De clases bajo un árbol a su primera escuela: 200 niños angoleños estrenan curso en un “centro digno” con raíces sevillanas
Hace cuatro años, el profesor Ngunza improvisó una pequeña escuela en el patio polvoriento de su casa, ubicada en la aldea de Camizungo, una comunidad rural situada al este de Luanda, la capital de Angola. Allí, bajo la sombra generosa de un árbol de mango, empezó a dar clases por las tardes a los pequeños del barrio que estaban sin escolarizar: unos por falta de recursos económicos y otros por carecer de los documentos de identidad necesarios para matricularse en la escuela pública.
Cuando la ONG para el desarrollo (ONGD) Mundo Orenda descubrió esta iniciativa, decidió apoyarla. Lo primero fue comprar una pizarra. Después, la organización que dirige Rebeca Herrera desde Alcalá de Guadaíra (Sevilla) sumó el apoyo de un equipo pedagógico formado por tres docentes sevillanos –Bernard Bossous, José Luis Pérez y Leonor Romero– y alquiló un modesto local en el kilómetro 44 de la localidad vecina de Cadete, también marcada por la pobreza, el hambre y la falta de escolarización. Y así, en ese rincón olvidado del mundo, germinó la semilla de lo que hoy es la escuela de alfabetización Soñando Alto.
Pero el proyecto que brotó en la mente de Bernard cuando vio a los pequeños en el patio de Ngunza sedientos de conocimiento no cabía en cuatro paredes. El local en el que han venido trabajando hasta ahora solo contaba con un aula y carecía de baños y de ventilación. El reto era dotar al barrio de “unas instalaciones dignas”. Tras adquirir un terreno a escasos metros y lograr los permisos necesarios para construir, Soñando Alto estrena este curso su primer centro propio. Un espacio con cuatro aulas y dos baños, donde 200 alumnos de entre 5 y 19 años asistirán a clase en unas condiciones muy distintas a aquellas en las que nació el proyecto, bajo la sombra de un árbol.
Salto de calidad en la enseñanza
El cambio de espacio se traduce ahora en un salto cualitativo en la enseñanza que va a recibir el alumnado de Soñando Alto. “La gran diferencia es que antes, en un aula, impartíamos clases a dos grupos de manera simultánea durante dos horas y ahora hay seis cursos —tres de mañana y tres de tarde— de cuatro horas cada uno, sin compartir ningún espacio ni profesor”, explica Bernard Bossous, miembro de la dirección pedagógica de la escuela. La ratio máxima, además, se reduce de más de 40 alumnos por aula a 33.
En la práctica, todo ello significa que los alumnos pasan de recibir diez horas lectivas semanales a 20. Y no solo aumenta el tiempo de enseñanza. También mejora su calidad porque se amplía el margen para impartir asignaturas como valores o conocimiento del medio sin tener que restar horas a las materias troncales de lectoescritura y matemáticas.
“Ahora sí podemos preparar a los niños para que tengan las mismas capacidades básicas que otro niño de Educación Primaria que sí tiene acceso a la educación pública por tener recursos económicos y documentos de identidad”, celebra Bossous. El objetivo es que, aunque no hayan pasado por la escuela pública, puedan acreditar unas competencias básicas que les permitan continuar su formación y acceder en el futuro a un módulo de grado medio.
El salto de calidad no se limita al alumnado. El nuevo centro abre también una oportunidad para seguir trabajando en la formación del profesorado local y en establecer ese “puente” entre el enfoque pedagógico europeo, que concibe al alumno como sujeto activo, y el modelo implantado en Angola, basado en la obediencia, el copiado y la prevención del castigo. “Intentamos que los profesores fomenten el desarrollo de competencias como el emprendimiento y la autonomía para que, desde pequeños, se enfrenten a esa hegemonía de la obediencia y pasividad del alumno, tratándolo como protagonista de su propio proceso de enseñanza aprendizaje y, por ende, de su vida”, explica el coordinador pedagógico.
La escuela como “epicentro del cambio”
Más allá de mejorar la calidad de la enseñanza, la nueva escuela de Mundo Orenda aspira a convertirse en “el epicentro del cambio de toda la comunidad”. El propósito es que “la escuela no sea solo un sitio donde son educados”, como explica Bernard, sino también un lugar donde los niños puedan cubrir algunas de sus necesidades más básicas. Entre ellas, la alimentación.
“La mayoría de ellos, con suerte, comen una vez al día, los índices de desnutrición son brutales, lo cual afecta directamente a la capacidad cognitiva”, explica este psicopedagogo sevillano. El siguiente paso del proyecto es poner en marcha un comedor escolar que garantice al menos un almuerzo equilibrado al día, una necesidad especialmente importante en un entorno marcado por la desnutrición
El otro objetivo es hacer de la escuela un motor para el desarrollo de la comunidad. Por eso, una de las cuatro aulas se destinará a actividades dirigidas no solo a los niños, sino también a los adultos: alfabetización para mayores, escuela de idiomas o un servicio de copistería, entre otras iniciativas. La idea es que pueda acoger pequeños negocios que, a su vez, generen puestos de trabajo para las familias del alumnado y, al mismo tiempo, contribuir a la sostenibilidad del propio proyecto.
Son los vértices de un proyecto que busca implicar a toda la comunidad a través de la escuela. “Tanto para los niños como para los padres y los profesores locales, la escuela no se percibe como una obligación, sino como un regalo y una oportunidad”, asegura Bossous. De ahí, añade, “su nivel de agradecimiento, felicidad e implicación”.
Todo ello tuvo su reflejo el día de la inauguración. Bernard, que este verano viajó a Angola para supervisar la puesta a punto del nuevo centro, recuerda aquella jornada como “todo un acontecimiento en el barrio”. Acudieron familias, alumnos, profesores, representantes de la Embajada española en Angola e incluso miembros de la constructora que levantó el edificio. “Fue una fiesta”, recuerda con el brillo en la mirada. Hubo música, baile y, sobre todo, “alegría, agradecimiento y esperanza por las ganas de vivir muchas cosas en el aula”.
Mucho más que una escuela
El valor de Soñando Alto va, sin embargo, trasciende las paredes del nuevo edificio. Este centro de alfabetización posibilita “ese acceso a la educación al niño que de ningún otro modo podría tenerlo”. Además, la escolarización de estos niños supone también un bálsamo de “tranquilidad” y garantía de “seguridad” para las familias. “Pueden descansar porque sus hijos ya no están horas en la calle corriendo peligro o haciendo cosas que no deben”, explica la directora de Mundo Orenda.
Al mismo tiempo, el enfoque innovador de este centro ofrece a los menores una experiencia capaz de transformar su relación con el aprendizaje. A través de canciones, lemas y un modelo pedagógico que busca implicarlos activamente, Mundo Orenda trabaja para generar en ellos un sentimiento de “pertenencia” y, sobre todo, de “amar la educación” y entender que ellos mismos “son el motor del cambio” de su comunidad, como reivindica Rebeca Herrera.
Esa capacidad de la educación para transformar la realidad es algo que José Luis Pérez conoce desde dos perspectivas muy distintas. Como director de un colegio en Sevilla y miembro de la dirección pedagógica de Soñando Alto, vive en primera persona “la diferencia abismal” entre las realidades educativas de un país y otro. “Mientras aquí hablamos de digitalización, de nuevas metodologías o de idiomas, allí el reto sigue siendo que una persona adulta aprenda a leer y escribir por primera vez”, explica. Aun así, a sus ojos esas realidades tan dispares “están profundamente conectadas”. “Ambas nos recuerdan que la educación es la herramienta más poderosa que tenemos para transformar una sociedad”, defiende.
Una escuela sostenida desde Sevilla
Llegar hasta aquí tampoco habría sido posible sin la implicación de los docentes voluntarios que acompañan el proyecto desde Sevilla. Rebeca Herrera califica de “éxito” haber logrado levantar las instalaciones inauguradas este verano porque son la mayor prueba de que el proyecto sigue latiendo con fuerza. Durante estos tres años, han librado “una lucha enorme para que el proyecto no muriese”, pero la confianza de Rebeca, el empuje de Bernard, el apoyo de los socios de Mundo Orenda y el compromiso de los docentes que se fueron sumando por el camino han ido regando el proyecto de la escuela, hasta lograr que siguiera creciendo y echando raíces.
Una de las dificultades a las que se enfrentaba una organización pequeña como Mundo Orenda es que trabajaba “sin contraparte local”, lo cual obligaba a mantener un contacto directo y continuo con el profesorado angoleño desde la distancia. Y ahí, explica Herrera, el voluntariado especializado ha sido fundamental. “El hecho de que el equipo pedagógico acompañe a los profesores locales en el día a día y atienda a las necesidades que van surgiendo en terreno es lo que ha permitido que el proyecto avance, progrese y llega hasta donde está llegando”, asegura la directora.
Bernard Bossous, José Luis Pérez y Leonor Romero forman parte de ese equipo pedagógico que se ha ido consolidando con el tiempo. A lo largo del año realizan al menos un viaje a Angola para conocer de primera mano la evolución de la escuela, trabajar junto a los profesores locales y supervisar las necesidades del proyecto. Un voluntariado especializado que, desde la distancia, se ha convertido en una pieza esencial para que aquella pequeña escuela haya crecido hasta sus cuatro aulas actuales.
Construir no es suficiente
Una vez inaugurado el nuevo centro, ahora comienza otro reto: mantenerlo y hacerlo crecer. “No es construir y ya está”, advierte Rebeca. A medida que el proyecto crece, también aumentan los costes y “las dificultades para sostenerlo”: sufragar el sueldo del profesorado, ampliar la jornada lectiva o incorporar nuevos servicios implica asumir gastos que antes no existían. Entre las nuevas necesidades está, por ejemplo, contratar un vigilante de seguridad para unas instalaciones que ya no son “un localcito”, sino “un espacio grande”.
Levantar el edificio ha obligado a Mundo Orenda a “doblegar esfuerzos” y llamar a muchas puertas en busca de nuevos colaboradores y distintas estrategias de recaudación. La construcción ha supuesto una inversión de unos 80.000 euros, sufragada gracias a las aportaciones de los socios, colaboradores y el apoyo de la Embajada española, que también colabora facilitando la logística sobre el terreno.
Ahora la organización necesita seguir sumando apoyos para garantizar la sostenibilidad del proyecto. Porque, construida la escuela, el desafío ahora es conseguir que ese espacio se llene de niños, profesores y sueños durante muchos años. Un camino que el equipo pedagógico de Soñando Alto afronta con la mirada puesta en acortar la distancia entre las dos realidades educativas que José Luis Pérez conoce de primera mano: “No se trata de igualar esas realidades de un día para otro, sino de avanzar poco a poco, paso a paso, sabiendo que cada persona que aprende a leer cambia también el futuro de quienes la rodean”.