Construido en el siglo XIII, este castillo fue paso de rebaños trashumantes y de peregrinos y su pozo aguarda una leyenda

El histórico castillo de Montemayor del Río, también conocido popularmente como castillo del Paraíso o castillo de San Vicente, se puede observar en el cerro sobre el que se asienta esta villa salmantina, en plena comarca de la Sierra de Béjar. El origen de esta imponente fortaleza medieval se remonta al siglo XIII, cuando se inició su edificación sobre los restos de una estructura fortificada anterior. La construcción comenzó bajo el mandato del infante don Pedro, hijo del rey Alfonso X el Sabio y primer señor de Montemayor y de sus tierras. Esta gran edificación permaneció vinculada a dicho señorío feudal durante las siguientes centurias, aunque el conjunto arquitectónico actual se terminó de definir y consolidar a lo largo de los siglos XIV y XV.

La relevancia de este fuerte militar se basó de forma primordial en su privilegiada situación física y estratégica en la zona fronteriza. Desde lo alto de su cerro, el baluarte ejercía una rigurosa labor de vigilancia y control sobre el paso natural que comunica la meseta norte con las tierras de Extremadura. De este modo, la fortaleza se convirtió en un guardián de primer orden para supervisar el tránsito entre los antiguos reinos de León y Castilla y el territorio extremeño. Desde la época romana, este enclave fue clave para proteger y dominar la famosa Vía de la Plata, así como la cañada ganadera de la Mesta y la calzada adyacente.

El castillo fue un mudo testigo del constante fluir de gentes, mercancías y culturas a lo largo de la Edad Media. Por sus inmediaciones discurrían los rebaños trashumantes de la Mesta, que buscaban pastos más templados, y numerosos peregrinos que avanzaban con fe en su viaje hacia Santiago de Compostela. Para acceder al núcleo de la población y continuar su camino hacia Extremadura, el ganado y los comerciantes debían cruzar el río Cuerpo de Hombre. Este paso se realizaba a través de un puente medieval, reconstruido en piedra hacia 1700 por el marqués de la villa, que servía específicamente para cobrar impuestos y tasas sobre el valioso tránsito de mercancías y de rebaños que cruzaban el territorio.

En lo relativo a su fisonomía, la fortaleza presenta una singular distribución que combina de manera perfecta elegancia defensiva y poder militar. Sus altos muros de granito y su foso configuran un recinto imponente de planta rectangular reforzado con seis torres bien distribuidas. Cuatro de estas torres son de planta rectangular y dos son semicirculares, destacando entre todas ellas la magnífica y esbelta Torre del Homenaje por su gran envergadura. El acceso principal al castillo se realiza por el lienzo occidental, franqueando un antemuro situado entre pequeños cubos y cruzando el puente levadizo que se eleva sobre el foso.

En el interior del patio de armas, justo al cruzar la puerta de entrada y a mano izquierda, se sitúa una zona provista de una chimenea de campana y un pozo medieval de 18 metros de profundidad. Este pozo, que junto a los aljibes servía para abastecer de agua a la fortaleza, alberga un aura de misterio y leyenda que ha fascinado a los habitantes durante generaciones. La creencia más popular relata que este pozo no es simplemente una fuente de agua, sino el punto de acceso a una compleja vía o túnel subterráneo. Según la tradición popular local, este conducto secreto comunicaba de manera subterránea el castillo de Montemayor con el lejano Palacio Ducal de los Zúñiga.

La otra corriente del mito afirma que el pozo albergaba en realidad un ramal más corto cuyo trayecto subterráneo descendía únicamente hasta el cauce del río Cuerpo de Hombre. De acuerdo con esta misteriosa fábula, en las profundidades de dicha corriente de agua habitaba una hermosa pero peligrosa sirena que acechaba pacientemente para capturar a alguno de los hijos de la noble familia de los Silva, señores de la villa. Con el transcurrir de las décadas, este relato mitológico fue utilizado de manera recurrente por las madres del pueblo como una advertencia preventiva para sus hijos, con el firme propósito de que no anduvieran deambulando solos por las oscuras calles medievales durante la noche.

Palacio renacentista

Con la llegada del siglo XVI, la fortaleza medieval experimentó una importante transformación al convertirse en un lujoso palacio renacentista. Carlos I creó el marquesado de Montemayor para don Juan de Silva y Ribera, lo que conllevó una pérdida progresiva de la función puramente militar del castillo en favor de un uso residencial y administrativo de gran esplendor. Sin embargo, este período de apogeo fue efímero, pues a partir de la centuria siguiente el edificio cayó en un prolongado desuso y abandono por parte de sus señores. La decadencia del señorío se agudizó de manera dramática durante el siglo XVII, hasta culminar en un estado de ruina absoluta en el XIX.

El resurgimiento de este imponente monumento salmantino comenzó a fraguarse en el siglo XX, despertando el interés de diversos historiadores. Tras ser declarado Bien de Interés Cultural, se inició un intenso proceso de restauración y consolidación arquitectónica. Estas importantes obras de preservación culminaron en 2009 con la inauguración del Centro de Interpretación del Medievo, gestionado actualmente por el ayuntamiento local. El recinto ofrece hoy en día interesantes visitas guiadas que permiten recorrer el foso, los adarves y las torres, además del patio de armas.