La portada de mañana
Acceder
Vox dinamita los puentes con la Iglesia antes de la visita del Papa
Sumar confía en la presión social para aprobar la prórroga de los alquileres
Opinión - 'El fin de la impunidad', por Rosa María Artal

Lo que los toros enseñan a las infancias

1 de mayo de 2026 21:30 h

0

Sangre y aplausos es lo que, en esencia, se presencia en una plaza de toros. El espectáculo de cómo se tortura a un animal hasta darle muerte. Son las personas expertas en desarrollo infantil, y no el activismo animalista, quienes sostiene que las niñas, niños y adolescentes que acuden a las corridas de toros no tienen las herramientas cognitivas y emocionales necesarias para comprender la violencia que representan cada una de las escenas de ese ritual de sufrimiento y muerte inflingido a un animal indefenso.

 No es una simple cuestión de edad legal, es mucho más, es una cuestión directamente vinculada al desarrollo de las personas menores de edad, a su salud emocional, física y mental. Por eso, desde la perspectiva de los derechos de las infancias y las adolescencias, el ordenamiento jurídico debe trazar con precisión los límites de lo que la infancia puede presenciar, consumir o experimentar cuando esos contenidos entrañan una exposición a la violencia explícita con efectos perjudiciales y perturbadores sobre quienes aún están formándose neurológicamente. 

Ese argumento, el de la protección de la infancia frente a contenidos perturbadores o potencialmente perjudiciales, es paradójicamente el mismo que invoca el sector ideológico que impulsa los toros y las escuelas de tauromaquia dirigidas a personas menores de edad cuando exige retirar de las bibliotecas públicas libros relacionados con la diversidad sexual, defiende el pin parental para blindar a sus hijas e hijos de la educación afectivo-sexual o reacciona tapándoles los ojos ante una mujer desnuda o el beso de dos personas del mismo sexo. 

Resulta difícil comprender cuál es la lógica de esa supuesta protección y qué valores quieren transmitir a niñas, niños y adolescentes cuando cuestionan o restringen herramientas educativas y culturales orientadas a prevenir la violencia entre las personas, sean estas adultas o menores de edad, mientras normalizan -e incluso subvencionan- la exposición y enseñanza de una cultura centrada en torturar y matar animales reales con las propias manos cuando en una clara posición de subordinación.

La tauromaquia es un rito de iniciación en una forma muy concreta de hombría. En un modelo de masculinidad que se construye en torno a la dominación, al control del miedo y a la capacidad de imponerse sobre otro ser vivo cuya vida se considera prescindible. Las personas menores de edad que se forman en ese entorno interiorizan jerarquías, roles y formas de relación con la violencia que, al presentarse como legítimas y merecedoras de aplauso, se instalan como referencia de lo que significa ser valiente, ser hombre. Lo que transmite la tauromaquia no es únicamente un arte o una tradición, es una manera de entender la dominación del hombre sobre el resto de las vidas como parte de un orden natural. 

Lo que ven las niñas, niños y adolescentes que acuden a un espectáculo taurino es la muerte cruel, violenta y sangrienta de un toro encerrado en un espacio del que no va a salir con vida. Se ven involucrados como parte de una expresión colectiva que celebra una violencia de la que no solo son testigos, porque la experiencia también les atraviesa emocional y cognitivamente. Esto -dicen personas expertas en psicología infantil- es lo que provoca que dicha experiencia tenga altas probabilidades de impactar en su forma de comprender el daño y la empatía, al no poder entender por qué se celebra un sufrimiento que en cualquier otro contexto se les enseñaría a rechazar.

Lo que reciben las personas menores de edad no es solo el mensaje de que hay violencia que se permite, sino que esa violencia puede ser admirada, recompensada y convertida en motivo de orgullo, es parte de la fiesta nacional, es una identidad y una tradición. Es decir, incuestionable. Por eso el Comité de los Derechos del Niño de Naciones Unidas lleva desde 2018 señalando a España que prohíba la participación y la asistencia de personas menores de edad a los espectáculos taurinos, y por eso en enero de 2025 ha vuelto a insistir en la urgencia de tomar medidas concretas. Una advertencia basada en estándares internacionales de protección de las infancias frente a la exposición a la violencia y sus consecuencias en el desarrollo. 

Los mismos estándares que, no por casualidad, también promueven la educación en diversidad, en igualdad y en derechos humanos como herramientas fundamentales para que niñas, niños y adolescentes aprendan a reconocer el daño, a desarrollar empatía, a identificar las violencias que les amenazan y a construir relaciones basadas en el respeto a todas las vidas humanas y no humanas.