La ciencia confirma el siniestro ritual de los entierros reales en el antiguo Egipto

Los reyes de la Primera Dinastía de Egipto dispusieron un entierro muy particular: en una tumba rodeada de numerosos enterramientos de funcionarios domésticos y artesanos, muchos de los cuales parecen haber tenido lugar al mismo tiempo. Un número sospechosamente alto de muertes simultáneas para los científicos, que les hacía sospechar que no había sido una disposición casual y que podía responder a sacrificios humanos. 

Era simplemente una sospecha que no se había podido confirmar, una hipótesis que había quedado encima de la mesa durante décadas. Ahora, una nueva investigación publicada en la revista Frontiers in Environmental Archaeology ha encontrado que los numerosos enterramientos agrupados alrededor de tumbas de la Primera Dinastía en Abidos (Egipto) revelan el sacrificio de miembros de la familia real tras la muerte de los reyes.

Ese hallazgo ha sido posible gracias a una reevaluación de una muestra de cráneos del yacimiento. Pero, ¿por qué ahora sí? La diferencia ha radicado en la utilización de métodos forenses modernos. A partir de su uso, se ha llegado a la conclusión de que al menos el 39 % de estos individuos podrían haber sido asesinados deliberadamente con golpes en la cabeza.

Sacrificios funerarios

Los complejos funerarios de Abidos fueron construidos alrededor del año 3000 a. C. por los primeros reyes de un Egipto unificado. Además de las tumbas reales, los complejos constaban de tumbas de cámara y recintos probablemente utilizados para rituales funerarios, así como enterramientos secundarios que rodeaban las tumbas y los recintos.

Esa disposición siempre había llamado la atención de los científicos. En concreto, las que son objeto de estudio fueron excavadas en la década de 1920 por Flinders Petrie, quien sospechaba que tantas personas no podían haber muerto simultáneamente por causas naturales. 

La sospecha tenía fundamento. La enorme cantidad de tumbas secundarias —algunos entierros están rodeados por cientos— hizo que Petrie sospechara que los entierros reflejaban sacrificios de sirvientes. Sin embargo, el experto no encontró pruebas que corroboran la existencia de heridas mortales. 

De ese hilo tiró Roselyn Campbell, de la Universidad de Purdue y autora del artículo. Con una tecnología forense más avanzada, la científica reexaminó 46 cráneos que presentaban indicios de traumatismo craneal significativo: fracturas lineales que Petrie parece haber confundido con daños de origen natural. En 18 de ellos, encontró traumatismos por objetos punzantes, incluyendo una herida por corte en el ojo de un individuo.

“Este estudio demuestra cuánta información nueva sobre el pasado se puede revelar cuando revisamos datos anteriores con métodos y conocimientos actualizados, incluso en el caso de conjuntos de datos incompletos e imperfectos como este”, concluye Campbell.