Estas construcciones, de entre 10 y 20 metros de diámetro, se idearon hace siglos para proteger las colmenas del ataque de osos
En los montes del occidente de Asturias, y extendiéndose hacia las tierras limítrofes de León y Galicia, uno puede observar una serie de cortinos, guardianes de piedra de una tradición milenaria que aún hoy asombra por su ingenio. Estas construcciones, circulares u ovaladas y que en sus ejemplares más imponentes pueden alcanzar diámetros de entre diez y veinte metros, representan una de las muestras más singulares de la arquitectura popular ligada a la apicultura tradicional. Su presencia en el paisaje no es casual, sino el resultado de una necesidad vital para los antiguos pobladores de estas zonas de montaña que dependían de la miel para su subsistencia. Conocidos también como albares o alvarizas en Galicia, estos recintos de mampostería han servido durante siglos para proteger las colmenas del asedio constante de la fauna salvaje.
Es en Asturias donde se encuentra la mayor densidad y riqueza tipológica de estas fortalezas defensivas, únicas en el mundo por su diseño y funcionalidad. La técnica constructiva de un cortín seguía principios arquitectónicos muy precisos destinados a garantizar la seguridad absoluta de los enjambres frente a los depredadores más fuertes y persistentes del entorno montañoso. Los muros, levantados habitualmente mediante la técnica de piedra seca sin argamasa, suelen estar rematados por un característico alero de grandes losas de pizarra que sobresale hacia el exterior de la estructura. Este diseño cumple una función defensiva crítica: impedir que el oso pardo, a pesar de su gran fuerza física y habilidad para la escalada, sea capaz de superar el borde superior y acceder al interior del recinto. Con alturas que pueden llegar a superar los tres metros, estas estructuras cierran un espacio seguro donde el apicultor tradicional, conocido como abeyeiro, depositaba sus antiguos trobos o colmenas.
La robustez de la mampostería no solo ofrece una protección física contra animales, sino que también actúa como una barrera efectiva frente a posibles incendios o robos en el monte. El emplazamiento de cada cortín era una decisión estratégica que requería un conocimiento profundo del entorno natural y de las necesidades biológicas de las abejas para garantizar una buena producción de miel. Se seleccionaban cuidadosamente laderas con una orientación preferente al mediodía para aprovechar al máximo la insolación y el calor del sol durante todas las estaciones del año. Resultaba fundamental que la ubicación estuviera resguardada de los vientos dominantes y fríos del norte, conocidos localmente en la zona como nordés o gallego. Además, se buscaba siempre la cercanía de un curso de agua constante y la abundancia de flora melífera de calidad, especialmente de uces o brezos, que proporcionan el alimento necesario. Antes de iniciar la costosa tarea de la edificación, se solían realizar estudios previos de viabilidad para comprobar si las colmenas prosperaban adecuadamente en ese lugar concreto de la montaña.
Una de las características más distintivas de los cortinos es su adaptación inteligente a la topografía local, aprovechando la fuerte pendiente natural de las laderas para organizar el espacio interior de forma eficiente. En su interior, el desnivel del terreno se organiza mediante una sucesión de rellanos o repisas escalonadas sobre las cuales se asientan ordenadamente las filas de colmenas. Esta disposición no solo optimiza el espacio disponible, permitiendo albergar por término medio entre 30 y 40 colmenas, sino que facilita enormemente el vuelo de los insectos. Al estar situadas a diferentes alturas, la entrada y salida de las abejas se produce sin interferencias entre las diferentes familias, lo que maximiza la eficiencia de la polinización en el entorno. El suelo en pendiente también asegura que la luz del sol incida directamente sobre cada una de las colmenas, evitando las sombras proyectadas por los altos muros perimetrales.
El acceso a estas estructuras defensivas solía ser deliberadamente difícil para evitar cualquier tipo de intrusión externa, por lo que muchos cortinos carecían originalmente de una puerta de entrada convencional. Los apicultores utilizaban escalas o escaleras de mano para saltar el muro y descender al interior, lo que constituía una medida de seguridad adicional contra el oso pardo. En las zonas donde sí existen puertas, estas suelen ser de madera reforzada, aunque en ocasiones han resultado insuficientes ante la gran fuerza y persistencia del úrsido. Se han documentado casos reales donde el animal, motivado por el aroma de la miel y la necesidad de proteínas, ha logrado destrozar los accesos para alimentarse de los cuadros de cría de las abejas. Por esta razón, en la actualidad algunos propietarios han optado por instalar pastores eléctricos o puertas metálicas modernas para reforzar la defensa de sus colmenares.
Desde un punto de vista social y económico, la propiedad de un cortín reflejaba históricamente la estructura de las comunidades rurales en el suroccidente asturiano y leonés. Debido al elevado coste y al enorme esfuerzo físico que suponía su construcción en zonas remotas, solo las familias más acomodadas de la zona podían permitirse poseer varios de ellos. La mayoría de los campesinos contaba con un único recinto para sus abejas, y en muchos casos, la propiedad era compartida entre varias personas menos pudientes para dividir los gastos. El oficio de abeyeiro era una labor ancestral que se basaba en un profundo respeto por el animal y en el conocimiento de su papel fundamental para el medio ambiente. Esta apicultura extensiva garantizaba la polinización de toda la cobertura vegetal del lugar, convirtiéndose en un pilar esencial para la conservación de la biodiversidad en las montañas.
Abandono y reconstrucción
A pesar de su excelente diseño a prueba de osos, el paso del tiempo y los cambios en los modelos de producción apícola han puesto en serio peligro este valioso patrimonio arquitectónico tradicional. La mayoría de los colmenares antiguos se encuentran hoy en un preocupante estado de abandono, siendo engullidos poco a poco por la vegetación o reducidos a simples montones de piedras. El cambio hacia prácticas industriales más modernas y el progresivo despoblamiento de las zonas de alta montaña han dejado a estas estructuras sin su función productiva original. Muchos de los cortinos que salpican las laderas son ahora cilindros de piedra maltrechos, con sus antiguos trobos de madera convertidos en restos inertes que el tiempo desintegra. De los aproximadamente mil que se han llegado a inventariar, solo una pequeña parte conserva todavía su estructura íntegra y continúa en uso activo.
En los últimos años, han surgido diversas iniciativas y proyectos para recuperar estas joyas de la arquitectura popular y devolverles su papel vital en el ecosistema de la cordillera cantábrica. Acuerdos de custodia del territorio han permitido la reconstrucción de cortinos que llevaban más de medio siglo derruidos, como ha sucedido recientemente en el valle de Villarmeirín en Ibias. Estas labores de rehabilitación no solo preservan la historia local, sino que contribuyen directamente a la mejora del hábitat de especies vulnerables como el urogallo y el propio oso pardo. Al poblar nuevamente estos muros de piedra con abejas, se fomenta un modelo de apicultura sostenible que beneficia la regeneración de los bosques mediante la polinización constante. El esfuerzo conjunto de asociaciones y empresas busca poner en valor un oficio milenario que es parte indisoluble de la identidad de la región.