La justicia del realismo mágico
El realismo mágico fue una de las grandes aportaciones de la literatura hispanoamericana al mundo. En sus novelas, los muertos conversan con los vivos, las muchachas ascienden al cielo mientras doblan las sábanas y un pueblo entero puede olvidar de repente el nombre de las cosas. Lo extraordinario sucede sin provocar sorpresa porque, dentro del relato, lo imposible ha sido declarado normal.
España tampoco ha querido quedarse al margen y ha realizado su propia aportación al género: la justicia del realismo mágico.
En ella, los jueces no solo interpretan los hechos. A veces también parecen escribirlos. Las pruebas aparecen donde nadie las había visto, los indicios se transforman en certezas y las conclusiones terminan demostrando las premisas de las que nacieron. El relato deja de seguir a los hechos; son los hechos los que empiezan a seguir al relato.
En el realismo mágico de García Márquez, una muchacha asciende al cielo mientras tiende las sábanas. En el realismo mágico judicial, un ciudadano puede ascender a cooperador necesario simplemente por aceptar un puesto que otros decidieron crear. Una entrevista se convierte en teatro, un silencio demuestra conocimiento, una sospecha madura hasta convertirse en prueba y una inferencia acaba revestida con la solemnidad de una sentencia.
Todo ocurre con absoluta naturalidad. Nadie parece extrañarse. Los personajes jurídicos aceptan lo imposible con la misma serenidad con la que los habitantes de Macondo convivían con fantasmas o soportaban lluvias de años enteros.
Y entonces llega la última entrega del género. La Audiencia de Madrid elimina algunos delitos atribuidos a Begoña Gómez, pero mantiene viva la novela al afirmar que existen indicios de que «logró el influjo desplegado desde su privilegiada posición de esposa del presidente del Gobierno».
Es una expresión extraordinaria. No describe una llamada telefónica, una orden, una reunión decisiva o una instrucción concreta. Describe una atmósfera. Un influjo. Casi un campo gravitatorio jurídico. En el realismo mágico literario los personajes levitan. En el realismo mágico judicial basta con ocupar una «posición privilegiada» para que el influjo flote sobre el procedimiento como una fuerza invisible.
En un Estado de derecho conviene preguntarse cuándo un razonamiento deja de conectar hechos probados para empezar a sustituirlos; cuándo una inferencia deja de ser un puente hacia la verdad y se convierte en un sustituto de ella.
Quizás por eso algunos procedimientos recientes producen una extraña sensación de familiaridad literaria, porque parecen obedecer a las reglas de la ficción: primero se escribe el desenlace y después los capítulos van encontrando la forma de conducirnos hasta él.
Un influjo invisible. Una fuerza que nadie ve, nadie toca y nadie puede medir. Pero ahí está.
En literatura eso se llama realismo mágico. En un juzgado, también.