¿Cómo logró Egipto construir un imperio? La respuesta está en un ejército que cambió la región

Los primeros gobernantes contaron con recursos más modestos

Héctor Farrés

21 de junio de 2026 11:44 h

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El palacio podía tener graneros llenos, cobrar tributos y celebrar ceremonias, pero todo eso servía de poco si el reino no tenía soldados preparados para defenderlo. Los faraones comprendieron esa necesidad cuando vieron que una frontera podía volverse peligrosa, que una provincia podía intentar separarse o que un rival podía reunir hombres armados. En ese momento, gobernar exigía algo más que una autoridad simbólica: hacía falta una fuerza organizada, rápida y obediente.

Esa decisión fue importante porque la defensa dejó de depender de medidas improvisadas y pasó a formar parte de la organización permanente del Estado, algo fundamental para conservar el poder y mantener unido el territorio.

Egipto creó una fuerza profesional tras varias crisis internas

Egipto pasó de una defensa limitada a la necesidad de contar con un ejército instruido y numeroso cuando las crisis internas mostraron que el poder del faraón podía quebrarse. Según Joshua J. Mark, la guerra egipcia evolucionó desde levas de reclutas en los primeros periodos hasta una fuerza profesional permanente durante el Reino Medio y, después, hasta el gran ejército y la marina del Reino Nuevo. Ese cambio respondió primero a la obligación de contener tensiones separatistas y más tarde permitió lanzar campañas fuera del valle del Nilo.

Durante el Reino Medio, los faraones reforzaron el aparato militar con reclutamiento obligatorio, oficiales formados y una presencia mayor de mercenarios extranjeros. Las fortalezas de Buhen y Semna vigilaban la frontera nubia, mientras el Muro del Príncipe y varios fuertes del Sinaí protegían el delta oriental y las rutas comerciales.

Marc van de Mieroop, egiptólogo, subraya que el ejército ya ofrecía una carrera a hombres ambiciosos y que su papel social creció respecto al Reino Antiguo: “El ejército proporcionaba una salida para que los hombres ambiciosos hicieran carrera”.

Los hicsos transformaron la manera egipcia de combatir

La invasión de los hicsos hacia 1.650 a.C. cambió la manera egipcia de hacer la guerra. Aquellos gobernantes llegados del este utilizaron carros tirados por caballos y el arco compuesto, armas que superaban a las defensas tradicionales.

Barbara Watterson atribuyó a ese contacto una renovación decisiva del armamento egipcio: “Los hicsos introdujeron a los egipcios en el carro de guerra tirado por caballos”. Tras su expulsión, los faraones del Reino Nuevo extendieron las fronteras como zona de protección y adoptaron carros, caballos, arcos de mayor alcance y armas de bronce.

Tutmosis III llevó esa transformación a su máxima expresión con quince campañas victoriosas, entre ellas Megido, en 1.479 a.C., donde sometió a una coalición cananea y obtuvo un enorme botín de carros, caballos, armaduras y metales preciosos.

Horemheb reforzó después el peso político del ejército, que pasó a formar parte de la élite junto a la familia real, los altos funcionarios y los sacerdotes. Esa fuerza militar también vigilaba el interior del país en tiempos de paz, sobre todo a gobernadores alejados de la capital.

Ramsés II heredó un ejército capaz de combatir lejos del Nilo y lo utilizó contra los hititas en Qadesh, en 1.274 a.C. La propaganda egipcia presentó aquel choque como una victoria, aunque los estudios modernos lo consideran un empate. Toby Wilkinson muestra que la ciudad de Pi-Ramsés también tenía una función militar profunda, porque allí se fabricaban armas y se cuidaba el cuerpo de carros: “Uno de los edificios más grandes era una enorme fundición de bronce cuyos cientos de trabajadores pasaban los días fabricando armamento”.

Los ataques marítimos obligaron a reforzar la flota

La amenaza marítima obligó a reforzar otra rama del ejército. Ramsés II, Merenptah y Ramsés III se enfrentaron a los Pueblos del Mar, y Egipto resistió una presión que hundió a otros reinos de Oriente Próximo. La marina egipcia intimidaba a invasores y transportaba tropas con rapidez, aunque sus combates seguían dependiendo de soldados de tierra embarcados. Ramsés II también incorporó vencidos como mercenarios y colocó a hijos y parientes al frente de unidades selectas para asegurar la fidelidad.

En los primeros tiempos, esa potencia militar habría parecido improbable. El desierto protegía Egipto por el este y el oeste, el Nilo facilitaba el transporte y los enemigos habituales eran nómadas libios o nubios fáciles de rechazar.

Narmer aparece en la tradición como primer gran monarca guerrero, aunque Mark recuerda que la Paleta de Narmer se interpreta hoy como una representación simbólica de la unión del país. Margaret Bunson describe a los soldados antiguos con armas sencillas, arcos, flechas, mazas y escudos de piel.

El declive político redujo la eficacia de las fuerzas armadas

La decadencia llegó cuando el poder faraónico perdió fuerza y el ejército dejó de tener un Estado capaz de mantenerlo. Tras Ramsés III, el Imperio Nuevo se fragmentó, la marina quedó por detrás de griegos y fenicios, y las armas de hierro favorecieron a potencias mejor organizadas.

Los asirios invadieron Egipto en 671 a.C. y 666 a.C.; los persas lo hicieron en 525 a.C. Aunque el ejército egipcio llegó a tener hierro y caballería, ya no recuperó la eficacia que había alcanzado cuando el faraón, los mandos y la administración actuaban en una misma dirección.

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