De Alemania a Australia en canoa y 50.000 kilómetros después: pocas aventuras se acercan a esta hazaña
El casco cargado de agua convierte cualquier travesía en una prueba seria, aunque el río parezca tranquilo y el tiempo acompañe. En 100 kilómetros, una canoa puede hundirse si entra agua de forma continua, si la carga queda mal repartida, si el oleaje golpea de lado o si una maniobra obliga a corregir tarde. También afecta el cansancio, porque remar durante horas reduce reflejos y hace más fácil tomar una mala decisión.
El riesgo baja mucho con si se lleva un chaleco, compartimentos estancos, con revisión del casco, peso bien sujeto y paradas pensadas, pero nunca desaparece del todo. En recorridos largos, la seguridad depende tanto de la embarcación como de la paciencia con la que se lee cada tramo antes de avanzar.
Los contratiempos dejaron al expedicionario al límite
Oskar Speck llevó esa fragilidad a una escala difícil de creer. Según el Maritime Heritage Association Journal, este aventurero había nacido en 1907 cerca de Hamburgo, y en septiembre de 1939 llegó contra todo pronóstico al estrecho de Torres, en Australia, después de recorrer más de 50.000 kilómetros desde Alemania en una canoa plegable. El viaje había empezado siete años y cuatro meses antes, con ríos, costas, trayectos por tierra y muchos pasos donde la embarcación parecía pensada para otro tipo de aventura.
La ruta se torció pronto por los permisos. Speck quiso pasar por el canal de Suez, pero la autorización fue denegada, así que trasladó la canoa por tierra hasta Siria y entró en el Éufrates. Vanity Fair describió aquel tramo como una zona tan árida que encontrar comida y agua llegó a ser un problema serio. Durante 14 días, Speck no vio a ninguna persona y sobrevivió con dátiles de las orillas.
Después, unos vientos fuertes lo dejaron una semana en una isla pequeña junto a un cadáver en descomposición, y el robo de su embarcación lo dejó casi sin nada hasta que recuperó la canoa tras pagar un soborno a policías corruptos.
La crisis empujó al alemán a marcharse del país
El impulso inicial había nacido de una vida golpeada por la crisis. En la entrevista que concedió en 1987 a la periodista Margot Cuthill, de SBS, Speck describió la Alemania de su juventud como “catastrófica”. Había dejado la escuela a los 14 años y, como millones de alemanes, se quedó sin trabajo durante la Gran Depresión.
Su salida unía dos intereses, la geología y el kayak, porque pensaba llegar a Chipre para trabajar en minas de cobre. La canoa le ofrecía una vía barata para marcharse, aunque había un detalle grave en cualquier travesía: Speck no sabía nadar.
El avance por Asia fue bastante duro y con varios parones En el Golfo Pérsico bordeó la costa del actual Irán, sufrió malaria y tuvo que detenerse hasta recuperarse. Luego siguió hacia el actual Pakistán, rodeó el extremo sur de India, pasó por Ceilán, hoy Sri Lanka, y cruzó la bahía de Bengala.
Cuthill contó que muchos pueblos lo recibían con comida y cobijo, y que a menudo sacrificaban un pollo en su honor. En la canoa llevaba cocos, latas de sardinas, carne en conserva y leche condensada, que bebía mientras remaba. El cansancio también le deformaba las manos, que tardaban en soltarse del remo al parar por la noche.
Antes de todo eso, el viaje había tenido un comienzo casi improvisado. Speck se subió a un autobús desde Hamburgo hasta Ulm y empezó a remar por el Danubio hacia Yugoslavia. La canoa, llamada Sonnenschein, era un faltboot, una embarcación plegable de madera ligera, caucho laminado y lona. En su conversación con Cuthill, Speck recordó el momento en que decidió cambiar de ruta: “Entonces el Danubio empezó a aburrirme y había oído que nadie había navegado nunca por el Vardar en Macedonia”.
Llegó a Tesalónica, aprendió que ese tipo de canoas no estaba hecho para el mar y, ya en Chipre, abandonó la idea de las minas. Al Australasian Post le explicó realmente lo que buscaba: “Quería mucho más poder hacer un viaje en kayak que pasara a la historia”.
La guerra alcanzó a Speck antes de tocar Australia. Penny Cuthbert, conservadora del Australian National Maritime Museum, señaló que su primer gran cruce marítimo lo llevó hasta Siria tras dos días sin dormir. Años después, al llegar a Birmania, hoy Myanmar, su familia quería que volviera a la Alemania nazi, donde el régimen ya se rearmaba. Él siguió por Tailandia, Malasia e Indonesia.
En Lakor fue atacado por vecinos armados con cuchillos y machetes, quedó atado con piel de búfalo y perdió parte de sus pertenencias, aunque logró escapar y volver a Surabaya para recibir atención médica. Más tarde rodeó Nueva Guinea entre rompientes, tiburones y cocodrilos. Bill O'Donnell, que tenía diez años cuando Speck llegó a Samarai, recordó en ABC Radio National's Rewind que aquella noche oyó por primera vez un discurso de Hitler por radio mientras el viajero parecía poco interesado.
Australia retuvo a Speck antes de su nueva vida
La llegada no tuvo grandes celebraciones pese a toda la odisea hecha en canoa. En Saibai, tres policías australianos lo felicitaron y después lo detuvieron porque Australia estaba en guerra con Alemania. Speck recordó ante Cuthill el trato de aquellos agentes: “Fueron muy amables y muy educados, pero fui declarado prisionero de guerra”.
Pasó por Thursday Island, Brisbane, Tatura y Loveday, donde aprendió a cortar ópalo. Tras ser liberado en enero de 1946, se quedó en Australia, trabajó en Lightning Ridge y acabó como tratante de ópalo. Murió en 1993, a los 86 años, a causa de una larga enfermedad. En su última carta a su hermana Greta dejó una aceptación de aquella vida casi desconocida: “Estoy satisfecho”.
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