Construido en una cueva romana, este museo arqueológico alberga el documento escrito más antiguo que se conserva en la península

Alberto Gómez

10 de julio de 2026 10:30 h

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En el casco antiguo de Almuñécar, en la provincia de Granada, se encuentra el que muchos expertos consideran un tesoro de la ingeniería romana. Se trata de la Cueva de los Siete Palacios, un complejo abovedado que hoy alberga el Museo Arqueológico Municipal de la ciudad. Este espacio singular no es una cueva natural, sino un criptopórtico construido en el siglo I d.C. para ganar terreno a la colina. El ingenio de los arquitectos de Sexi permitió crear una gran plataforma artificial para sustentar el foro y el templo de Minerva.

La estructura se compone de una imponente bóveda central atravesada por otras siete menores, configuración que otorga nombre al monumento actual. Estos sótanos de mampostería servían originalmente como subconstrucciones necesarias ante la escasez de espacio llano en la cresta del cerro. A lo largo de los siglos, la población local bautizó estos recintos como cuevas, llegando incluso a ser habitadas en épocas más recientes. El recinto está catalogado actualmente como un Bien de Interés Cultural por su excelente estado de conservación y su gran valor arquitectónico.

Dentro de sus muros de piedra se custodian vestigios de las culturas que han poblado esta zona de la costa andaluza, desde fenicios hasta los árabes. Sin embargo, hay una pieza que brilla con luz propia en la vitrina número tres y atrae a expertos internacionales por su gran rareza. Se trata del vaso canopo del faraón Apofis I, un recipiente de lujo esculpido en un solo bloque de mármol con una precisión asombrosa. Este objeto no solo es una obra de arte, sino que constituye el documento escrito más antiguo que se conserva hoy en día en la península.

El faraón Aauserre Apofis I perteneció a la dinastía XV de los Hicsos y reinó en el antiguo Egipto durante cuarenta años en el siglo XVI. El vaso cinerario presenta inscripciones jeroglíficas en su embocadura y el sello real grabado en su cuerpo que confirman su noble origen. El texto menciona al dios bueno y al rey del Alto y Bajo Egipto junto a la hermana real Charudyet, dotando a la pieza de un aura mística. Originalmente, estos recipientes se utilizaban para albergar las vísceras del difunto tras el proceso de momificación real.

Y lo que muchos se preguntan es: ¿cómo llegó un objeto tan sagrado de las orillas del Nilo hasta la antigua Sexi? Los historiadores plantean diversas teorías fascinantes. Se cree que el vaso pudo viajar por el Mediterráneo de la mano de los navegantes fenicios entre los siglos VIII y VI a.C. Pudo ser transportado como un objeto de lujo para el comercio lícito o quizás fue fruto del expolio de las antiguas necrópolis egipcias. Lo más probable es que formara parte del ajuar de la necrópolis de Laurita, situada en el Cerro de San Cristóbal, junto al mar azul.

La historia moderna de esta joya es tan sorprendente como su origen, pues estuvo oculta a la vista de los arqueólogos durante décadas. A mediados del siglo XX, la pieza se encontraba en un cortijo de Almuñécar siendo utilizada para una función totalmente inesperada. La urna que una vez contuvo los restos de un faraón servía como un simple bebedero de animales en una cuadra ante el desconocimiento local. No fue hasta los años setenta cuando el profesor Antonio Ruiz la identificó y avisó al prestigioso egiptólogo francés Jean Leclant.

De Granada a Nueva York

La relevancia del vaso de Apofis I ha trascendido las fronteras de España, llegando a despertar el interés de las instituciones más grandes. En fechas recientes, la pieza fue cedida en préstamo al prestigioso Museo Metropolitano de Arte de Nueva York para una muestra única. Formó parte de la exposición denominada “De Asiria a Iberia en los albores de la época clásica” junto a piezas como el Carambolo. Este viaje a la ciudad de los rascacielos confirmó el potencial de la ciudad de Almuñécar como un destino cultural de primer orden a nivel mundial.

Hoy, el Museo Arqueológico Cueva de Siete Palacios invita a expertos y neófitos a descubrir este y otros enigmas que esconden sus milenarias vitrinas. La visita permite recorrer un espacio donde la arquitectura romana se fusiona con el arte egipcio y el legado de los antiguos fenicios. Ubicado en el barrio de San Miguel, el museo abre sus puertas de martes a domingo para deleite de los amantes de la arqueología viva. Es una oportunidad única para contemplar el texto más antiguo de la península en un entorno que respira la historia de todas las culturas.