La historia poco conocida del descubrimiento de Pompeya y Herculano y como fue impulsada por un rey español

Andrea Blez

20 de enero de 2026 19:03 h

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En la actualidad, el yacimiento arqueológico de Pompeya es uno de los sitios más visitados de Italia, con entre 3 y 4 millones de visitantes que se acercan para conocer las ruinas y lo que queda de la ciudad que fue sepultada por el Vesubio en el 79 d.C. Un hecho que también tocó a la vecina Herculano, menos conocida y visitada, pero que también alberga restos históricos de gran valor.

A pesar del paso del tiempo, Pompeya y Herculano no desaparecieron del todo, y junto al río Sarno se sabía de la existencia de las construcciones más altas, que se podían apreciar desde fuera y que la población de las localidades modernas surgidas junto a los que más tarde serían yacimientos arqueológicos llamaban a todo ello las ruinas Civita, y se sabía que eran las que había destruido el volcán Vesubio.

Herculano fue la primera ciudad sepultada en ser descubierta

Se pensaba que lo que se trataba de Estabia, pero el primero que comenzó a sospechar que era Pompeya fue el poeta Jacopo Sannazaro. El primer encuentro con las ruinas tuvo lugar, sin embargo, cuando el duque del Sarno ordenó al arquitecto Domenico Fontana la apertura de un canal para llevar las aguas del río tierra adentro, y al cavar la colina de la Civita se descubrieron mármoles y paredes pintadas que fueron ignoradas y se continuó con la obra.

A pesar de que la fama de Pompeya es mayor, las primeras excavaciones tuvieron lugar en Herculano, junto a la que había surgido una localidad moderna que es actualmente un suburbio de Nápoles. El contexto de su descubrimiento se debe a que, en 1738, el entonces rey de Nápoles y futuro rey de España bajo el nombre de Carlos III, nacido un 20 de enero de hace 310 años, ordenó los trabajos para la construcción de una residencia real en Portici, al lado justo de la antigua ciudad.

Roque Joaquín de Alcubierre, zaragozano de nacimiento, fue el encargado de la labor de construcción, y pronto conoció la existencia del pozo Nocerino, que se situaba en la vertical del teatro de Herculano. Por ello, decidió bajar a su interior “por iniciativa personal” y al descubrir un revestimiento rojo “a más de ochenta palmos del suelo”, ordenó a uno de sus trabajadores excavar y de ahí sacó una caja con trozos pequeños de “jaspes variados, trocitos de metal y otras cosas”, que presentaría más tarde al rey para que le dejara que algunos de sus hombres se dedicarán a tareas de excavación de la ciudad antigua, algo que no consiguió hasta que se halló una escultura de mármol, lo que entusiasmó a Carlos III, que acabaría por autorizarlo.

Así comenzaron las excavaciones de Pompeya

Así, algunos de los hombres que trabajaban en la construcción del palacio real en Portici se dedicaron a perforar las galerías bajo la Herculano moderna. El éxito de la excavación aquí hizo que en 1748 se comenzara también a hacer lo propio en Pompeya, también con Alcubierre como director, exactamente el 2 de abril de ese año, como se recoge en su diario personal.

Unas excavaciones en las que Alejandro Dumas padre fue director honorario y que contaba un relato fantástico más asociado al descubrimiento de Pompeya, que relacionaba con que unos campesinos al excavar un pozo habían encontrado algo que se resistía y hallaron así monumentos, casas y estatuas. Unos meses después, en otoño se excavó el anfiteatro, que sería cubierto para evitar expolios, para dejarlo solo al aire libre en 1760.

El lado oscuro de las excavaciones de Pompeya y Herculano

Lo que no se cuenta tanto es que cuando se decidió excavar las ciudades antiguas de Pompeya y Herculano, se hizo con el objetivo de conseguir antigüedades para decorar el nuevo palacio real que Carlos III había mandado construir, lo que llevó a una selección del arte encontrado, por ejemplo, destruyendo las que se consideraban de mala calidad para que no acabaran en el mercado. De hecho, el entonces secretario de Estado, el marqués de Salas llegó a ordenar “que no se perdiera el tiempo con excavaciones inútiles”.

De todos los bienes arqueológicos encontrados se prohibió la exportación del reino, algo que se consiguió bajo una protección jurídica ordenada por el rey Carlos III, que al abandonar el reino de Nápoles él mismo cumplió dejando un anillo que portaba que se había encontrado en las excavaciones de Pompeya y Herculano. Muchas de las piezas recuperadas se trasladaron así a Portici, hasta que en 1751 se abrió el Museo Herculanense, cuyos fondos constituirían la base del actual Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, promovido por los ilustrados de Europa.

El sucesor del rey, su hijo Fernando I, sin embargo, no era aficionado al arte y no protegió de la misma manera las antigüedades, por lo que llegó a regalar algunas de ellas como obsequios de Estado, siendo un ejemplo el intercambio de papiros de Herculano por canguros para a los jardines del palacio de Caserta.