ENTREVISTA Catedrática de Química y experta en menopausia
Adela Muñoz: “Ha habido una negación feroz de los beneficios del tratamiento para la menopausia”
El desabastecimiento de medicamentos hormonales para aliviar los síntomas de la menopausia mantiene en vilo a miles de mujeres que han visto interrumpidos sus tratamientos. Pero el problema deja al descubierto una realidad de fondo: cómo se ha tratado históricamente la salud de las mujeres en la menopausia. Así lo cree la catedrática de Química Inorgánica de la Universidad de Sevilla Adela Muñoz Páez, que apunta a cómo durante años el sistema sanitario y la sociedad “han minimizado y normalizado” síntomas asociados a esta etapa vital y que impactan directamente en la calidad de vida de las mujeres.
Autora de Postmenopausia. Todo lo que la ciencia sabe sobre el resto de tu vida (Debate), la experta cree que el “tabú” y el “silencio” han marcado el acceso a los tratamientos hormonales, aunque advierte “un avance” en los últimos años. “Si hay algo positivo en lo que está pasando es que se está poniendo el foco en la realidad que viven muchas mujeres y quizá termine de romperse el prejuicio que hay sobre estos fármacos”, asegura antes de apuntar a que “ahora lo primero” es que “la Administración y las farmacéuticas le pongan remedio” a un problema que también está afectando a las mujeres trans.
Las incidencias empezaron con el pulverizador de estradiol Lenzetto y después se ha producido un desabastecimiento en cadena de otros. ¿Qué supone para la vida de las mujeres que hacen uso de estos fármacos el haber visto que no pueden tener acceso a ellos de un día para otro?
Leía recientemente que para muchas mujeres los síntomas asociados a la menopausia se sienten como caer por un precipicio, así que supongo que estar mantenida por esta terapia hormonal y quitarla de manera abrupta significará una caída mucho más violenta. Faltan hormonas importantes que el cuerpo ha dejado de producir progresivamente, por lo que eliminar de golpe lo que palia esos efectos es muy agresivo.
La causa oficial del desabastecimiento es un problema con la fabricación del difusor de Lenzetto. ¿Hay otras cuestiones más de fondo que estén influyendo?
Se está demostrando que hay una población creciente de mujeres que está siguiendo estas terapias hormonales y ha superado el tabú. Antes ni se hablaba, había un silencio y una negación feroz de los posibles efectos beneficiosos y mucha parte del personal sanitario no ofrecía o desaconsejaba esta posibilidad. Creo que ha habido un avance en los últimos años y ver las noticias sobre el desabastecimiento es una muestra positiva de ello. Pero la salud de las mujeres y más aún de las viejas en menopausia ha estado a la cola e importa menos que la de los hombres. Lo que está pasando, que en otro ámbito podría ser clamoroso, parece que es algo secundario y no algo vital para muchas.
¿Por qué sí es relevante?
Hay muchas mujeres a las que los síntomas de diferentes tipos, algunos más visibles y otros menos, les alteran drásticamente su vida a muchos niveles: su día a día, su vida profesional y personal, su descanso, sus relaciones. Puede llegar a ser muy incapacitante. Esto convive, además, con una invisibilización y poca normalización: con los sofocos, por ejemplo, a pesar del malestar, es fácil que las mujeres tengan que aguantar bromas más o menos disimuladas como si fuera algo vergonzoso.
¿A qué atribuye ese tabú histórico sobre el tratamiento que mencionaba antes?
Fundamentalmente, a un estudio aleatorio que se hizo en 2002 en Estados Unidos con un elevado número de mujeres. Los resultados parciales demostraron una incidencia relativamente pequeña de cánceres de mama y de problemas cardiovasculares y se interrumpió. Sin embargo, lo que se buscaba era evaluar si la terapia reducía las enfermedades coronarias y la edad media de las mujeres era de 63 años, la mayoría con no muy buena salud. El estudio atrajo mucha atención mediática a nivel internacional con un enfoque alarmista y se difundió de forma sesgada asociando la terapia hormonal sustitutiva (THS) con el cáncer.
Con el tiempo, los científicos involucrados se fueron retractando de muchos de los resultados, pero en España hubo un parón y un silencio de dos décadas que se ha empezado a romper hace muy poco. Además, en su origen, en los años 60 en Estados Unidos, la terapia se empezó vendiendo como un remedio para que las mujeres estuvieran sexualmente al servicio del varón debido a que ayuda con los problemas sexuales derivados de la menopausia. Eso puso en contra a parte del movimiento feminista.
¿Entiende esas críticas?
Relativamente. También con las gafas para la presbicia estamos haciendo negocio a las ópticas, pero claro, yo prefiero ver bien.
Aún así la polémica y las opiniones polarizadas siguen marcando este asunto. ¿Qué nos dice hoy la evidencia científica sobre los riesgos y beneficios?
Hoy en día su uso está avalado porque provoca mejoras muy significativas y hay contraindicaciones en determinados grupos pero muy bien identificados. Por ejemplo, aquellas mujeres que han atravesado un cáncer hormonodependiente. Para nada hay una contraindicación masiva y la ventana en la cual se está prescribiendo, que es desde la transición menopáusica hasta diez años después, es muy segura en todos los ámbitos. Sobre todo, en la forma de aplicación transdérmica o vía pulverizador. La gran mayoría de mujeres que viven síntomas incapacitantes son susceptibles, siempre que hayan pasado los filtros, estudios, y tratamientos personalizados e individuales.
Durante años, muchas mujeres en menopausia han convivido con el insomnio, el cansancio o la niebla mental sin encontrar respuestas, como si fueran consecuencias inevitables de la edad. ¿Se minimiza este sufrimiento?
Sí. Muchas quejas, malestares, ansiedades e insomnios que muestran las mujeres en esta edad se abordan recetando ansiolíticos y somníferos. Hay una normalización de síntomas que, en realidad, están asociados a la menopausia pero de los que no se habla, no se informa o se relativiza como si fueran algo normal que hay que aguantar. El dolor en las mujeres se normaliza desde la regla, así que el hecho de que en menopausia tengan dolores articulares, insomnio o niebla mental parece que va en el lote. Y a veces se intenta solucionar con benzodiaceptinas sin pensar que estos síntomas requieren una explicación, un tratamiento hormonal o al menos una escucha.
La clave es entender todo el abanico de síntomas que hay asociados y que a veces pueden ser difusos. Esto es algo que desconcierta al personal sanitario y a las propias mujeres, que en muchas ocasiones no asocian lo que les está pasando a la menopausia y no encuentran respuestas. Compartir lo que nos pasa, sin por ello necesitar una medicación, ya supone un alivio.
Insiste mucho en la formación del personal sanitario. En su libro asegura que el estudio de esta etapa de las mujeres es muy reducido en la carrera de Medicina y también en la especialidad de Ginecología a pesar del tamaño de la población afectada y de que ocupa más de 30 años de la vida de las mujeres.
Sí, eso no se suele tener en cuenta y se reduce a una cuestión doméstica o privada como si fueran consecuencias inevitables de la edad, pero debería tratarse como un asunto de salud pública. La postmenopausia puede llegar a ser el periodo más largo de nuestra vida y ya empieza, en promedio, a ser más prolongado que la etapa fértil. Sin embargo, hay una carencia generalizada de formación entre el personal sanitario, incluso joven, muy grande. También falta de información. Por ejemplo, para la incontinencia urinaria puede ayudar la fisioterapia de suelo pélvico, pero apenas se habla de este síntoma y, por otro lado, no todo el mundo se puede permitir acudir a estos especialistas privados.
En el libro habla del desinterés del sistema sanitario frente a los problemas sexuales que vive una parte de las mujeres en la menopausia. Hay mucho menos problema en hablar de sofocos u osteoporosis, pero eso rara vez aparece en el relato público. ¿Se le hace poco caso?
Totalmente, hay un enorme tabú y de esto no se habla ni te informan, pero la caída de estrógenos puede provocar atrofia, sequedad, mucho dolor en las relaciones con penetración heterosexuales, bajada de la líbido... La sexualidad se ve afectada y eso puede tener consecuencias importantes. Entre las jóvenes creo que cada vez se habla más, afortunadamente.
Hay cosas que la ciencia ha descubierto sobre la menopausia, pero muchas otras quedan por saber. ¿Qué avances le parecen más prometedores?
Hay que hacer muchos más estudios. Los hay en marcha sobre la incidencia del deporte de fuerza, que es muy importante, o sobre la salud cardiovascular, alimentación, insomnio... Pero queda mucho porque son muchos los aspectos de la salud que se ven influenciados por la caída de estrógenos y para eso hacen falta equipos multidisciplinares. Sorprende, por ejemplo, la inmensa cantidad de estudios y de artículos periodísticos sobre la disfunción eréctil y la viagra comparado con la disfunción sexual femenina en la menopausia, a pesar de que la masculina es mucho más simple y el porcentaje de afectados es menor.