San Jerónimo y la pedagogía de la escoba: cuando el ejemplo nace en el recreo
Caminar hacia el colegio García Lorca de San Jerónimo un miércoles frío de febrero es enfrentarse a un paisaje de contrastes que te obliga a mirar dos veces. Mientras cruzas hacia las calles con nombre de pez que dibujan los bloques de El Patronato, ese aire de abandono —de edificios de los años 50 que parecen suspirar bajo el sol— se te mete en la nariz. Al llegar a la calle del colegio, la paradoja es total: los operarios de LIPASAM acaban de pasar, el suelo brilla por un instante y los maceteros lucen arena recién echada. Sin embargo, antes de que el camión de limpieza doble la esquina, ya hay excrementos de perro sobre el abono de los árboles. Es ese incivismo el que Joaquina, Rosamaría y Marisa han decidido combatir.
Allí esperan las tres, con la energía de quien sabe que tiene una misión que no entiende de despachos. Paseando por estos bloques, entendieron que el barrio se estaba degradando por una desidia contagiosa. Empezaron bajo el paraguas de la asociación de Vecinos y Comerciantes de San Jerónimo, logrando que la fábrica Horse financiara la pintura de los bajos y nuevas antenas colectivas, pero sus caminos se bifurcaron. Los intereses de la directiva y los suyos dejaron de encajar y decidieron seguir solas. Se llevaron su idea y su compromiso bajo el brazo, aunque eso significara perder el pulmón financiero de la fábrica. Ahora, su único presupuesto es la voluntad.
La redacción de los “comunicadores”
Tras saludar a Patricia, la directora, en el aula de 2º de Primaria, la diversidad del barrio se aprecia en niños y niñas de todas las procedencias, con capacidades distintas y realidades familiares que se suponen complejas, pero todos unidos por una curiosidad que no cabe en el pupitre. Están listos para su salida del proyecto “Atrapa la KK”.
Las vecinas los dividen en grupos operativos: los exploradores, que marcan los excrementos con pintura roja; los aguadores, que rocían con vinagre y jabón el pis de los perros; y los comunicadores, que deberán explicar a sus vecinos qué es lo que deben hacer. Son un grupo variopinto que tiene una capacidad asombrosa para no callarse nada.
Una gymkana
Ya en la calle, la patrulla se despliega por las calles Corvina y Dorada. Para estos niños no es una tarea de limpieza; es una gymkana por el respeto. Se sienten importantes abordando a los vecinos que pasean con sus mascotas para entregarles bolsas de LIPASAM y explicarles, con una sonrisa que desarma, lo que deben hacer. No hay quejas contra el Ayuntamiento de Sevilla —ellas saben que el camión pasa igual que en el centro—, la guerra es contra el “yo a lo mío” del vecino de al lado.
Durante una parada estratégica en una frutería del barrio, los dueños miran entre sorprendidos y agradecidos mientras los niños les cuentan su hazaña, confiados en que esos fruteros se conviertan en los próximos altavoces de la campaña entre su clientela. Al volver al colegio, los niños están físicamente cansados, pero se van a casa con el orgullo de haber hecho algo real por su barrio.
El éxito de Joaquina, Rosamaría y Marisa no se mide en metros cuadrados pintados, sino en la semilla que han dejado en esa clase de segundo. Esta tarde, cuando esos niños vean a sus padres o abuelos sacar al perro, serán ellos los que les expliquen que un barrio humilde puede y debe ser un barrio educado. En San Jerónimo, la revolución no ha esperado a que llegue el dinero de arriba; ha empezado con un bote de pintura roja y el coraje de tres mujeres que prefirieron la escoba a la indiferencia.