Una tumba de Luxor llena de momias superpuestas revela cómo cambiaron los entierros en el antiguo Egipto

Momias seleccionadas de SC3 (TT 209) que ilustran la variabilidad en la orientación y la posición de las extremidades superiores.

Ada Sanuy

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Una pequeña cámara funeraria de Luxor, Egipto, ha permitido reconstruir cómo cambió la manera de enterrar a los muertos en Tebas durante varios siglos. El análisis de la Cámara Lateral 3 de la Tumba Tebana 209 documenta 16 individuos humanos y un cánido momificado conservados en posición primaria o parcialmente primaria, además de un depósito secundario con restos de al menos otras cuatro personas. La secuencia abarca desde la dinastía XXV hasta época ptolemaica. Los enterramientos más antiguos aparecen relativamente separados, depositados en ataúdes y distribuidos en sectores diferentes.

A partir de finales de la dinastía XXV, sin embargo, comenzaron a introducirse nuevos cuerpos en zonas ya ocupadas. Durante los periodos persa y ptolemaico esta dinámica se intensificó hasta configurar un sistema denso de superposiciones. Para los autores, el proceso no refleja una pérdida del orden funerario, sino un cambio de lógica: cada nueva deposición pasó a quedar condicionada por los restos y estructuras que ya ocupaban físicamente la estancia.

La investigación, publicada en Frontiers in Environmental Archaeology por Jared Carballo-Pérez y Miguel Ángel Molinero Polo, emplea un análisis arqueotanatológico que combina la posición de los cuerpos, sus relaciones anatómicas, el uso de ataúdes, los objetos asociados y la estratigrafía para reconstruir el orden de las deposiciones. La reutilización de tumbas fue un fenómeno importante en Tebas durante el primer milenio a.C. y durante mucho tiempo tendió a explicarse por factores económicos o por las dificultades para construir nuevos sepulcros. El estudio parte de una interpretación más compleja: estos espacios pudieron ser reocupados sucesivamente como consecuencia de transformaciones en las prácticas funerarias, en la inversión material destinada a los muertos y en la forma de utilizar monumentos preexistentes. La Tumba Tebana 209 permite observar esa evolución a pequeña escala y durante un periodo prolongado.

Ubicación y plano de la tumba tebana 209 (TT 209).

De las sepulturas separadas a la acumulación vertical

Las fases más antiguas muestran una organización claramente diferenciada. Dos momias masculinas fueron depositadas en el sector oriental de la cámara y otras dos femeninas en el suroccidental, todas ellas en ataúdes y en áreas espacialmente delimitadas; otro individuo posterior mantuvo todavía ese patrón individualizado. Los investigadores advierten de que la muestra es demasiado pequeña para interpretar esta primera distribución como una separación deliberada por sexo, aunque sí constatan que los depósitos iniciales mantenían una disposición más segregada. A partir de fases posteriores, personas de diferentes edades y sexos comenzaron a compartir los mismos espacios y las unidades funerarias fueron perdiendo parte de aquella delimitación inicial.

El cambio resulta especialmente visible en el sureste de la estancia. Allí, una momia fue depositada directamente sobre otra, dos individuos formaron una acumulación muy estrecha y un cánido momificado quedó colocado sobre sus extremidades inferiores. Las deposiciones posteriores continuaron utilizando esa misma zona y generaron nuevas relaciones verticales entre cuerpos. Al menos seis de los nueve depósitos funerarios identificados presentan superposiciones claras, frente a los más antiguos, que no muestran contacto directo con fases precedentes. Los autores plantean que algunos cadáveres o estructuras de ataúdes todavía podían ser perceptibles cuando llegaron los siguientes difuntos y que su presencia condicionó el espacio disponible. La altura actual tampoco reproduce necesariamente la original: la degradación y el colapso de ataúdes, vendas, tejidos y sedimentos hicieron descender progresivamente parte de las acumulaciones.

Plano esquemático de SC3 en TT 209 que muestra la distribución espacial aproximada de los depósitos funerarios (FD).

Cuando el ataúd dejó de organizar cada entierro

La evolución de los féretros ofrece otra de las claves del cambio funerario. En las primeras fases, el ataúd funcionaba como una unidad estrechamente ligada a cada persona: delimitaba el cadáver, contribuía a mantener su disposición y organizaba los objetos asociados. Esa relación se volvió más compleja en los niveles intermedios. Algunos individuos quedaron depositados sobre estructuras pertenecientes a entierros anteriores y se documentaron casos en los que un ataúd se encontraba encima de otro que todavía contenía una momia. En las fases superiores ya no aparece una evidencia clara de féretros, y los nuevos cuerpos se acomodaron a una topografía marcada por deposiciones previas, sedimentos y elementos arquitectónicos.

Eso no significa que el ataúd perdiera necesariamente su importancia simbólica. El trabajo se limita a analizar su papel observable como elemento encargado de organizar físicamente cada sepultura y concluye que esa función se debilitó con el tiempo. Desde las fases probablemente persas, los féretros dejaron de definir de manera tan clara unidades funerarias independientes y quedaron integrados en configuraciones cada vez más densas. Los autores relacionan esta transformación con procesos más amplios documentados en los sistemas funerarios tebanos del primer milenio a.C., cuando la reutilización de tumbas y el aumento de las deposiciones modificaron la relación entre cada difunto y el espacio que ocupaba. En la Cámara Lateral 3, fueron los cuerpos anteriores, los sedimentos y las propias estructuras de la estancia los que acabaron marcando dónde podían colocarse los siguientes.

Una cámara transformada durante siglos

La Tumba Tebana 209 se encuentra en la vertiente norte del Wadi Hatasun, dentro del sector de Asasif Sur de la necrópolis occidental de Tebas, y probablemente fue construida durante los primeros momentos de la dinastía XXV. Las evidencias arqueológicas y prosopográficas identifican como propietario original a Nisemro, un alto funcionario de origen nubio, mientras que la arquitectura combina elementos funerarios egipcios y kushitas. La cámara estudiada forma parte de uno de los ejes secundarios del monumento, mide aproximadamente 5,10 por 3,15 metros y resulta especialmente valiosa porque quedó al margen de las intervenciones que alteraron otras áreas de la tumba a comienzos del siglo XX. Esa conservación permite analizar con mayor precisión la sucesión de usos funerarios.

La disposición que encontraron los arqueólogos tampoco responde únicamente a las decisiones tomadas al depositar a los muertos. La tumba se encuentra dentro de un canal activo de drenaje del wadi y estuvo sometida repetidamente a inundaciones que introdujeron agua y sedimentos, desplazaron materiales y transformaron los niveles interiores. A ello se suman el depósito secundario alterado térmicamente y otros procesos de intrusión y redeposición. Pese a esas modificaciones posteriores, el análisis permite reconocer una transformación gradual desde sepulturas relativamente individualizadas hasta un espacio funerario acumulativo y reutilizado durante siglos. La cámara no se convirtió simplemente en un lugar caótico: cada nueva intervención reorganizó unas condiciones materiales heredadas sin borrar por completo lo anterior. Esa persistencia de cuerpos, objetos, sedimentos y estructuras es precisamente la que permitió que la propia tumba acabara funcionando como el principal marco de organización de los enterramientos posteriores.

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