Oculto entre álamos, encinas y sabinas, este castillo de varios estilos perteneció a una sobrina de los Reyes Católicos y a un pintor de cámara

En etapas posteriores a sus orígenes se fueron adosando al núcleo original hasta seis imponentes torres cilíndricas y cuadrangulares

Alberto Gómez

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El Castillo de Castilnovo, situado en el condado homónimo dentro de la provincia de Segovia y emplazado en la depresión del valle del río San Juan, entre los términos de Villafranca y Valdesaz, es toda una imponente fortaleza medieval rodeada y mayoritariamente oculta por un denso bosque de álamos, encinas, chopos y sabinas que, junto a la vegetación de ribera, compone uno de los paisajes más bellos de la geografía segoviana. El castillo compensa su situación poco aguerrida con la gran altura de sus imponentes torreones y adarves de función militar defensiva. Se trata de un bucólico paraje natural de 68 hectáreas de extensión, donde habitan ciervos y jabalíes en total libertad.

Este baluarte histórico de Castilla y León fue declarado Monumento de Interés Cultural en 1931. El origen histórico de esta notable fortaleza segoviana permanece rodeado de incertidumbre y discrepancias entre los investigadores. Varias leyendas locales atribuyen su fundación inicial al emir de Córdoba, Abderramán I, durante el lejano siglo VIII de nuestra era, existiendo referencias a una fortificación en torno al año 740. No obstante, otras teorías sugieren que el castillo data del siglo X, relacionándolo con las campañas de Almanzor cuando recuperó las tierras de Sepúlveda para el Islam.

Aunque no se conservan restos arqueológicos de estas fases primigenias, hay expertos que sugieren una antigua presencia militar en este enclave estratégico. Los vestigios materiales más antiguos corresponden a muros de tapial datados con anterioridad al siglo XII. Este antiguo origen confiere un aire místico y legendario a las sólidas murallas que todavía hoy se pueden admirar. La consolidación arquitectónica de este complejo medieval se inició de forma definitiva a partir del siglo XII. Los elegantes arcos apuntados que embellecen el sector oeste del patio de armas corresponden a las obras de fábrica ejecutadas entre los siglos XII y XIII.

La imponente fortaleza, junto a la extensa vegetación que la oculta en buena parte, compone uno de los paisajes más bellos de la provincia

En las etapas posteriores de ampliación se fueron adosando al núcleo original hasta seis imponentes torres cilíndricas y cuadrangulares, conocidas como de la Solana, de la Puerta, la Vieja, del Moro, del Caracol y la gran torre del homenaje. Estos torreones muestran una singular mezcla donde alternan la mampostería de piedra y el ladrillo, rasgos de su estilo mudéjar. El castillo cuenta con ventanas gemelas de ladrillo en arco de herradura apuntado y un hermoso patio interior de gran amplitud. Estas estructuras defensivas reflejan fielmente el poder militar que ostentaba el señorío en aquella época conflictiva de la historia castellana.

A lo largo del siglo XV, la tenencia del castillo estuvo estrechamente vinculada a figuras de gran relevancia del reino, perteneciendo inicialmente al monarca Fernando I de Aragón y a su esposa Leonor de Albuquerque. Sin embargo, fue el célebre don Álvaro de Luna, condestable de Castilla y gran valido del rey Juan II, quien confirió al edificio su inconfundible y emblemático sello mudéjar que ha perdurado a pesar de las muchas reformas. El condestable transformó el aspecto de la fortaleza alternando con maestría la mampostería y el ladrillo en sus gruesos muros. Como testimonio de su influencia, los escudos familiares con la media luna de su linaje lucen esculpidos en dos magníficos blasones situados en la entrada del recinto.

Tras la ejecución del condestable, la fortaleza fue entregada a Juan Pacheco, marqués de Villena, por concesión de Enrique IV de Castilla, rey que buscó refugio en este baluarte ante la hostilidad de los sepulvedanos. Tiempo después, los Reyes Católicos adquirieron el castillo junto a una amplia extensión de tierras, convirtiéndolo en residencia palaciega. Isabel y Fernando crearon un mayorazgo para otorgárselo como dote de bodas a su sobrina, Juliana de Velasco y Aragón, tras casarse con Bernardino Fernández de Velasco, duque de Frías. Además, tras la muerte de Felipe el Hermoso, la reina Juana I se hospedó en el castillo en compañía de su hermanastra. Este célebre alojamiento temporal vinculó para siempre la historia del castillo segoviano con la dramática trayectoria de la reina Juana.

Bajo el dominio de la ilustre familia Velasco, el castillo de Castilnovo fue escenario de acontecimientos de gran relevancia internacional. Tras la batalla de Pavía, el emperador Carlos V confió la custodia de los hijos del rey Francisco I de Francia, Francisco y Enrique, que eran rehenes tras el Tratado de Madrid. Los jóvenes príncipes franceses permanecieron recluidos en esta fortaleza segoviana durante tres años antes de continuar su cautiverio en la cercana prisión de Pedraza. Décadas más tarde, la reina Juana de Aragón fue nombrada condesa de Castilnovo por concesión de Felipe II en gratitud por los servicios prestados.

Salvado del colapso

A mediados del siglo XIX, la histórica propiedad pertenecía a la rama católica de la dinastía alemana de Hohenzollern, cuyo príncipe Federico Guillermo Constantino la vendió a José Galofre. Este célebre pintor de cámara y secretario de la reina Isabel II adquirió la fortaleza en un avanzado estado de ruina, emprendiendo una importante y costosa restauración que salvó al edificio del colapso. Galofré reformó la fachada septentrional, diseñó elegantes ventanales de estilo neogótico y edificó el ala meridional del patio de armas con un refinado gusto isabelino, logrando mantener y respetar en gran medida el carácter mudéjar original que define el monumento.

La última gran remodelación del complejo fue promovida en el siglo XX por los marqueses de Quintanar, quienes encomendaron al arquitecto segoviano Cabello la reforma del patio con una arquería neoclásica y la elevación de su acceso norte. Tras el fallecimiento del marqués, su viuda vendió la propiedad a la sociedad Castilnovo, al no poder afrontar la costosa reparación de una zona derrumbada. En la actualidad, el majestuoso castillo funciona exitosamente como hotel, museo y centro de eventos. Su rica historia continúa viva entre sus muros, atrayendo a numerosos visitantes que buscan sumergirse en su pasado medieval.

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