puede que Carles Puigdemont anhele ajustar cuentas por su alquiler en Waterloo, puede que les pueda el miedo a la irrelevancia mientras les sorpasa Aliança Catalana, incluso puede que no sepan lo que quieren. Tampoco importa demasiado. El daño ya está hecho. 

Una derrota no es una oportunidad, tampoco una ventana; una derrota es una derrota. Harían bien en Moncloa en no consolarse con frases de terapia y aterrizar en la realidad. La gente que se ha movilizado estos días quería soluciones, no elecciones. Ir a las urnas puede que arregle el problema de Pedro Sánchez, pero ninguno de los suyos. A la decepción de ver como sus esfuerzos han acabado en una derrota que no se esperaban, no conviene sumar el hipotético enfado por sentirse utilizados en un juego electoral.