Baviera saca a la luz un mamut descuartizado por humanos y el hallazgo cambia la lectura de su desaparición
Perder una presa de varias toneladas podía significar semanas de comida desperdiciada. Cuando los grupos humanos cazaban mamuts, o encontraban un ejemplar muerto en condiciones aprovechables, la carne se repartía y se conservaba para alargar su consumo. Los colmillos y los huesos también tenían utilidad porque servían para fabricar objetos o estructuras.
Ese aprovechamiento integral respondía al enorme esfuerzo que exigía obtener recursos en paisajes fríos y con escasas oportunidades. La dimensión del animal permitía alimentar a muchas personas durante un periodo prolongado. Por esa razón, cada parte útil del mamut adquiría valor dentro de la supervivencia.
Las marcas en el tórax revelaron un despiece humano
Un estudio publicado en Journal of Archaeological Science: Reports ha permitido observar una situación relacionada con ese aprovechamiento gracias a los restos de un mamut hallados en Taimering, cerca de Ratisbona, en Baviera. La investigación concluye que el animal vivió durante uno de los momentos más fríos de la última glaciación y que seres humanos del Paleolítico manipularon su cadáver hace entre 27.000 y 25.000 años. El trabajo reúne datos arqueológicos, paleontológicos y ambientales obtenidos a partir de los huesos y de los sedimentos que los rodeaban.
Las pruebas más llamativas aparecieron en varias costillas. Kerstin Pasda, investigadora del Instituto de Prehistoria e Historia Temprana de la Universidad Friedrich-Alexander de Erlangen-Núremberg, examinó una serie de incisiones que corresponden al uso de herramientas de piedra. Todas esas marcas se concentran en la caja torácica y apuntan a que grupos paleolíticos descuartizaron el animal para obtener alimento. Una de las costillas incluso parece haber servido como superficie para cortar carne. Aun así, los investigadores no han podido determinar si aquellas personas mataron al mamut o si aprovecharon un cadáver que ya estaba allí.
La interpretación de esas huellas resulta más sólida porque el estado de conservación de los restos era extraordinario. Christoph Steinmann, responsable adjunto del patrimonio arqueológico en la Oficina Estatal Bávara para la Conservación de Monumentos, explicó que el colmillo y los huesos permanecieron durante milenios en un suelo húmedo que favoreció su preservación. Gracias a ello, muchas superficies conservaron detalles muy finos que permitieron estudiar tanto las alteraciones naturales como las producidas por la actividad humana.
Ese buen estado también ayudó a reconstruir la historia del animal. Los especialistas determinaron que todos los restos pertenecían a un único ejemplar de Mammuthus primigenius, un individuo joven que todavía no había completado su desarrollo y que alcanzaba unos tres metros de altura a la cruz. La ausencia de señales asociadas a largos desplazamientos por corrientes de agua o al ataque de depredadores llevó a los investigadores a pensar que murió muy cerca del lugar donde fue encontrado. Posteriormente quedó enterrado en los sedimentos de una charca o de un brazo lento conectado con el antiguo Danubio.
El polen dibujó una llanura abierta y helada
La información obtenida del entorno permitió ampliar la reconstrucción. Philipp Stojakowits, investigador de la Universidad de Augsburgo, analizó el polen conservado en los sedimentos y concluyó que la zona presentaba una vegetación abierta, dominada por hierbas y pequeños arbustos. Ese paisaje formaba parte de la llamada estepa de mamuts, una extensa franja sin bosques que ocupó grandes áreas de Eurasia durante el máximo glacial. Allí vivían grandes herbívoros que encontraban alimento en una vegetación capaz de prosperar pese al frío extremo.
El hallazgo destaca también por su rareza geográfica. Gertrud Rößner, paleontóloga de las Colecciones Estatales Bávaras de Historia Natural, recordó que los esqueletos de mamut son poco frecuentes en esa región. A ello se suma la escasez de pruebas sobre presencia humana en esa fase especialmente dura de la glaciación. Los arqueólogos Andreas Maier, de la Universidad de Colonia, y Thorsten Uthmeier, de la Universidad Friedrich-Alexander, señalaron que muchas comunidades de cazadores-recolectores se desplazaron hacia el sur y el este de Europa cuando las condiciones climáticas empeoraron.
El origen de todo estuvo en unas obras realizadas en 2020 en Taimering. Durante esos trabajos apareció un colmillo en espiral de casi 2,5 metros de longitud acompañado por más de 70 huesos y fragmentos óseos. Aquella excavación acabó proporcionando una de las mejores pruebas de que algunas personas siguieron ocupando partes de Europa central durante uno de los periodos más fríos de la Edad de Hielo.